
¿Qué nos pasa? ¿Por qué estamos dejando de luchar por la vida y, en cambio, nos adormecemos alucinados por el hedor de muerte, acurrucados a la sombra de la guadaña? Parece que hemos vuelto a la noche de los tiempos, cuando algunos pueblos abandonaban a sus enfermos a la vera de los caminos, por si pasaba alguien capaz de curarlos, o cuando Esparta arrojaba al vacío a los recién nacidos débiles o con taras. Estamos recuperando los moritorios, los cementerios de elefantes.
¿Vamos a abandonar a nuestros prójimos a su suerte? ¿Vamos a ser abandonados? Eluana es un ejemplo diáfano de la pendiente resbaladiza de la cultura de la muerte: no había manifestado voluntad de morir, no se hallaba en estado terminal, no requería sobreesfuerzo terapéutico alguno..., y la hemos dejado morir.
Me pregunto si a partir de ahora vamos a dejar morir a la gente; me pregunto si desde hoy nadie acudirá a tratar de convencer al que amenaza con suicidarse desde una azotea para que no se tire; me pregunto si aguardaremos a que mueran los accidentados en carretera entre un amasijo de metal, para retirar luego chatarra y huesos como la misma basura, que sirva mientras tanto como advertencia para otros conductores; me pregunto si deberíamos haber dejado morir entre el cemento a los inquilinos de la Torres Gemelas sin intervenir, hubiéramos salvado la vida de muchos bomberos y policías. De hecho, nuestros esfuerzos por combatir el hambre y sus causas están penetrados de palabrería y desgana, mientras despilfarramos en pirámides faraónicas y circos máximos para memoria de nuestras excrecencias culturales y solazamientos, respectivamente.
Y puestos a abdicar de un derogado deber de socorro, ¿dónde ponemos el límite? Quizá no debamos ya enseñar a las nuevas generaciones, ni reinsertar a los presos, ni perseguir el delito, ni, ya puestos, pagar a Hacienda: total, si llegado el momento nos van a dejar morir, ¿qué importa todo lo demás?
La ruina de los edificios no llama la atención hasta que arroja a la calle los primeros pedazos de cornisa; pero para entonces puede tener corroídos todos los cimientos. Nuestra oronda civilización presenta una bella fachada, aun cuando las aguas fecales llevan tiempo royendo los pilares y han empezado a desprenderse no ya las cornisas sino los balcones.
Comentarios
Me gusta tu blog. Te hago un enlace.
Muchas gracias por mojarte.
Gracias por el enlace: te enlazo yo también.
Sunsi, me abrumas. Puedes hacer el uso que quieras del artículo, es un desahogo, y eso que no he querido leer lo que dicen en El País, por ejemplo, para no soliviantarme demasiado.
¿La pequeña tiene trece años? Mejor no sacamos conclusiones ¿eh? Ya se ve que ha salido a su madre, como sea la mitad de la que yo conocí, no os hacen falta terremotos...
Mojarme... Pienso que a estas alturas estoy empapado, y eso que por mi trabajo procuro contenerme.
Gracias por tu -vuestro- entusiasmo.
Jamás se calla. Pero la diferencia es que también es hija de su padre y no es tan estrepitosa. Muy elegante ella, pero no deja pasar ni una. Como es simpática y buena persona, las compañeras la quieren.
Y si tienen dudas "teológicas" se las preguntan a ella. Calcula a su edad lo que sabe. No mucho, claro. Pero espabila y se documenta.
Del tema de Eluana no acababa de entender que estaba viva y que quitarle el alimento y la hidratación es matar. Ahora creo que ya lo ha comprendido.
Saludos desde Tarraco. Me llevé tu artículo a mi blog. Pero dejé clarito que era tuyo.
Por supuesto, puedes hacer con el artículo lo que creas oportuno, tú tienes patente de corso en mi blog.
Saludos para ti y para Blanca (y para Jesús...).