El falso Medievo de Ken Follett

jueves, 31 de enero de 2008 · 1 comentarios

"Un Mundo sin Fin": mezcla de ignorancia y prejuicio. El historiador Franco Cardini señala la ignorancia del novelista sobre la Edad Media y sus toscos conceptos anticristianos.

El nuevo libro de Ken Follett, Un mundo sin fin, se ha vendido como rosquillas estas Navidades. En la estela de Dan Brown, el nuevo best-seller del autor de Los pilares de la tierra presenta una Edad Media oscura e inmersa en la ignorancia, debido en buena parte a la acción culpable de la Iglesia... Follett expuso sus ideas y prejucios sobre la Edad Media en la revista italiana Panorama. Le ha respondido, desde Avvenire, el historiador Franco Cardini, medievalista de prestigio.

Ken Follet: «no creía en Dios hace veinte años y no creo tampoco ahora. Lo que ha cambiado en mí en este tiempo es la comprensión de todo el mal que puede hacerse en nombre de la religión. La Peste que hubo de 1347 a 1352 manifestó a todos la verdad: el clero se reveló completamente impotente. El posterior descubrimiento del funcionamiento de la infección bacteriana ha permitido salvar la vida a millones de personas, demostrando que los prejuicios anticientíficos de la religión no tenían ningún fundamento».

No valdría la pena perder el tiempo ni gastar tinta citando este ejemplo de estupidez, de banalidad de errores y de mentiras, si no hubiesen salido de uno de los más archiconocidos, archileídos e idolatrados escritores de nuestro tiempo, Ken Follett, y si un entrevistador suyo para la revista Panorama no las hubiese recogido y transcrito religiosamente, sin un comentario que no sea de admiración o de lisonja. Como oro molido. Pero no se trata de oro, precisamente.

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La efigie de Ken Follett, el célebre autor de thrillers y de novelas de espías que está entre los más vendidos del mundo, ocupa triunfal la portada del conocido semanario italiano, en el que se titula de manera exultante: Ciencia y religión: las culpas de la Iglesia, y donde se presenta su nuevo libro, Un mundo sin fin, como «un acto de acusación contra el clero».

El libro acaba de salir a las librerías y es ya un best-seller anunciado, desde el momento en que la potente máquina mediática impulsada por su editor ya se ha puesto en marcha y la foto de Follett destaca en los escaparates de todas las librerías. Un esfuerzo notable, que traerá una recaudación segura.

Pero todo tiene un límite. No hay nada que decir de Follett como autor de thrillers de éxito, pero cuando sus argumentos se cimentan en acontecimientos históricos, especialmente los ligados al Medievo, es necesario decir que los resultados son, desde el punto de vista histórico, decepcionantes.

Su exitoso Los pilares de la tierra es, bajo el perfil de la reconstrucción que él denomina como Medievo, un ridículo culebrón en el cual navegan -y ésta es la mejor parte- reminiscencias de Víctor Hugo condimentadas en una salsa que está entre Disneylandia y Carolina Invernizio.

Atendiendo a las declaraciones del autor de Un mundo sin fin, de veras hay que indignarse. Follett parece haber descubierto un Medievo inmóvil y privado de innovaciones. Hace escapar una sonrisa, pero también hace perder la paciencia.

Desde hace décadas, la medievalística mundial viene repitiendo -desde Bloch hasta Le Goff y Tabacco, y muchos otros- que, al contrario, la Edad Media, una edad comúnmente definible y larguísima, que ocupa mil años según algunos, estuvo caracterizada por una profunda experimentación en todos los campos, desde la tecnología hasta la politología. Hasta un místico como Bernardo de Claraval fue un enamorado de las máquinas, de los molinos y de los batanes que se trabajaban en los monasterios cistercienses. San Alberto Magno, en el siglo XIII escribió de astronomía, meteorología, zoología, botánica, medicina, agricultura... hoy es patrón de los químicos.

