Caperucita en Manhattan

sábado, 11 de septiembre de 2010 ·

Este es el post que he prometido en la entrada anterior.

Creo que ya lo he escrito en alguna ocasión, la novela de Martín Gaite que lleva el título de esta entrada es una de mis favoritas, que ahora hago el propósito de releer. Siempre pasa cuando pides consejo al que sabe, que descubres verdaderos tesoros. Pero no voy a hablar de este librito delicioso.

Alfonso Aguiló, webmaster de interrogantes.net publica unos artículos estupendos y hoy quiero enlazar uno sobre la perspectiva que tienen los niños de hoy del clásico cuento de Caperucita Roja, otra de mis pequeñas obras maestras predilectas.

En El juicio de los niños, Aguiló afirma que Los niños de hoy piensan que la familia de Caperucita Roja no era nada ejemplar. Una madre que tiene a la suya, con tantos años, viviendo a muchas leguas de su casa es, para empezar, una mujer poco cariñosa. Una madre que permite que su hija, en este caso, Caperucita, se adentre sola en el bosque para llevar a la abuelita abandonada una cesta con un surtido de productos caseros es una madre egoísta y poco responsable. De haber tenido algo más de sentido común, habría acompañado a su hija en tan larga y arriesgada travesía. El lobo feroz hace lo que tiene que hacer. Recibe la información, se adelanta a Caperucita, se come a la abuela, que vive sola porque su hija no la quiere tener en casa, se viste con el camisón de la abuela, se ajusta su redecilla en la cabeza y se mete en la cama en espera de esa tontita que le ha dado todas las pistas. Y llega Caperucita y no reconoce a su abuela, y se cree que el lobo es la abuelita, lo que demuestra lo tonta que era la niña y lo poco que visitaba a su abuelita. Y el lobo se la come, porque se lo tiene merecido. Por eso, cuando el lobo se zampa a Caperucita, los niños de hoy aplauden a rabiar, hasta el punto que en los guiñoles suelen eliminar del cuento la figura del cazador que salva a ambas, porque no resultaría nada popular.

Les sugiero que lo lean (es breve y de fácil lectura); los niños de hoy están amenazados por multitud de lobos, entre ellos los de la estupidez de muchos de sus mayores; pero siguen sin tener un pelo de tontos, quizá hoy, aún menos.

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