
Por Alejandro Llano. 4 de febrero de 2007
El panorama de la obesidad no es tan preocupante como el deterioro creciente de la lengua española
La ministra de Sanidad está empeñada hasta la obsesión en vigilar lo que comemos y bebemos. Ningún político, que yo sepa, se había atrevido hasta ahora a intentar reglamentar el trasiego de vino por parte de los españoles. Las mujeres son más decididas que los varones, y esto viene a confirmarlo. Pero la sabiduría clásica nos dice que lo que hace malo al hombre no es lo que entra por su boca, sino lo que sale de ella: las palabras. Cabría esperar entonces que las homónimas de Elena Salgado, la ministra de Cultura y la ministra de Educación, incrementaran su respectiva inquietud por el uso del castellano en los medios de comunicación estatales, y por el dominio de la ortografía y la sintaxis que se enseña a los futuros escritores y tribunos. El panorama de la obesidad entre nosotros no es tan preocupante como el deterioro creciente de la lengua española, según reflejan con frecuencia los comentarios de los hispanos de ultramar cuando nos oyen hablar en directo y en vivo.
Hubo pensadores materialistas —valga la paradoja— que, en el siglo XIX, mantuvieron que somos lo que comemos. Pero, ya en el XX, fueron más penetrantes los filósofos que hicieron ver que el lenguaje nos configura, hasta el punto de mantener que es la lengua la que piensa y habla en nosotros. El lenguaje nos hace ser lo que somos. De ahí que el encanallamiento del habla, tan propio de los regímenes totalitarios, pueda considerarse como un preludio y un acompañamiento del atropello de la persona humana al que asistimos, multiplicado por millones, en la pasada centuria. Se comienza quemando libros y se acaba quemando hombres, anunció Hölderlin. Se empieza manteniendo, sin base científica alguna, que el lenguaje humano no se diferencia básicamente de un presunto lenguaje animal, y se termina quitando de en medio a los que todavía no pueden hablar o ya no son capaces de articular palabras. Vae tacentibus! ¡Ay de los que callan, de los que han perdido la voz o nunca la tuvieron! Porque serán avasallados por los que se han hecho con los micrófonos y las linotipias, por los que controlan a las personas a través de lo que es correcto decir y de lo que está prohibido expresar.
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