sábado 30 de junio de 2007
Transexualidad e ideología
Por Josep Miró i Ardèvol en El blog de Josep Miró, el 22 de junio de 2007
La naturaleza, nuestra condición natural, ecológica está en el fundamento del ser hombre y mujer, del aparejamiento de la paternidad y maternidad, de la filiación y la fraternidad. Por esto son previos al Estado.
Se pueden desarrollar con independencia de él y sin él. Son fruto de la condición natural humana y de las leyes naturales que rigen sus hábitats. Si rechazamos forzar a la naturaleza porque vemos dónde nos lleva la crisis ambiental y del medio natural, tampoco podemos forzar la condición humana que también es naturaleza y no sólo construcción ideológica.
A lo largo de toda su historia por diferentes que fueran las épocas y las civilizaciones, la sociedad se ha fundamentado en lo mismo: Hombres y mujeres, padres, madres, hijos y hijas, parientes. Sobre esto se ha construido el clan, la tribu, la nación, la sociedad política, el estado, las unidades supra-estatales.
Todas estas han cambiado, algunas se han extinguido. ¿Dónde están hoy los iberos? Pero la continuidad hombre-mujer y de sus generaciones articuladas por los matrimonios y la cohabitación, la descendencia y el parentesco han continuado.
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Esta es la única razón por la cual hoy nosotros podemos estar aquí. Y esta es también la única razón por la que el estado del bienestar es posible. Sin hombres y mujeres unidos por el vínculo estable el tiempo suficiente para tener hijos y educarlos, el estado del bienestar no puede existir empezando por el sistema de pensiones, que necesita de una natalidad suficiente, algo más de dos hijos por mujer en edad fértil, para ser viable.
Esta es precisamente la causa por la que la solidaridad que representa la seguridad social en nuestro país, basada en un sistema de reparto, quebrará entre el 2015 y el 2020. No podemos agravar más este futuro con planteamientos que sólo conducen al caos demográfico, social y económico, porque los que pagarán, sobre todo, las consecuencias son nuestros jóvenes.
No se pueden alterar las instituciones inventándose nuevas concepciones y pensar que no pasa nada, que todo continuará igual. La sociedad no se divide por lo tanto en heterosexuales, homosexuales, transexuales, bisexuales, sino en hombres y mujeres.
En el terreno sexual, estos hombres y mujeres tienen en algunos casos comportamientos que se apartan de la atracción mutua entre el hombre y la mujer, que fundamenta las instituciones que nos dan vida, prosperidad, y bienestar. Pero estas opciones personales, que forman parte de la libertad y del derecho de cada persona no se pueden transformar en instituciones insustituibles.
No es el impulso sexual lo que da carta de naturaleza a las instituciones. El impulso sexual es otra cosa y responde a otra lógica. Los transexuales en concreto son personas en las que se presenta una contradicción entre su sexo subjetivo, el sentido y pensado, y sus características físicas.
Aquí no hay una opción, sino un desajuste que hoy en día se puede corregir y adecuar. Es posible reajustar las apariencias físicas para que se ajusten a aquello que se siente.
Estas personas deben verse respetadas y sus derechos ejercitados sin limitaciones, pero no porque sean transexuales, sino por su condición común de persona.
Un hombre gordo, una mujer delgada no tiene unos derechos especiales por ser gordo o delgado, sino por ser seres humanos, personas. Y si no se hace así, y se inventa una teoría que se singulariza en aras del propio bien, al transexual, entonces en realidad se le está discriminando porque se le singulariza por aquello que no es común en el resto de seres humanos, su condición de transexualidad, en lugar de proclamar aquello que lo hace igual: El ser persona, ser humano.
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jueves 28 de junio de 2007
¡GUERRA a la EpC!
Es la guerra, y esta bitácora se alista en el bando rebelde, ocupa su lugar en la trinchera y se apresta a saltar el parapeto. ¡Ánimo! ¡A OBJETAR!; pero no sólo eso: hay que tumbar esta indoctrinación sectaria, sesgada y tiránica, con las armas de la razón, del pensamiento, y con el coraje de la dignidad.
Como aún hay mucha gente en Babia, que no sabe lo que nos jugamos, os invito a leer un poco, a pensar, ¡Y A ACTUAR!
