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Contra la vida y la evidencia

Por Alejandro Llano, 17 de junio de 2009, en Viva Chile

Un proverbio árabe afirma que hay tres cosas difíciles de ocultar: el humo, el amor y un camello en el desierto. La verdad es más fácil de esconder, pero sólo durante algún tiempo. Engaños, disimulos y estrategias de confusión mantienen a la verdad prisionera, contando también con aquella mordacidad de Nietzsche: que, a veces, el interés por el error es más fuerte que el interés por la verdad. Pero, casi fatalmente, sobreviene el descuido, el acto fallido de los psicoanalistas, y la verdad acaba por comparecer, aunque sea de manera indirecta, como de rechazo. Es lo que aconteció la semana pasada con la declaración de la ministra de Igualdad, acerca del ser del feto. Siguiendo la distinción de Wittgenstein, procede en este caso distinguir entre lo que se dice y lo que se muestra. Bibiana Aído dijo que el feto, a las trece semanas, no era un ser humano, y –al emitir semejante error– mostró que lo verdadero es lo contrario. Porque si, como ella sostuvo, el feto es un ser vivo, necesariamente ha de ser humano. Lo que siempre han negado los partidarios del aborto es que el no nacido sea un ser, un determinado individuo; porque, si lo es, no cabe dudar de su índole humana. Un año no ha sido suficiente para enseñar a la especialista en flamenco la gramática parda socialista. Dijo media verdad y, al intentar ingenuamente ocultar la otra media, se produjo la manifestación pública de la evidencia entera.

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Hasta los menos avezados a jergas filosóficas se percataron de que estaban en juego los conceptos de género y especie. Ser vivo es un género, pero todo género admite diversas especies y exige en cada caso una. No hay géneros que no estén realizados en una especie. Los escolásticos decadentes hablaban del individuo vago, es decir, de un individuo cualquiera al que no le corresponde ninguna concreción (por ejemplo, algún hombre). Aído, sin saber una palabra de lógica, ha rescatado esa rancia noción, y nos plantea qué pueda significar una especie vaga, la que le correspondería al feto en sus catorce semanas de arriesgada existencia como escueto ser vivo, fácil víctima de ciertas adolescentes desaconsejadas y de algunos médicos sin conciencia.

Asaltado en plena calle, el ministro de Educación, esgrimió en su defensa que, por ser catedrático de Metafísica, necesitaría muchas horas para explicar lo que era y lo que no era un ser humano. Por solidaridad, me pongo de parte de mi colega de cátedra, y le ofrezco a Ángel Gabilondo una definición clara y metafísicamente rigurosa: ser humano es cualquier individuo de la especie homo sapiens sapiens. Desde el primer momento de su concepción, el no nacido es siempre un ser humano, con tanta evidencia científica como metafísica.

En estos tiempos de crisis, hasta la evidencia científica se cotiza a la baja. Al parecer, los asesores de Aído le pasaron, para preparar su entrevista en la radio, el escrito titulado En contra de la utilización ideológica de los hechos científicos, respuesta a la Declaración de Madrid, en la que prestigiosos científicos sostienen que hay datos ciertos para mantener que la fecundación da lugar, desde el primer momento, al mismo ser humano que nacerá meses más tarde. Los objetores progresistas se inclinan prudentemente a no acudir a los hechos científicos objetivables para dilucidar la naturaleza del nasciturus. Y la ministra cogió el rábano por las hojas.

Lo que se ha vuelto a poner públicamente de relieve es que la batalla dialéctica del aborto ha sido definitivamente ganada por los defensores de la vida. A los abortistas no les queda ningún argumento. En Estados Unidos, donde los pro life son ya el 51%, se han constituido equipos de debate que se ofrecen a universidades o instituciones culturales para discutir acerca del aborto. Y no hay apenas partidarios de la postura pro choice que se presten a abogar por una tesis que identifican de antemano como perdedora. Debería ya quedar patente que la postura oficial española no tiene nada que ver con la evidencia científica. Es pura ideología manipuladora, que quiere eliminar cualquier resistencia institucional o social.

Todavía más reveladora que la pifia de Aído ha sido la declaración que el Presidente del Gobierno hizo el mismo día. También Zapatero ha mostrado más de lo que decía cuando afirmó que la marginación de los padres tiene por objeto «no interferir en la decisión íntima» de la joven que se plantea eliminar la vida concebida. Toda mediación que no proceda del Estado interfiere, según el socialismo español, la decisión espontánea de los individuos. Pocas veces se ha expuesto con más claridad el núcleo del totalitarismo. Hannah Arendt ya advirtió que el aislamiento de los individuos es pretotalitario, porque la capacidad de resistencia ante los abusos del poder procede de la libertad concertada de las personas.

Nuestro país se encuentra en una tesitura delicada y grave. Es mucho lo que se dilucidará en un plazo breve. La cuestión decisiva no es la crisis económica, aunque el actual Gobierno está dejando de hacer todo lo que podría paliarla y acortarla. Lo realmente decisivo es si los sectores más vivos y lúcidos de la sociedad serán capaces de detener el proceso de deterioro cívico, religioso y ético al que España se está viendo sometida. Lo que está en juego es el propio sentido humano de nuestra vida social. Y esto, para mal pero también para bien, se ha convertido en una evidencia.

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