Follett es muy libre de ser ateo y anticlerical, pero, si se decide a hablar del Medievo, no es libre de ignorar la auténtica pasión por la búsqueda y la innovación de personajes como Gilberto de Aurillac, Roger Bacon y tantos otros: clérigos, sacerdotes, religiosos y místicos, los cuales no eran soñadores alquimistas ni herejizantes.

Sin embargo, la Iglesia inventada de Follett en su última novela es una banda de aprovechados, ladrones, disfrutadores y violadores. Viene la peste a mitad el siglo XIV y no hacen nada para combatirla, ni para aliviar las penas de la gente. Según Follett, la Universidad, los hospitales, las enormes obras de misericordia son nada.

Según él, la responsabilidad del hecho de que la mecánica de las infecciones no fuese conocida antes del siglo XIX se debe a los prejuicios anticientíficos de la religión. Ni siquiera se le pasa por la cabeza que las explicaciones sobre la corrupción del aire o el desequilibrio de los humores del cuerpo fueron, en realidad, la ciencia de su tiempo, la que practicaba toda la sociedad -y toda la Iglesia también, en la medida en que la Iglesia vivía en la sociedad de su tiempo-.

El período examinado por Follett ha sido considerado a la luz de la medievalística más reciente. En particular, no es completamente cierto que se llevara consigo a dos tercios de la población europea; en realidad, las víctimas se fueron distribuyendo en manchas de leopardo, en una geografía difícil de comprender. En muchos casos, los muertos fueron muy superiores a las estimaciones que da el escritor galés; en otros, al contrario, ni siquiera llegó a darse el contagio, como sucedió con la ciudad de Milán, que se vio milagrosamente salvada.

En cuanto al conflicto entre la ciencia y la Iglesia, repito, no se dio de manera alguna. Los médicos de ese tiempo estaban absolutamente encuadrados en un saber cohesionado, en el cual convivían teología y filosofía.

Las críticas expresadas por el novelista no tienen ninguna credibilidad, y hablan claramente, o de su ignorancia de los hechos, o de su anticatolicismo, o de una antipática mezcla de ambas cosas.

¿Piensan los jóvenes?

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Por Jaime Nubiola en La Gaceta de los Negocios, el 20 de noviembre de 2007

Pero, en el fondo, es todo miedo
La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitación a pensar, aunque no siempre lo consiga. En este sentido, adopté hace algunos años como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que "no querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios".

Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que nos dedicamos a la enseñanza, al menos en los niveles superiores. Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas. "Quien piensa se raya" —dicen en su jerga—, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los demás. Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y están ahora escarmentados. No merece la pena pensar —vienen a decir— si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los demás. Más vale vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está.

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En consonancia con esta actitud, el estilo de vida juvenil es notoriamente superficial y efímero; es enemigo de todo compromiso. Los jóvenes no quieren pensar porque el pensamiento —por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan nuestra cultura— exige siempre una respuesta personal, un compromiso que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir. No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la revolución sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta años. "Ni quiero una chaqueta para toda la vida —escribía una valiosa estudiante de Comunicación en su blog— ni quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la vida. Ahora mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto sólo me pasa a mí, el problema es mío. Pero si este es un sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la sociedad que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos compromiso con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en calada, decimos "te quiero" demasiado rápido: la primera discusión y enseguida la relación ha terminado. Nos da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de tener que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer para toda la vida".

Y se hacen superfluos
El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso. No puede menos que venir a la memoria el lúcido análisis de Hannah Arendt sobre el mal. En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escribía que "el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos". Esto sucede —explicaba Arendt— cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos. Superficialidad y superfluidad —añado yo— vienen a ser en última instancia lo mismo: quienes desean vivir sólo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que está de más y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhumana.