* ¿Es que no tenéis sangre en las venas? (Reproche -contundente- par a católicos), por José Javier Esparza (4:45 min)
* Nueva declaración sobre la Ley Orgánica de Educación (LOE) y sus desarrollos: profesores de Religión y Ciudadanía, por Conferencia Episcopal Española (7:00 min)
* La FERE y el dinero, por Ramón Pi (1:15 min)
* La neomoral de rebaño, por Luis Sánchez de Movellán de la Riva (4:30 min)
* El pecado original de la educación para la ciudadanía, por Jorge Otaduy (3:30 min)
* Para la ciudadanía, Editorial de La Gaceta de los Negocios
* El cardenal Cañizares advierte que “si la ley traspasa las competencias del Estado e impone una formación moral a los ciudadanos, adaptarla es colaborar a que eso continúe”
* Manuales de EpC defienden la dictadura castrista, la poligamia o incluyen un video sobre lesbianismo
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miércoles 27 de junio de 2007
¿Educación cívica?
Por JUAN MANUEL DE PRADA, en ABC, 25 de junio de 2007
EN alguna ocasión mi admirado Manuel Martín Ferrand ha mostrado en sus artículos su estupor ante las reacciones virulentas que desatan los pronunciamientos de la Conferencia Episcopal. En una sociedad democrática donde se reconoce la libertad de expresión parece natural, en efecto, que los obispos alcen su voz para ofrecer respuestas, o siquiera orientación, en asuntos que de algún modo atañen a la moral o a la fe de millones de católicos españoles. Por eso me ha sorprendido que juzgue impertinente la declaración reciente de la Conferencia Episcopal sobre la nueva asignatura obligatoria llamada «Educación para la Ciudadanía». Se pregunta Martín Ferrand si debe considerarse perverso «educar cívicamente a los niños y jóvenes». La respuesta se la brinda la propia declaración de los obispos, en donde leemos que una asignatura que «no hubiera invadido el campo de la formación de la conciencia y se hubiera atenido, por ejemplo, a la explicación del ordenamiento constitucional y de las declaraciones universales de los derechos humanos, hubiera sido aceptable e incluso, tal vez, deseable».
Los obispos no se oponen a la transmisión de una deseable educación cívica, sino a que el Estado se arrogue el papel de educar la conciencia de esos niños y jóvenes, suplantando el derecho originario e inalienable de los padres a la formación moral de sus hijos. Que la asignatura llamada «Educación para la Ciudadanía» aspira a algo más que a una elemental transmisión de normas de convivencia cívica lo demuestra José Antonio Marina, autor de un manual de dicha asignatura que la ministra de Educación bendijo en sede parlamentaria, cuando afirma: «En algunos críticos de la Educación para la Ciudadanía me parece detectar un peligroso escepticismo acerca de la posibilidad de enseñar una ética universal. Es una creencia muy extendida, basada en el monopolio moral que han ejercido siempre las religiones, y que a estas alturas no se puede aceptar». Los obispos españoles, sin embargo, no aspiran a imponer ningún «monopolio moral»: se limitan a reclamar «el ejercicio del derecho a la educación por aquellos sujetos a quienes les corresponde tal función»; y piden que no se imponga «una formación moral no elegida por el alumno o por sus padres: ni una supuestamente mayoritaria, ni la católica, ni ninguna otra». Exigen, en fin, el cumplimiento estricto del artículo 27 de la Constitución, según un criterio de obligada neutralidad ideológica.
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Es la asignatura llamada «Educación para la Ciudadanía» la que pretende instaurar ese monopolio moral. A nadie se le escapa que enseñar -como propone Marina- una «ética universal» en una sociedad como la nuestra ha devenido una tarea imposible. Nuestra Constitución, por ejemplo, consagra el «derecho a la vida» como principio rector del ordenamiento jurídico; sin embargo, sucesivos gobiernos han propiciado una aplicación laxa de la legislación penal sobre el aborto, y más recientemente han permitido la
experimentación con embriones. Para muchos españoles tales actuaciones legislativas son éticamente reprobables y contrarias al «derecho a la vida»; para otros muchos son admisibles, por considerar que la vida del nasciturus no merece protección legal (lo cual constituye un contrasentido jurídico, pues no parece de recibo que nuestro Código Civil reconozca derechos patrimoniales a quien no se le reconoce el derecho más elemental a la vida).
¿Cómo se puede explicar el derecho a la vida que consagra nuestro ordenamiento desde una perspectiva ética universal? O bien se recurrirá a las generalidades huecas, reprimiendo la natural curiosidad de los alumnos, o bien se formará su conciencia desde presupuestos que en modo alguno pueden considerarse una «ética universal», sino adoctrinamiento ideológico. Cuando los obispos exhortan a los católicos a «recurrir a todos los medios legítimos» contra la asignatura llamada Educación para la Ciudadanía nohacen sino defender la libertad de conciencia. Cumplen con su obligación; y la nuestra exige que no nos dejemos engañar ingenuamente: el adoctrinamiento ideológico no es educación cívica.
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Etiquetas: civilización, enseñanza, EpC
lunes 25 de junio de 2007
Un santo para todas las horas
26 de junio, fiesta de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei.
