Dejen en paz al lobo

sábado, 12 de febrero de 2011 ·

Siempre he admirado el modo de escribir de Andrés Trapiello; aunque no siempre lo que escribe. Sin embargo, su artículo Dejen en paz al lobo, en el Magazine del 6 de febrero de 2011, aúna las dos cosas: forma y contenido impecables, a mi muy personal juicio, claro.

No hay semana en la que no se haya producido en alguna parte del mundo un terremoto, un tsunami, unas inundaciones, un incendio, el hundimiento de una mina, una rotura de presa, una revuelta, una guerra civil u otras muchísimas desgracias, naturales o no, que no sean presentadas como "la mayor de la historia", "la mayor de los últimos cincuenta años", "la más grave del 1as habidas en ese país", "la que se ha cobrado más vidas, como sí la noticia no fuera suficientemente importante de no llevar implícita una plusmarca, computable en muertos, hogares destruidos, hectáreas arrasadas o cualquier otra medida. Incluso la meteorología, de menor trascendencia, por no hablar del fútbol o la lotería, se ve sometida a diario a esta clase de competiciones. Sí las temperaturas suben o bajan de una manera significativa, los periódicos y los telediarios no dejarán pasarla ocasión de recordarnos que son "las más altas" o "las más bajas" del siglo o del tiempo que sea. Lo del fútbol o la lotería es aún más ridículo: "Desde 1945 nadie había marcado un gol de espuela en el minuto uno de juego" o " no había salido un número tan bajo con el segundo premio después de 1891". El que la información sea sencilla de transmitir, unido al hecho de que los ordenadores almacenen datos tan pormenorizados como extenuantes, ha hecho que vivamos en un clima de permanente frustración si lo que sucede no satisface las expectativas, hacia arriba o hacia abajo, dando lugar a estadísticas no siempre fáciles de interpretar.
Por ejemplo, en el caso de las víctimas de la violencia de género ("sobrepasan ya las del año pasado por estas mismas fechas"), o las de los accidentes de tráfico, compulsadas cada semana, por no hablar de los que mueren a consecuencia del tabaco o de mil enfermedades más: ni siquiera el efecto ejemplarizante de su reiterada difusión logra a veces el efecto beneficioso que se supone debería producirse.

Aunque éstas informaciones se solapan, y pese a que muchos de los desastres han sucedido en regiones del todo ajenas a nosotros ("el mayor accidente ferroviario en la región del Punjab"), la impresión es doble y paradójica: parecería que vivimos el fin de los tiempos y que nos da exactamente lo mismo, porque sabemos que esa plusmarca será superada con toda probabilidad a los pocos días, ya que buscarán el modo de presentarnos la noticia de tal manera que así sea. Y claro que conocer y divulgar los hechos ayuda a menudo a paliar los efectos devastadores que los han hecho circu1ar (de no conocerse, ¿sería imaginable la solidaridad que despiertan en tantos de nosotros?), pero tiene uno a veces nostalgia de padecer el calor o el frío sin preocuparse de más, de ver llover sin pensar que se cierne sobre nosotros e1 récord fatal de inundaciones, de recuperar el fatalismo de los antiguos (y su escepticismo) sin que nos sintamos responsables de los terremotos, los tsunamis y volcanes del universo. Y esto, porque de ese modo podremos acaso prestar más atención a desdichas y desgracias cercanas, desatendidas por todos sólo porque no podrían batir ningún récord en el campeonato de las calamidades. Deberían dejar en paz al lobo, al menos hasta que venga.

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