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Camino de alta montaña

Más sobre el Jesús de Nazaret de Benedicto XVI. Este es mi post anterior sobre el libro.

Se está haciendo eco de una llamada superior a manifestarnos lo que él ha descubierto

Por Alejandro Llano, en La Gaceta de hoy

La aparición de Jesús de Nazaret, el libro de Benedicto XVI sobre la vida de Cristo, constituye un acontecimiento cultural de primera magnitud. Las comparaciones suelen ser odiosas, pero en algunos casos resultan inevitables. Después del tedio provocado por el alud de esa infraliteratura pseudomedieval con la que nos han golpeado las mentes; tras las agresiones a Jesús, a la vida eterna, a Dios mismo, intentadas repetidas veces con tan poco rigor y tan escasa sustancia; al cabo de semejante programa de colonización mental, llega por fin el aire limpio, el ejercicio intelectual de gran estilo, la iluminación fascinante del rostro del hombre que es el Hijo de Dios.

En cada párrafo de su primera entrega acerca de la vida de Jesús, Benedicto XVI sintetiza con nitidez y claridad largos e intensos años de reflexión, de investigaciones y de lecturas minuciosas, un temple científico poco frecuente en esos libros de no ficción que, por algún pintoresco conducto, llegan a nuestras listas de bestsellers. Pero, sobre todo, cada capítulo, cada parágrafo, es original y originario, nada previsible, en absoluto consabido. Siempre a la luz de la tradición bíblica, los gestos de Jesús de Nazaret adquieren un significado hondo y coherente, con un trasfondo de misterio que invita el lector a continuar su recorrido por las bellísimas páginas de este libro, aunque con el temor de llegar fatalmente a su final. Se trata, efectivamente, de una de esas obras que uno no quisiera que se acaben. Sólo hay una advertencia que hacer: para los no especialistas, resulta preferible dejar la lectura del prólogo para el final.

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Si tuviera que elegir un capítulo especialmente brillante y conmovedor, me encontraría en un aprieto, porque ninguno tiene desperdicio. Mas si me apuraran a escoger, me inclinaría por el que trata de las tentaciones de Cristo. Allí se encuentra una respuesta a las inquietudes de quien se pregunta por qué ese hombre que es Dios no cortó el nudo gordiano del mal, que se manifiesta hasta nuestros días en el rechazo del que él mismo y su Iglesia son objeto. ¿Por qué no permitió, de una vez por todas, que se desvelara el misterio tras el que parece continuar ocultándose? El teólogo Ratzinger nos hace ver que estas pretensiones son precisamente las del tentador. Y yo me acordé de la novela de Bruce Marshal, El milagro de San Malaquías, en la que el portento de trasladar instantáneamente un cabaret escandaloso desde Edimburgo a una isla lejana no convierte a ninguno de los que allí iban de orgía en orgía. Jesús no pretende el triunfo terreno, no apoya ninguna ideología, no avasalla a nadie. Se ofrece por nosotros hasta el extremo de su amor. Y espera una respuesta libre. Su camino no es el del poder ni el del dinero. Es un “camino de alta montaña”, más exigente, pero incomparablemente más incitante. Se toma absolutamente en serio a cada mujer y cada hombre, por los que entrega su propia vida.

El libro de Benedicto XVI es mucho más que una apología. No trata de convencer a quien no crea que Jesús es el Verbo encarnado. Pero se niega a reducirlo a un genio religioso, a un revolucionario social, a un moralista liberal. En todo caso, el Nazareno no aparece como una figura condescendiente y tranquilizadora, que nos ofrece un Reino en el que se sintetizaran los ideales de lo políticamente correcto. No viene a traer una paz light, sino que predica la violencia que cada uno de nosotros se tiene que hacer a sí mismo para no herir nunca a los demás, para ponerse del lado de los pobres y no dejarse engatusar por los poderosos. Compromiso nada fácil, todos lo sabemos, pero en el cual nunca nos encontramos solos, porque él es el Pastor que vela continuamente por sus ovejas.

