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La historia de Jared y el doctor Sax

 

Cuando Jared se encontró por primera con aquel doctor, no era más alto que una cerca de un huerto de sandías y tenía esa manera de mirar el mundo que tienen algunos niños listos, como si sospecharan que los adultos están fingiendo saber lo que hacen.

Jared era inteligente, amistoso y hablador. De esos chicos que hacen preguntas tan raras que uno termina pensando en ellas dos días después. En la escuela le iba bastante bien. Aprendía rápido, escribía bonitas historias y sabía dibujar de maravilla. Pero cuando cumplió ocho años todo empezó a torcerse, igual que un junco batido por un huracán.

Jared empezó a odiar la escuela.

—Es una tontería —decía.

Y cuando un chico pequeño llama tontería a algo que los adultos consideran importante, ya puede uno apostar el caballo a que se avecinan problemas.

Hasta entonces, Jared había obtenido buenos resultados en las pruebas de aptitud, especialmente en escritura creativa y arte. Los problemas parecían haber comenzado después de que lo incluyeran en estas clases para alumnos superdotados.

Los maestros comenzaron a decir que no prestaba atención. Que miraba por la ventana. Que soñaba despierto. Y como en esos tiempos los adultos habían adquirido la costumbre de poner nombres científicos a cualquier desgracia humana, la madre del muchacho llegó un día al consultorio del doctor cargada libros, papeles y estudios científicos como si fuera una profesora universitaria.

—Mi hijo tiene TDAH —dijo con tanta seguridad que parecía haberlo contrastado con OMS.

El doctor, que era un hombre prudente pero también cansado, acabó dándole medicinas.

Y ahí comenzó el desfile.

Primero una pastilla. Luego una dosis más grande. Después otro especialista, uno muy importante de Washington, de esos hombres que hablan con tantas palabras largas que uno termina sintiéndose enfermo, aunque haya entrado sano.

El experto observó a Jared igual que un granjero examina una mula testaruda y concluyó que necesitaba más medicina todavía.

Pero el chico no mejoró.

Así que cambiaron una medicina por otra, y luego añadieron otra más, y después otra para arreglar los problemas que causaban las anteriores. Era como intentar apagar un incendio echando aceite sobre las llamas y luego preguntarse por qué hace tanto calor.

Mientras tanto, Jared tenía nueve años y ya tomaba suficientes fármacos para tranquilizar un enjambre de avispas.

Pero Jared seguía odiando la escuela.

Y además empezó a ponerse triste.

Después irritable.

Luego furioso.

Los profesores decían que explotaba de repente, como un barril de pólvora mojada.

El doctor perdió contacto con la familia durante varios años, y quizá pensó de vez en cuando en el muchacho, aunque los médicos suelen aprender a no pensar demasiado en los casos que no saben arreglar.

Pasaron cuatro años.

Y cuatro años son mucho tiempo en la vida de un chico. A esa edad uno puede convertirse en hombre… o perderse para siempre.

Entonces, un día, el nombre de Jared apareció otra vez en la agenda del doctor.

El médico miró el historial esperando encontrar una lista todavía más larga de medicamentos. Pero la enfermera había escrito una sola palabra:

“Ninguno”.

Eso dejó al doctor más confundido que un pulpo en un garaje.

Entró en la consulta.

Y allí estaba Jared.

Pero no parecía el mismo muchacho.

Ya no era aquel niño apagado que miraba el suelo como si esperara encontrar allí una salida secreta del mundo. Este Jared era alto, fuerte, bronceado y sonreía con una sonrisa tan amplia que iluminaba la habitación entera.

El doctor casi no sabía qué decir.

Así que soltó una de esas preguntas tontas que los adultos usan para hablar con los muchachos.

—¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?

Jared pensó un momento.

—Leer sobre la antigua Minoa —respondió.

El doctor parpadeó igual que si el chico hubiera dicho que criaba elefantes en el sótano.

—¿Cómo dices?

Entonces Jared empezó a hablar de Creta, de Micenas y de una isla llamada Tera que explotó en el mar Egeo hacía miles de años. Explicó volcanes, civilizaciones desaparecidas y hasta la posible historia de la Atlántida con tanta pasión que el médico terminó escuchándolo con la boca abierta.

Y mientras el muchacho hablaba, el doctor comprendió algo.

Aquello no era un niño roto.

Nunca lo había sido.

