Por JUAN MANUEL DE PRADA , en ABC el 29 de octubre de 2007 DIECIOCHO de los mártires beatificados ayer apenas habían inaugurado la juventud cuando el odio segó sus vidas: contaban entre dieciséis y diecinueve años. Podemos figurarnos cómo eran: muchachos ingenuos, rústicos, que no habían conocido otros paisajes que los del pueblo que los vio nacer y los que rodeaban el convento en el que habían ingresado; muy probablemente no hubiesen leído un periódico en su vida, desde luego carecían de preferencias políticas; no sería descabellado pensar que todavía añorasen los juegos de la infancia, no sería descabellado imaginarlos pegándole patadas a una pelota de trapo en el claustro del convento, lanzándose migas en el refectorio ante la mirada desaprobatoria o condescendiente de los hermanos mayores. Habrían abandonado la casa familiar a una edad muy temprana: tal vez sus propios padres los incitaran a ello, incapaces de subvenir las necesidades de una prole demasiado copiosa; tal vez fueron...
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