Estamos ante la sencillez de la verdad. La adhesión de Benedicto XVI a ella es insobornable. Ni una sola vez escamotea las dificultades que se oponen a sus interpretaciones. Resulta impresionante su capacidad de hacer avanzar hacia el presente una memoria bíblica cuyos sentidos profundos se van clarificando a lo largo de la historia, como John Henry Newman comprendió. Es una tradición que se está cumpliendo. Por eso el Reino de Dios se halla siempre más cerca. Joseph Ratzinger demuestra poseer una larga paciencia intelectual, que va dando cada vez frutos más sazonados. Aunque se presenta en este libro como doctor privado y no como Pontífice, parece que se está haciendo eco de una llamada superior a manifestarnos lo que él ha descubierto y ahora nos expone desde su alto Magisterio.

El mejor intelectual del actual momento histórico ha llegado a saber, a través de una prolongada tarea de investigación y estudio, de Palabra y de Pan, lo que ningún otro sabe hoy de manera tan amplia y cumplida. Su sabia narrativa nos permite aspirar a situarnos allí donde él ha llegado. A nuestra disposición se encuentra un regalo de incalculable valor.

Comentarios

Marta Salazar ha dicho que…
Hola, muy bueno el art.!

"No trata de convencer a quien no crea que Jesús es el Verbo encarnado"

pienso que lo que B 16 hace -y no sólo en su libro- es mostrar la Verdad y esperar pero no imponerla...

claro, la verdad no tiene necesidad de ser impuesta.

El discurso de ayer en Mariazell, con respecto a la verdad, estuvo sensacional!

Un abrazo!
La Verdad, no sólo no necesita ser impuesta, sino que no debe ser impuesta, porque no puede aceptarse sin libertad. Pero sí debe proponerse, con caridad: Veritatem facientes in caritate, propone San Pablo.

Excelentes tus entradas sobre la visita del Papa a Austria: gracias.
Unknown ha dicho que…
domingo 30 de septiembre de 2007
RATZINGER Y EL MÁS PRECIADO FLORERO
El PRECIADO FLORERO Y JOSEPH RATZINGER
(Luis Agüero Wagner)

