Este artículo me parece particularmente interesante...
Por Alejandro Llano, en La Gaceta de los Negocios, el 6 de diciembre de 2008
Sí, la gente es cada vez menos respetuosa y está peor educada
Tres noticias de esta semana nos dan suficientes indicios para suponer que no vamos a mejor. Las cifras del paro alcanzan ya los tres millones de desempleados, con lo cual nos situamos a la cabeza de Europa en tan triste clasificación. En segundo lugar, nos informan de que asciende vertiginosamente el número de mujeres que aborta en nuestro país, con especial incidencia en las adolescentes. La nota final la da, lúgubremente, el último asesinato de ETA. Tampoco mejoran las actitudes gubernamentales respecto a estos tres problemas lacerantes. El ministro del ramo, más apagado que nunca, se limita a predecir que el próximo año no dejará de crecer la proporción de desempleados. A las autoridades sanitarias no se les ocurre una solución más justa que mejorar la educación sexual de los jóvenes y la prevención del embarazo, como si la promiscuidad creciente fuera éticamente positiva, mientras que los niños concebidos y no nacidos representaran un molesto accidente. Respecto al terrorismo, seguimos recogiendo los frutos amargos de la garrafal equivocación que supuso, por parte de Zapatero, la pretensión de pactar con ETA y la tolerancia con la ilegalidad de quienes apoyan el crimen organizado.
Pero está muy mal visto afirmar que vamos a peor, aunque sea notorio, o precisamente por ello. El mito pseudoilustrado del progreso lineal e indefinido sigue siendo una exigencia de la corrección política. Parece necesario y evidente que siempre hemos de ir a mejor. Ahora bien, ¿qué sucede si resulta que no es así? Y, algo todavía más elemental, ¿cómo saber si vamos a mejor o a peor?
Lee el artículo completo
Desde el discurso oficial no hay criterios para evaluar la calidad de la convivencia. Y las ciencias sociales, tal como están convencionalmente planteadas entre nosotros, no nos ofrecen tampoco criterios adecuados para semejante valoración. El estudio de la vida pública oscila, hoy y aquí, entre el positivismo craso y el posmodernismo lúdico. Para medir de algún modo el signo del cambio social, haría falta que en el cultivo de la sociología y la teoría política entraran en consideración valores y significaciones compartidas, es decir, factores éticos y cualitativos, que —de lo contrario— tienden a pasarse por alto como inexistentes o irrelevantes. ¿Ha empeorado el civismo de los españoles? Cualquier ciudadano que se pasee habitualmente por las calles de alguna ciudad de cierto tamaño no vacilará en dar una respuesta positiva a tal interrogante: sí, la gente es cada vez menos respetuosa y está peor educada, la violencia ciudadana crece, el cuidado de los bienes públicos está por los suelos, el lenguaje se corrompe, los espectáculos son cada vez más soeces, no hay quien ayude a los ancianos ni respete a los más débiles. Sin embargo, ninguna encuesta nos dará estos resultados, porque no se trata de hechos brutos sino de fenómenos que tienen que ver con el sentido de la vida en común y que se han de referir a una finalidad generalmente aceptada. Y todo lo que tenga que ver con el sentido y la finalidad es inadmisible para las mentes cerradas de nuestros prescriptores sociales, clausurados como están en un cuantitativismo mazorral.
Desde visiones menos angostas, nos van llegando evaluaciones no precisamente favorables. Por ejemplo, ya nos dicen que el comportamiento del Gobierno frente a la crisis es el menos acertado de todos los países de Europa. También sabemos, por estudios internacionales, que la calidad de nuestra enseñanza tiende hacia las posiciones más bajas de la tabla. Y no quiero ni imaginarme qué va a resultar cuando, en pleno marasmo económico, valoren desde fuera nuestras actitudes de solidaridad respecto a los desempleados y a los emigrantes sin recursos.
Los intelectuales españoles no están cumpliendo con sus responsabilidades. Desde la universidad, la academia y el mundo de la literatura o del arte no llegan voces de alarma u orientaciones sobre el camino adecuado para salir de la mediocridad. O nos falta lucidez o andamos escasos de coraje social. Con el clásico castellano, tendríamos que preguntarnos si no ha de haber entre nosotros un espíritu valiente que se plante y diga en público: hasta aquí hemos llegado.
Por Alejandro Llano, en La Gaceta de los Negocios, el 6 de diciembre de 2008
Sí, la gente es cada vez menos respetuosa y está peor educada

Pero está muy mal visto afirmar que vamos a peor, aunque sea notorio, o precisamente por ello. El mito pseudoilustrado del progreso lineal e indefinido sigue siendo una exigencia de la corrección política. Parece necesario y evidente que siempre hemos de ir a mejor. Ahora bien, ¿qué sucede si resulta que no es así? Y, algo todavía más elemental, ¿cómo saber si vamos a mejor o a peor?
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Desde el discurso oficial no hay criterios para evaluar la calidad de la convivencia. Y las ciencias sociales, tal como están convencionalmente planteadas entre nosotros, no nos ofrecen tampoco criterios adecuados para semejante valoración. El estudio de la vida pública oscila, hoy y aquí, entre el positivismo craso y el posmodernismo lúdico. Para medir de algún modo el signo del cambio social, haría falta que en el cultivo de la sociología y la teoría política entraran en consideración valores y significaciones compartidas, es decir, factores éticos y cualitativos, que —de lo contrario— tienden a pasarse por alto como inexistentes o irrelevantes. ¿Ha empeorado el civismo de los españoles? Cualquier ciudadano que se pasee habitualmente por las calles de alguna ciudad de cierto tamaño no vacilará en dar una respuesta positiva a tal interrogante: sí, la gente es cada vez menos respetuosa y está peor educada, la violencia ciudadana crece, el cuidado de los bienes públicos está por los suelos, el lenguaje se corrompe, los espectáculos son cada vez más soeces, no hay quien ayude a los ancianos ni respete a los más débiles. Sin embargo, ninguna encuesta nos dará estos resultados, porque no se trata de hechos brutos sino de fenómenos que tienen que ver con el sentido de la vida en común y que se han de referir a una finalidad generalmente aceptada. Y todo lo que tenga que ver con el sentido y la finalidad es inadmisible para las mentes cerradas de nuestros prescriptores sociales, clausurados como están en un cuantitativismo mazorral.
Desde visiones menos angostas, nos van llegando evaluaciones no precisamente favorables. Por ejemplo, ya nos dicen que el comportamiento del Gobierno frente a la crisis es el menos acertado de todos los países de Europa. También sabemos, por estudios internacionales, que la calidad de nuestra enseñanza tiende hacia las posiciones más bajas de la tabla. Y no quiero ni imaginarme qué va a resultar cuando, en pleno marasmo económico, valoren desde fuera nuestras actitudes de solidaridad respecto a los desempleados y a los emigrantes sin recursos.
Los intelectuales españoles no están cumpliendo con sus responsabilidades. Desde la universidad, la academia y el mundo de la literatura o del arte no llegan voces de alarma u orientaciones sobre el camino adecuado para salir de la mediocridad. O nos falta lucidez o andamos escasos de coraje social. Con el clásico castellano, tendríamos que preguntarnos si no ha de haber entre nosotros un espíritu valiente que se plante y diga en público: hasta aquí hemos llegado.
Comentarios
Saludos y enhorabuena de nuevo por tus magníficos blogs
Y gracias por tus alabanzas: sólo intento aprender de blogs como el tuyo.
Saludos