Por cambiaelmundo
Cuando cojo la pluma para escribir este artículo, la Iglesia celebra la festividad de Santo Tomas Moro, lo que trae a mi memoria la famosa película de Fred Zinnemann A man for all seasons (Un hombre para la eternidad, en castellano), basada en un guión de Robert Bolt, Oscar a la mejor película, director y actor (Paul Scofield) entre otros. Sir Thomas More, Gran Canciller de Inglaterra entre 1529 y 1532 –el primer laico en ocupar ese cargo-, hizo en su tiempo todo lo políticamente posible para salvar a un tiempo su lealtad al Rey, su conciencia y su propia cabeza: cuando llegó al convencimiento de que esto era imposible, no dudó en sacrificar su vida antes que violentar su conciencia y poner el poder por encima de la verdad. Por eso, en 2000 fue propuesto y proclamado “Patrono de los Gobernantes y Políticos”. En el texto de petición al Papa se señala, entre otras cosas, que Santo Tomás Moro aparece como el modelo ejemplar de esa unidad de vida en la que Su Santidad ha cifrado la expresión específica de la santidad para los laicos (...). En Santo Tomás Moro no hubo señal alguna de esa fractura entre fe y cultura, entre principios y vida cotidiana, que el Concilio Vaticano II lamenta “como uno de los más graves errores de nuestra época”.
La dimensión religiosa del hombre se manifiesta, de un modo o de otro, en la vida social, y en muchas ocasiones lo hace con una especial relevancia, cosa que no deja de plantear algunas dificultades en este mundo plural, globalizado y multicultural nuestro. A veces, esta pluralidad de convicciones genera tensiones, o simplemente parece que complica las cosas, por lo que algunos sienten la necesidad de encontrar un mínimo común sobre el que construir. Sin embargo, esos elementos comunes resultan arduos de identificar y problemáticos en su determinación. En esta época, en la que se embrollan diversas formas de entender la necesaria separación y cooperación entre poder civil y religioso, las palabras de San Josemaría Escrivá, cuya fiesta celebramos hoy 26 de junio, pueden servir de orientación para los ciudadanos que suman a esta condición la de cristianos, y para otras personas que buscan sinceramente el bien común. Será la quinta vez en que tenga lugar su fiesta como santo, tras la canonización de 2002.
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El fundador del Opus Dei suscitó la responsabilidad del laico católico, impulsándolo no sólo a vivir con coherencia el Evangelio, sino también a trabajar por la justicia, codo con codo con personas de cualquier credo o filosofía, con el punto de partida de un trabajo bien hecho, tanto desde el punto de vista técnico como ético.
La teoría y la praxis de San Josemaría engarzan con la línea presentada por Juan Pablo II en su encuentro con los jóvenes españoles en Cuatro Vientos en 2003: “la verdad se propone, no se impone”. Las llamadas de Escrivá a secundar a la jerarquía eclesiástica en materia de fe y moral, a implicarse en la defensa del matrimonio y de la libertad de enseñanza, no incitan a la agresividad, sino al diálogo y al estudio; en una entrevista respondía: “Se trata, en una palabra, de comportarse como cristianos, conviviendo con todos, respetando la legítima libertad de todos y haciendo que este mundo nuestro sea más justo”.
Los católicos debemos proponer no imponer; como se espera de cualquiera en una sociedad democrática. “No ser anti nada ni anti nadie” era un lema de San Josemaría, que siempre distinguió, y así lo inculcó en sus hijos espirituales y amigos, entre las convicciones y quienes las detentan. No se puede maltratar a nadie porque piense de una manera distinta. Debe haber libertad para expresar los propios pensamientos, pero sin pretender capitidisminuir al que piensa de otra manera. Porque un cristiano no se siente enemigo de nadie. Hay un ejemplo de esto especialmente significativo en la vida de San Josemaría; le entusiasmaba la idea de impulsar un college en Kenya. Pero se negó rotundamente a que se hiciera bajo las sombras de la discriminación. Si había college, debía estar abierto a cualquier raza, a cualquier religión, a cualquier condición social. Esa es la historia de Strathmore College, el primer centro educativo interracial creado en África.
San Josemaría es un santo para todas las horas, para quienes, ciudadanos de este mundo, ejercitan su libertad de sentirse también ciudadanos de la ciudad celestial, lo cual no les impulsa a desentenderse del mundo en el que viven, sino todo lo contrario, a aportar el signo más, signo que, curiosamente, coincide con la cruz. En 1948 escribía: “Vuestro amor a todos los hombres os debe llevar a afrontar los problemas temporales con valentía, según vuestra conciencia. No tengáis miedo al sacrificio, ni a asumir cargas pesadas. Ningún acontecimiento humano puede seros indiferente, antes al contrario todos deben ser ocasión para hacer bien a las almas y facilitarles el camino hacia Dios”.