Uno de los claroscuros más marcados de los últimos tiempos se viene observando entre ciertos protagonistas de los recientes sucesos políticos paraguayos, donde interactúan abigarradamente laicos y laicas, teólogos y teólogas, políticos y políticas, sacerdotes y pastores de distintas tendencias políticas y de diferentes iglesias cristianas, en un clima ecuménico del más absoluto caos.
Por un lado la Iglesia Católica Apostólica y Romana, organización jerarquizada, verticalista, con la obediencia ciega como mandamiento y el dogma de fe por bandera, contrasta con la conducta anárquica de los exponentes la alianza luguista, aunque éstos hayan sido bastante hábiles para maquillar la incoherencia de aprovechar el aura mística de la sotana y simultáneamente echar pestes y culebras contra el Vaticano y su malhadado Derecho Canónico.
También nuestros patriotas de utilería han sido oportunistas al valerse de una interna entre una secta menonita y la santa madre de Roma, una más de las que se iniciaron casi inmediatamente después que al Altísimo se le ocurrió enviar a su hijo a redimirnos, originando una serie de conflictos que ahora han incursionado en el proceso electoral paraguayo y que difícilmente podrá solucionarlos enviando algún nuevo emisario, por lo que si a alguien necesitaremos será sin lugar a dudas a Él en persona. Más aún si consideramos que vivimos en un país donde las lenguas de fuego del espíritu santo en lugar de iluminar a nuestros líderes naturales, terminaron originando los incendios de nuestros bosques.
Podríamos decir que la duda existencial que hoy nos aqueja empezó cuando Fernando Lugo de motu propio recibió sus votos perpetuos en 1975 y juró obediencia a los herederos de los apóstoles, cuyo único líder es el papa de Roma, declarado dictador perpetuo indiscutible e infalible por la propia ley vaticana. Esa es la esencia, el meollo del asunto. Fernando Lugo puede estar molesto con el Papa porque lo jubiló tempranamente convirtiéndolo en emérito, pero en su institución la disidencia no está permitida. En otros tiempos se pagaba con la muerte en la hoguera y para colmo, en el presente gobiernan nostálgicos de aquellos métodos.
Hoy más que ayer, se acabó el café con leche y se han cerrado las válvulas renovadoras que abrieron los pusilánimes legionarios del Concilio Vaticano II.
Al frente del cotarro vaticano está quien antes de convertirse, hace dos años, en Benedicto XVI era, como cardenal Joseph Ratzinger, el temible cancerbero de la ortodoxia como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el viejo Santo Oficio de la Inquisición que carbonizó a Giordano Bruno. Este fantasmal prusiano con más aire marcial que Stroessner, ex militante de las juventudes hitlerianas que encarna un «catolicismo fosilizado» se muestra resuelto a liquidar la apertura que emprendieron sus antecesores limpiando las liberalidades y desviacionismos como la Teología de la Liberación. Al margen de esto, pienso que si Fernando Lugo no estaba de acuerdo con una Iglesia que, según dicen piensa él, es de los ricos y para los poderosos, no necesitaba irse al otro extremo e ingresar a un culto satánico como el que practica la gente que hoy lo ha cercado. Podría simplemente clavar la orden de cierre en la puerta de su capilla y partir para una nueva Iglesia de los pobres y de los excluidos sociales.
Ya tiene audiencia, seguidores, la atención de la prensa, el apoyo de políticos, del complejo IAF NED USAID, algunos famosos y posiblemente consiga hasta créditos del BID. La telepredicación, el sermón por internet y la iglesia electrónica en los tiempos actuales obran milagros. Otros grupos cristianos del rebaño de los llamados evangélicos lo han demostrado en decenas de credos rivales entre sí, todos a su vez desgajados en el curso de la historia de la Iglesia católica tradicional y oficial, y hoy tan enfrentados con ella que nos terminaron metiendo en la actual parafernalia proselitista. Pero no, prefiere renegar de su condición de obispo (después de todo, ya lo habían jubilado, que eso significa emérito, aunque suene un poco mejor) pero no perder las ventajas que a su imagen le trae el haber vestido sotana ante la gente de un pueblo ignorante y supersticioso. Por supuesto que no acepta convertirse en apóstata, único medio coherente de liberarse de la dictadura vaticana. ¿Qué tendrá esa Iglesia que le es tan difícil aceptar la salida de los disidentes y porqué le cuesta tanto a sus disidentes abandonarla, inclusive a los que pretenden ingresar al territorio demoníaco de la política nativa arrojando la sotana?
Exponentes de la teología de la Liberación como el cura peruano Gustavo Gutiérrez, fueron forzados por la jerarquía a una retractación y a publicar la misma en el diario limeño «La República». El nicaragüense Ernesto Cardenal, hincado de rodillas en el aeropuerto de Managua, tuvo que escuchar la reprimenda que en 1983 le dio el papa Juan Pablo II. El brasileño Leonardo Boff debió guardar un sepulcral silencio en forma de sumisión cuando el cardenal Ratzinger le enseñó amenazante en Roma la mazmorra donde tuvieron a Galileo por afirmar que la tierra se mueve, antes de colgar los hábitos en 1991. El castigado teólogo vasco-salvadoreño Jon Sobrino a pesar de residir en el país donde Arnulfo Romero fue asesinado en un altar mientras celebraba misa, sigue firme en las filas de Benedicto XVI.
Todos estos antecedentes nos llevan a presumir que difícilmente nuestro único líder Lugo sea una excepción, por más desesperante carencia de candidato potable que aqueje a quienes se disputan con sospechoso entusiasmo el más preciado florero. LUIS AGÜERO WAGNER.
La verdad es que no sé nada de lo que esté pasando en Paraguay, y menos sé de ese Lugo; pero aún menos sabes o entiendes tú de la Iglesia católica, por lo que parece: por eso no eres capaz de entender por qué es como es y por qué actúa como lo hace, y tampoco entiendes por qué los que disienten no se quieren ir. ¿Cómo vas a dejar la Iglesia que consideras verdadera, o cómo vas a permitir que la conviertan en lo que no es, que cambien la verdad por la mentira?
No, no puedes entenderlo.

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