De hecho, puede decirse sin cargar para nada las tintas que la mayoría de los universitarios de hoy en día se consideran realmente superfluos tanto en el ámbito intelectual como en un nivel más personal. No piensan que su papel trascienda mucho más allá de lograr unos grados académicos para perpetuar quizás el estatus social de sus progenitores. No les interesa la política, ni leen los periódicos salvo las crónicas deportivas, los anuncios de espectáculos y algunos cotilleos. Pensar es peligroso, dicen, y se conforman con divertirse. Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo afectivo con las relaciones líquidas de las que con tanto éxito ha escrito Zygmunt Bauman.

Lo que se puede hacer
Resulta muy peligroso —para cada uno y para la sociedad en general— que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.

Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos —como aspiraba Wittgenstein— a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar.

La vida humana no tiene precio

martes, 29 de enero de 2008 · 2 comentarios

Alejandro Llano en La Gaceta de los Negocios, el 26 de enero de 2008

Supondría una tiranía que se discriminara entre quienes se consideran humanos y quienes aún no lo son

No es el aborto precisamente un tema agradable. Y menos aún cuando se habla de este asunto a propósito de abusos ilegales, que suponen todavía mayor inhumanidad. Pero mejor es airear públicamente este tópico que su conversión en una cuestión tabú, de la que resulte políticamente incorrecta su simple mención.

En un país donde se contabilizan cada año cien mil interrupciones voluntarias del embarazo, el aborto se convierte en un problema político de primer orden y no es tolerable que los partidos lo escondan cuando se aproximan unas elecciones generales. Pero, en sí misma, no representa una cuestión política, susceptible de ser tratada en términos de conveniencia, como si cupiera negociar tácticamente sobre ella.

Cuando hablamos de interrupción del curso de vidas humanas, tanto de las que se estrenan como de las que están decayendo, tocamos algo que presenta un carácter absoluto. No sólo es un punto extremadamente doloroso. Se trata de algo mucho más profundo a lo que llamamos dignidad.

La dignidad es el carácter del ser humano como un fin en sí mismo. La vida del hombre y de la mujer no se puede poner en función de otra cosa. Es incondicional. Como dice Kant en su imperativo categórico, nunca se debe tratar a la persona humana sólo como medio, sino siempre como fin. Aquello que es meramente medio tiene una índole funcional.

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Y todo lo que es funcional resulta, por ello mismo, sustituible por alguna otra cosa que desempeñe su mismo papel. Ahora bien, ninguna persona es sustituible por otra, como si se cambiara al funcionario de una ventanilla por otro que hace iguales trámites burocráticos. Si muere mi amigo, no me consuela pensar que tengo otros.

Yo quiero a mi amigo, precisamente a él, y su ausencia de este mundo no puede ser compensada con la existencia de otros muchos a los que también aprecio. Por eso se dice, y no siempre de manera rutinaria, que se trata de una pérdida irreparable. Lo que acontece en cualquier aborto provocado es un atentado irreparable contra la dignidad de la vida humana.

El aborto no es un derecho, por mucho que se presente así y se nos repita una y otra vez. Es un grave atropello. Y quienes son responsables de la cosa pública no deberían dar lugar a tan serios equívocos. Porque, según nuestro ordenamiento legal, la interrupción voluntaria de la gestación es un delito, despenalizado en determinados supuestos. Y fuera de tales circunstancias es, pura y simplemente, un delito que en un Estado de Derecho como el nuestro debe ser castigado.

Algo muy serio sucede cuando son los propios gobernantes de un país los que confunden delito con derecho. Ampliar los derechos humanos es una problemática tarea. Pero hacerlo a base de incluir en ellos acciones que van contra la dignidad humana equivale a un cruel contrasentido. Una vida humana, por deficiente que parezca, no tiene precio.

