Acabo de terminar de leer -casi estudiar- «Contracorriente... hacia la libertad», del bonaerense Mariano Fazio. Es un breve repaso por algunas ideas de Tomás Moro, John Henry Newman y Gilbert K. Chesterton, autores en los que es un consumado especialista.
Me ha interesado en particular un aspecto de los tratados por Newman en sus Lectures on the Present Position of Catholics in England (1851), el llamamiento a la misión evangelizadora de los laicos católicos, en su caso, frente al prejuicio y la persecución de la mayoría protestante en la Inglaterra del XIX.
Este llamamiento a hablar y mostrar la fe sin miedo, es lo que hoy tendríamos que hacer los laicos católicos actuales ante el relativismo reinante, más que frente a un protestantismo en descomposición. De alguna menra, lo que muchos intelectuales ingleses han hecho entre los siglos XIX y XX, me ha recordado la iniciativa Catholic Voices de un siglo después.
Newman anima a los católicos a mostrarse como son: con el ejemplo de la autenticidad de una fe vivida terminarán por forzar la aceptación protestante. El autor defiende que allí donde se conoce el catolicismo, se le respeta o por lo menos se le tolera. Quizá estén en contra los políticos, los filósofos o el clero de la religión de Estado, pero no las personas que lo conocen de verdad. «Una religión que procede de Dios es aceptada -por su autoridad misma- en la conciencia de la gente, en cualquier lugar donde se conoce realmente». El protestantismo quedará conquistado por el catolicismo cuando conozcan lo que realmente es -no como ellos se lo imaginan-, cuando miren al católico a los ojos. Es una labor ardua, pero hay que dedicar todos los esfuerzos posibles.
Newman ofrece algunos consejos prácticos. En primer lugar, dejar de lado los respetos humanos: «¿Qué dirá la gente? No importa; el único temor debe ser el de Dios, Él será vuestra única recompensa». Además, es importante saber qué piensan los que viven junto a uno, la opinión local. El gran instrumento para difundir la virtud moral es el conocimiento personal. El conocimiento recíproco constituye la verdadera opinión pública. Una opinión que hay que distinguir de la opinión que Newman llama «popular», es decir, la de los grandes periódicos o la de los debates parlamentarios, que está distanciada de la realidad local y concreta. La opinión local no es de ideas, sino de cosas; no de palabras, sino de hechos; no de nombres; sino de personas; es clara, real, segura.
Es hora de hablar
«Hay un tiempo para callar y hay un tiempo para hablar» (Eclesiastés, 3,7) y el tiempo para hablar ha llegado, un tiempo en el que la labor de los laicos juega un papel principal.
Manifestando una postura nada clerical, anima a los laicos a «no esconder su talento detrás de un velo o la luz bajo el candelero. Quiero un laicado que no sea arrogante, precipitado en el hablar, litigioso, sino hombres que conocen su propia religión y la profundizan, que son conscientes de quienes son, que saben lo que poseen y lo que no, que conocen tan bien su fe que pueden explicarla, que conocen también su historia que pueden defenderla, quiero un laicado inteligente y bien instruido. No niego que lo seáis ya; pero quiero ser exigente o incluso, como dirían algunos, excesivo en mi petición. Deseo que desarrolléis vuestro conocimiento para cultivar la razón, para arrojar luz sobre la relación entre una verdad y otra, para aprender a ver las cosas como son, cómo la fe y la razón se sostienen una a otra, cuáles son los fundamentos y principios del catolicismo, y dónde están las incongruencias y lo absurdo de la teoría protestante. Estoy seguro de que no llegaréis a ser menos católicos si os familiarizáis con estos argumentos, siempre y cuando mantengáis viva la convicción de que allá arriba está Dios, y recordad que tenéis un alma que será juzgada y que debe salvarse».
El católico necesita confianza en sí mismo. La situación de la Iglesia católica en Inglaterra mejorará con esta actitud positiva. Los laicos católicos deben mostrar -ante la provocación- honestidad, generosidad, buen sentido, transigencia con las personas e interpretar las acciones de todos de la mejor manera posible.
Cultivar estas excelentes disposiciones de ánimo no solo está en mayor armonía con la religión, sino que a la larga es el modo más seguro para persuadir y tener éxito. «La religión católica podrá ser calumniada y difamada; pero jamás ridiculizada, es demasiado real demasiado seria y vigorosa para temer algo de los esfuerzos -aunque fueran brillantes- del ingenio satírico».
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Foto: atarifa CC

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