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El imperio de la diversión
Como en realidad no se puede ser feliz –vienen a decirse– vamos a intentar al menos vivir entretenidos
Por Jaime Nubiola, en La Gaceta de los Negocios, viernes 22 de junio de 2007Uno de los rasgos que afectan medularmente a nuestra sociedad es el enorme auge del espectáculo, de la industria del entretenimiento y del comercio de la diversión. En estas semanas finales del curso académico un buen número de estudiantes se distrae de la tensión de los exámenes pensando que no harán nada de provecho en el verano, y eso es precisamente lo que más les atrae después de unas semanas de atención intensa al estudio. "Desconectar" es quizás el verbo que expresa mejor esa actitud ante las vacaciones, como si en nuestra vida ordinaria fuéramos máquinas de trabajar que se desenchufan al llegar el verano. Lo importante es distraerse, divertirse, desconectar de la rutina habitual.
Esto es así a escala europea. Nuestro país se ha convertido en un destino turístico, elegido por más de 50 millones de visitantes al año. Se trata –dicen nuestros conciudadanos europeos– de un país divertido, en el que es posible pasárselo muy bien y además sin hacer un enorme gasto. Toda España viene a ser en el verano como un Disney World para adultos.
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De forma creciente el imperio de la diversión no se concentra exclusivamente en el verano, sino que se extiende a las demás temporadas del año, y no afecta sólo a la infancia y la juventud sino que coloniza todos los estratos de la vida. Esto se advierte bien en los medios de comunicación, quizá particularmente en las cadenas de televisión. Los programas de televisión han dejado de tener una función formativa o informativa y se han volcado decididamente en el entretenimiento, "porque es lo que la audiencia pide" dicen los responsables.
La libertad en apuros
En este sentido, me impactó la escena de hace unas pocas semanas en la cárcel de Pamplona. Se trataba de una situación extrema como son casi siempre las que ocurren en los márgenes de la sociedad. Un preso marroquí, de 36 años, eludió los controles de seguridad en un momento de descuido y se encaramó al tejado donde permaneció durante más de dos horas hasta que, con la ayuda de un psicólogo, fue bajado a la calle en la cesta de los bomberos. Durante el tiempo que estuvo en el tejado de la cárcel amenazó con suicidarse y en una crisis de ansiedad arrancó varias tejas que echó a los viandantes y rompió la antena de televisión del centro penitenciario. "Nos has quitado la poca libertad que teníamos", le gritaban los otros internos, que le insultaban e increpaban para que se tirara del tejado a la calle y terminara así con su vida. El enfado de los presos por haberles roto la antena era notable. Aquel recluso les había dejado sin televisión, que es la forma legal que tienen de evadirse de su reclusión al menos por unas horas al día.
Los ciudadanos libres que encuentran en la televisión el recurso habitual para desconectar, para liberarse de sus obligaciones, para no prestar atención a los demás, me dan todavía más pena que el recluso marroquí, pues muestran que de forma voluntaria se han sometido a una esclavitud de la atención que casi siempre les vacía y empobrece. Se trata –suele decirse– de descansar, de estar entretenido, de pasar el rato, pero todos sabemos que la distracción consiste casi siempre en prestar atención a cosas tan banales, en el mejor de los casos, como el cotilleo de los famosos o la vida privada de los invitados a los programas.
Diversión y vida con calidad
En nuestra sociedad hay un miedo atroz al aburrimiento y lo combatimos con el entretenimiento que narcotiza la capacidad de atención. Lo superficial, lo epidérmico o lo efímero son el antídoto que convierte la existencia humana en un zapping vital. Las formas preferidas de entretenimiento son ahora aquellas que producen una gratificación inmediata y que en todo caso no exigen apenas esfuerzo. De forma creciente, la calidad de una vida comienza a medirse por la cantidad de diversión que contiene. Como en realidad no se puede ser feliz –vienen a decirse– vamos a intentar al menos vivir entretenidos, vivir sin padecer la angustia de la soledad existencial.
Esta actitud, tan difundida en nuestra sociedad, que considera a la diversión como el objetivo final de la vida, convierte a la propia vida en un videojuego banal incapaz de dotarla de sentido. Quienes invierten su tiempo y su dinero en Secondlife muestran la verdad de este diagnóstico. Viven una segunda vida en las pantallas de sus ordenadores porque no tienen una vida de primera, una vida real que merezca la pena, con sus penas y sufrimientos, pero también con sus gozos y alegrías.
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