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Farenheit 451

No comparto la sacralización del libro; me considero un enamorado de los libros, no sólo de su contenido, también de su continente, he nacido y vivido rodeado de libros, de bibliotecas bien surtidas, atractivas, misteriosas; he sido encargado de biblioteca en Colegios Mayores, Centros culturales, incluso en el cuartel durante mis prácticas como sargento de IMEC en el glorioso Regimiento de Cazadores de Montaña Arapiles 62. Pero me ponen nerviosos esos idólatras que consideran la quema de cualquier libro (sospecho que más bien de según qué libros) como un acto de lesa humanidad. Lo siento; opino que la basura debe ser, como mínimo, reciclada, y entre libros hay magnitudes inconmensurables de basura.

¿A qué viene este exabrupto? Lo tenía en mente desde hace tiempo; pero lo ha activado, como sucede tantas veces, una coincidencia. Leo en el Diario SUR de Málaga una entrevista a un tal Joaquín Zulategui, organizador del primer congreso 'El ser creativo', 3 días, 24 líderes de opinión y 21 minutos para que expongan las ideas que podrían cambiar el mundo. Es la premisa de un congreso que reúne, del 21 al 23 de octubre en Málaga, a los pensadores más vanguardistas. Entre ellos, el científico Eduard Punset, el Premio Nobel de Química Mario Molina, la autora de '¿Por qué no tener bebes?', Corinne Maier, o el gerontólogo Aubrey de Grey, que afirma que el ser humano podría alargar su vida hasta los mil años.

La carambola es con Eduard Punset, pues acabo de leer una divertida y, a la par, descorazonadora reseña de su último "libro", El viaje al poder de la mente, redactada por Juan Arana, catedrático de Filosofía de la Naturaleza de la Universidad de Sevilla, para ACEPRENSA. Como el artículo está reservado sólo para suscriptores, me limito a entresacar una pequeña pero significativa parte, que me inclina a pensar que sí, que hay libros que se ganan el reciclaje a pulso:

Encuentro, en primer lugar, que es un texto muy descuidado. Parece mentira que, disponiendo de toda una batería de documentalistas y revisores (mencionados en el apartado de agradecimientos), cometa tantos errores de bulto. Otorga 150 años de vida a la teoría del Big Bang, que empezó a esbozarse después de 1920 y sólo se consolidó en 1965 (p. 27); atribuye a Einstein el descubrimiento de formas de energía que repelen, cuando desde la más remota antigüedad se conocen las fuerzas de impenetrabilidad, magnética y eléctrica, que son total o parcialmente repulsivas (p. 30); atribuye pensamiento no ya a los animales, sino a los fósiles de ammonites (p. 38); dice que cuando el agua se evapora sus moléculas se disocian en átomos de hidrógeno y oxígeno (p. 46); confunde los conceptos de densidad y peso (p. 48); coloca los bosques de Turingia “en plena Selva Negra”, la cual está en otro estado de Alemania (p. 148); etc.

Si hay poco respeto a los hechos, tampoco encuentro deferencia alguna a las reglas de la lógica. Menciona en cierto lugar una insospechada “fuerza de atracción repulsiva” (p. 16) con la que tal vez quiera aludir a la “gravedad negativa” que han popularizado los modelos cosmológicos inflacionarios. No menos sorprendente es que en otro pasaje se pregunte cómo “evitar las crisis inevitables” (p. 165), o que pretenda que el primer organismo existente sobre la tierra era heterótrofo, lo que significa –aclara por si quedaba alguna duda– que “se alimenta de otros” (p. 288). Tengo serias dudas sobre qué pudo comer entonces, dado que estaba solo en el escenario de la vida. También resulta perturbador que, tras explicar con detalle cómo nació la vida en “los mares y lagos” (p. 293), termine con la aseveración: “Todo sucedió en la atmósfera. La vida llovió del cielo” (p. 294).


Pienso que no hace falta seguir...

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