Poveda

domingo, 17 de enero de 2010 ·

Por Miguel Aranguren en ALBA, 18 de diciembre 2009

Antes de que la adolescencia nos pida otro tipo de pruebas más amargas, la dulce paternidad trae aparejada un pequeño renuncio cada vez que uno de nuestros pequeños exige, en horas destempladas, el servicio extraordinario de llevarle un poco de agua, de liberar una necesidad fisiológica o de ahuyentar –¡qué se pensarán que somos los padres!- a los monstruos que se han apoderado de la habitación. Cuando gritan mi nombre en las horas quietas de la noche y camino en su auxilio sacudido por las nubes del sueño, me late aquel aforismo evangélico en el que el propio Jesús hace posible que hasta el peor padre ofrezca a los suyos un poco de pan en vez de una serpiente. La paternidad, la maternidad, beben directamente de lo divino para convertir en bueno al hombre y a la mujer que no terminan de serlo.

Hay personas que llevan sobre sus hombros una paternidad universal porque entienden a los demás en todas sus limitaciones. Hay personas que se pasan la vida disipando el humo violeta de los monstruos en los hogares de la gente asustada, en el de los heridos y hasta en el de los que parecen balbucir los últimos estertores. Es el caso de Jesús Poveda, con sus camisas floreadas y sus americanas coloridas. En este sentido, Poveda es un padre festivalero, alegre, que se lleva de farra a la muerte para que deje de perturbar los sueños de los débiles.

Lo recuerdo velando el “mono” de un drogadicto, contándole chistes a una mujer recién viuda, troceando una partida de pollos congelados para los mendigos, reconduciendo la adolescencia rebelde de un huérfano, disfrazando de Rey Mago la Navidad de los descreídos, explicando la dignidad de sus futuros pacientes a los estudiantes de Medicina, abrazando al mismo policía que le había cerrado las esposas y conducido al calabozo por sentarse frente a un matadero abortista, arrancando las carcajadas de Juan Pablo II en un festival universitario, recibiendo con brazos abiertos a una madre arrepentida de haberse dejado engañar por los fanáticos de la muerte y buscando padrinos de bautismo para los niños nacidos gracias a cualquiera de sus “operaciones rescate”.

Aunque el mundo está en deuda con él, Poveda nunca va a cobrársela.

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