Cuando Jared terminó su discurso sobre Santorini y Platón, el doctor salió disparado a buscar a la madre.

—¿Qué ha pasado? —preguntó—. ¿Qué le ha cambiado?

Y antes de que ella respondiera, el doctor lanzó la explicación más lógica que se le ocurrió:

—Dejaron la medicación.

Pero la madre negó con la cabeza.

No. Habían intentado quitarla y todo empeoró todavía más.

Entonces el doctor se quedó completamente perdido.

—¿Cuál es el secreto?

Y la mujer respondió algo tan simple que parecía absurdo.

—Lo cambiamos de escuela.

Habían trasladado a Jared de Byron a The Heights Eso dejó al médico  aún más desconcertado, porque ambas escuelas eran excelentes según los folletos, las estadísticas y toda esa clase de cosas que impresionan muchísimo a las personas importantes.

—¿Cómo puede cambiar tanto un niño solo por ir a otra escuela?

Entonces la madre explicó la verdadera historia.

En la primera escuela habían descubierto que Jared tenía talento para el arte y la escritura. Pero en aquellas clases era el único chico, o uno de dos. Y los demás muchachos comenzaron a burlarse de él.

“Te gusta dibujar. Debes de ser marica.”

Y ya saben cómo son los chicos cuando quieren ser crueles: pueden convertir el recreo en una prisión sin barrotes.

Jared empezó a avergonzarse de aquello que mejor hacía.

Pidió abandonar las clases.

Aprendió a odiar la escuela porque cada talento suyo se transformaba en motivo de burla.

Pero en la nueva escuela, donde todos eran chicos, ocurrió algo curioso. Obviamente, todos los alumnos en la clase de arte en The Heights son chicos. Lo mismo ocurre con la clase de escritura creativa.

Resultó que otros chicos también dibujaban.

También escribían.

También leían historia antigua.

Y nadie se reía.

Así que Jared floreció igual que una planta que llevaba años intentando crecer en tierra seca.

Probó deportes. Descubrió que era bueno jugando lacrosse. Encontró maestros que no intentaban arreglarlo como si fuera una máquina rota, sino entenderlo.

Y poco a poco dejó de sentirse un error.

El doctor salió de aquella conversación cambiado para siempre.

Porque comprendió que todas las medicinas, diagnósticos y expertos no habían salvado a Jared.

Lo había salvado una escuela pequeña y corriente de educación diferenciada, llena de profesores que simplemente aparecían cada mañana dispuestos a ayudar a muchachos uno por uno, sin esperar milagros.

Y quizá esa sea la cosa más extraña del mundo: que a veces una vida entera cambia no gracias a grandes inventos ni hombres famosos, sino porque alguien encuentra, al fin, un lugar donde puede ser exactamente quien es sin que nadie se ría de ello.

***

El doctor de esta historia –real- es Leonard Sax. Ha escrito varios libros sobre las diferencias entre niños y niñas y cómo los educadores deberían tenerlas en cuenta. También es el fundador de la Asociación Nacional para la Educación Pública de un Solo Sexo (NASSPE), porque considera que la educación diferenciada por sexo no debería estar disponible únicamente para padres que pueden gastar miles de dólares al año en escuelas privadas como The Heights.

Cuando el Dr. Sax fundó NASSPE, solo una docena de escuelas públicas estadounidenses contaban con aulas separadas por sexo. En el año escolar 2011-12, NASSPE contabilizaba al menos 506 escuelas públicas que ofrecen oportunidades educativas diferenciadas por sexo. Alrededor de 390 de esas escuelas, ofrecen aulas separadas por sexo, pero conservan al menos algunas actividades mixtas. NASSPE no estima el número total de estudiantes afectados, pero obviamente son miles, quizás decenas de miles, a quienes NASSPE y el Dr. Sax pueden atribuirse el mérito de haber ayudado. Nadie sabrá jamás cuántos Jareds hay entre ellos.

Cabe añadir que el Dr. Sax no cree que todos los niños y niñas se desenvuelvan mejor en escuelas de un solo sexo –y nosotros tampoco-; pero ha visto cómo este tipo de escuelas han ayudado a muchos chicos a dejar atrás la medicación y a prosperar, y también han ayudado a muchas chicas a descubrir nuevas posibilidades y a lograr cosas que nunca habían imaginado.

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Fuente: Charity endures, Philanthropy Daily, 22 de octubre de 2012

Foto: Carlos Rockwell


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