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Cultura de la vida

Por Miguel Aranguren

Algún día seremos conscientes de lo que la sociedad debe a personas como Benigno Blanco, Jesús Poveda, Ignacio Arsuaga, Esperanza Puente y tantísimos otros ciudadanos que han salido de su anonimato -¡con lo cómodo que es vivir sin que te conozcan!- para luchar por el derecho de los derechos frente al gigante Estado.

Ellos han dejado fama, hacienda y tiempo a favor de una causa por la que mucha gente de bien había claudicado, como si la sociedad no pudiera cambiar. Sin pedir cuentas a nadie, ejercen de conciencia de un país deshumanizado que va a convertir el aborto en un derecho después de permitir a las jóvenes que se emborrachen de abortos del día después gracias a un pildorazo hormonal que dejaría desequilibrado a un elefante. Benigno Blanco advirtió, días antes de la histórica manifestación de Madrid, que todos debemos repasar cómo estamos actuando ante la penetración de los dedos helados de la cultura de la muerte. Acudir en masa a testimoniar que uno está en contra de una ley injusta tiene su mérito, pero es un mérito ligero. Necesitamos rizar el rizo en nuestro compromiso de defender toda vida, por comprometido que pueda resultarnos.

Por tanto, si la mujer que nos ayuda en casa se queda embarazada, deberíamos asegurarle nuestra protección no solo para que no se vea empujada a abortar sino para que pueda criar a su hijo con dignidad.

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Me cuentan de una madre de familia numerosa a la que no le sobran, precisamente, los cuartos y que, sin embargo, costea la guardería del recién nacido de su chica de servicio, dinero que tiene que rascar de las necesidades familiares. Eso es cultura de la vida. Como la de aquellos padres que después del dolor por la noticia del embarazo de su hija adolescente, le ayudan a ser madre y a descubrir un futuro un poco más difícil pero mucho más esperanzador. O la de aquel muchacho que reconoce su responsabilidad en el embarazo inoportuno y tira por el retrete la píldora que le ofrece su madre para que su novia “solucione” el problema.

O la de aquel otro que no tiene pelos en la lengua y habla de las ventajas de vivir en castidad, una práctica que no debe ser una quimera. O la de aquel jubilado que cada mes aparta de su pensión un puñado de euros para el Foro de la Familia. O la de aquel farmacéutico que se niega a los regalos del laboratorio que pretende engatusarle para que dispense la pastilla abortiva. O la del médico y la enfermera que defienden su objeción frente a los sanitarios que han vendido su conciencia. Después de la manifestación, estos son algunos ejemplos de lo que se espera de ti y de mí

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