
Alejandro Llano
24-08-2006
Definía Platón a los sofistas como mercaderes ambulantes de golosinas del alma. Y hoy está el mercado de la información y de la cultura repleto de chiringuitos donde se expenden todo tipo de materiales azucarados totalmente incompatibles con la tan celebrada dieta mediterránea. Pues bien, ahora, como entonces, una de las pocas herramientas eficaces para combatir el abotargamiento intelectual es la ironía. No la ironía ácida, a la que también nos han acostumbrado los sofistas, sino justamente la que surge de la ingenuidad. Porque lo más inocente de todo es llamar a las cosas por su nombre y —como el Juan de Mairena machadiano— ir por ahí anunciando que la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.
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