[Alberto García. Artículo publicado en la revista Nuestro Tiempo]
Fue un acontecimiento extraordinario: 12 millones de almas, sentadas en su sofá, persiguiendo un final. El final. Tras 86 capítulos y 4300 minutos, la familia Soprano se reúne en un diner de Nueva Jersey. Comen aros de cebolla mientras, irónicamente, suena el Don’t Stop Believing de Journey. La familia que cena unida… Con un ritmo inquietante, flemático, la cámara se detiene en los rostros que pueblan el restaurante. Y la antesala trágica de un coche que no logra aparcar y un personaje misterioso que entra al baño y… ¡¡zas!! Un fundido a negro de 10 segundos de duración y cortante silencio. No va más. Fue la despedida a un “nuevo concepto de familia”, el adiós a los entresijos de una mafia ultraviolenta y en crisis, aclamada por la crítica y adorada por el público culto.
Los Soprano no han sido solo una serie, también un síntoma. Una prueba de que el mejor cine se hace en televisión. Hay talento y excelencia, novedad y riesgo. Hondura. Ritmo. Y ese difícil equilibrio serial entre originalidad y repetición. Con la ficción anglosajona actual, el espectador puede sentirse tratado como un ser inteligente, con buen gusto y vocación por las historias bien contadas. Adiós a la telebasura: las nuevas series americanas siguen llegando. La edad de oro de la televisión continúa.
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Los Soprano no han sido solo una serie, también un síntoma. Una prueba de que el mejor cine se hace en televisión. Hay talento y excelencia, novedad y riesgo. Hondura. Ritmo. Y ese difícil equilibrio serial entre originalidad y repetición. Con la ficción anglosajona actual, el espectador puede sentirse tratado como un ser inteligente, con buen gusto y vocación por las historias bien contadas. Adiós a la telebasura: las nuevas series americanas siguen llegando. La edad de oro de la televisión continúa.
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