En estos tiempos que corren se hace más necesario que nunca mirar la botella medio llena y encajar con deportividad los traspiés de la vida. No, no voy a ponerme trascendente, no os preocupéis; va a ser una reflexión ligera, bien humorada, o eso pretendo.
Veamos, ayer mismo mi peña de baloncesto reinició la temporada; llevo parete importante del verano entrenando para coger a mis compinches desprevenidos y destacar mientras se sacuden la modorra vacacional. Pues nada, me sale un partido horroroso, uno de esos para olvidar: al final logro encestar UNA sola canasta, de esas al tablero, amarrando, con más miedo que vergüenza, y gracias.
Así que me refugio en pensamientos positivos mientras transcurre la semana, en espera de que un nuevo partido me de la oportunidad de resarcirme. Por ejemplo, hace unos post conté que era mi cumpleños. Me prometieron una sorpresa, y fue verdad, me invitaron a un aperitivo a base de una cerveza artesanal local que andaba tiempo con ganas de probar: ni más ni menos que Mammooth, 33 cl. por botella de pale ale cuatro maltas doblemente fermentadas, elaborada con la magnífica agua de El Padul, lugar donde se han encontrado restos del mamut que le da nombre. Un placer y más en tan genial compañía.
Pero claro, de esto han pasado los días, y siguen pasando; y sigue sin llover, la crisis se hace tan pertinaz como la sequía, el lunes más reciente fue ¡TAN LUNES!..., que me asomé a la ventana de mi despacho a respirar aire fresco contemplando la colina roja; pero antes de ascender, mi abatida vista se arrastró por la barandilla, el muro y el suelo, trepó por el primer asidero que encontró para elevarse y... ¡Oh! ¡ME AMA!
Ahora, cada vez que lo necesito, me levanto, saco la cabeza y miro hacia abajo, a esa columna que me sostiene, me anima, y regreso al tajo renovado, como volveré a la cancha la semana que viene.
Todos tenemos quien nos ama.
Tú también.
Yo también.
Gracias.
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Veamos, ayer mismo mi peña de baloncesto reinició la temporada; llevo parete importante del verano entrenando para coger a mis compinches desprevenidos y destacar mientras se sacuden la modorra vacacional. Pues nada, me sale un partido horroroso, uno de esos para olvidar: al final logro encestar UNA sola canasta, de esas al tablero, amarrando, con más miedo que vergüenza, y gracias.
Así que me refugio en pensamientos positivos mientras transcurre la semana, en espera de que un nuevo partido me de la oportunidad de resarcirme. Por ejemplo, hace unos post conté que era mi cumpleños. Me prometieron una sorpresa, y fue verdad, me invitaron a un aperitivo a base de una cerveza artesanal local que andaba tiempo con ganas de probar: ni más ni menos que Mammooth, 33 cl. por botella de pale ale cuatro maltas doblemente fermentadas, elaborada con la magnífica agua de El Padul, lugar donde se han encontrado restos del mamut que le da nombre. Un placer y más en tan genial compañía.
Pero claro, de esto han pasado los días, y siguen pasando; y sigue sin llover, la crisis se hace tan pertinaz como la sequía, el lunes más reciente fue ¡TAN LUNES!..., que me asomé a la ventana de mi despacho a respirar aire fresco contemplando la colina roja; pero antes de ascender, mi abatida vista se arrastró por la barandilla, el muro y el suelo, trepó por el primer asidero que encontró para elevarse y... ¡Oh! ¡ME AMA!
Ahora, cada vez que lo necesito, me levanto, saco la cabeza y miro hacia abajo, a esa columna que me sostiene, me anima, y regreso al tajo renovado, como volveré a la cancha la semana que viene.
Todos tenemos quien nos ama.
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Yo también.
Gracias.
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