Posee en sí misma un valor en cierto modo absoluto. “Todo necio confunde valor con precio”, dice Antonio Machado. Se trata de un valor que no se puede pagar con nada, sea dinero prestación psicológica o social. Lo cual no es incompatible con que se comprenda y se conceda importancia a las difíciles circunstancias por las que puede pasar la mujer embarazada en determinadas situaciones. Defender la dignidad de la vida humana no nacida en modo alguno significa falta de sensibilidad y mucho menos algún tipo de conservadurismo ideológico o fanatismo religioso.

Cabría preguntarse por qué son los católicos quienes, con más energía, se oponen a la legalización del aborto. Y habría que responder que éste también es el caso de otros cristianos no católicos, de los musulmanes y de no pocos judíos, además de representantes de religiones consideradas como primitivas.

Desde luego, la actitud multicultural es poco compatible con la imposición de una mentalidad occidentalista, para la cual un niño por nacer no vale más que un cachorro sano de algún mamífero superior.

Evidentemente nadie se compromete en la defensa de la vida porque se lo mande un cardenal o cien obispos, y mucho menos porque figure —caso improbable— en el programa del partido político que menos le disguste. Lo hace porque sabe que la vida humana posee una dignidad absoluta según la cual cualquier individuo de la especie homo sapiens es intocable. Es consciente de que constituye una cosa sagrada, se profese la religión que se quiera o ninguna.

Y, como mantiene Robert Spaemann, supondría una tiranía insoportable que presuntos expertos o poderosos del tipo que sea trataran de discriminar entre quienes ellos consideran que son humanos y quienes todavía no lo son o han dejado de serlo. El TC de Alemania, país que algo sabe de totalitarismos biológicos, ha considerado contrario a los derechos fundamentales el arbitrario establecimiento de fronteras entre personas y no personas.

Una nota sobre el nudismo

sábado, 26 de enero de 2008 · 0 comentarios


De G. K. Chesterton en "El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad".

Algunos de los escritores modernos más inteligentes tienen una estrecha costumbre contra la cual quisiera protestar. Consiste en negarse totalmente a expresar la opinión de los demás tal cual es; y a considerarla según sus propios méritos. El escritor moderno debe suponer que es cuestión de elegir entre su propia opinión extrema y algo que está en la otra punta.

Hallé un ejemplo curioso en un libro excelente de Cicely Hamilton llamado Modern Germanies. Hacia referencia a la secta de los nudistas, que han renovado la vieja herejía de los adamitas y andan muy tranquilos sin ropa, y se toman muy en serio; como si la desnudez fuese un invento moderno. Creo que la señorita Hamilton en verdad vaciló un poco, pues sus instintos de persona civilizada la llevaron a reír, y sus instintos de progresista, a aplaudir. Entonces, ¿qué hace? Inmediatamente, repite la vieja historia de Pablo y Virginia, la novela muy artificial y sentimental del siglo XVIII, en la que la heroína se ahoga porque se niega a quitarse la ropa. Luego, agrega que, si «ella tuviera que elegir» entre Virginia y alguna chica alemana que encuentra más cómodo andar sin ropa, elegiría a ésta.

Pero, antes que nada, ¿por qué tendría ella que «elegir»? ¿Por qué no considera el nudismo por sus propios méritos, y la opinión que la gente cuerda tiene de la ropa también por sus propios méritos? Si tengo que juzgar a un borracho, lo haré sin tomar por los cabellos la comparación con un faquir loco que deliberadamente murió de sed en el desierto. Si tengo que juzgar a un avaro, lo llamaré avaro, a pesar de la existencia de un noble vienés loco y borracho, que arrojó diez mil monedas de oro a una alcantarilla. No alcanzo a entender por qué la señorita Hamilton recurre a una extravagancia para justificar otra.

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En segundo lugar, si supone que Virginia representa la moral normal, tradicional o cristiana, probablemente esté muy equivocada. Muchas autoridades cristianas le dirán que su idea del sacrificio se acercaba mucho al pecado de suicidio. Porque Pablo y Virginia no se escribió en un período cristiano, sino en uno muy pagano, cuando la Francia prerrevolucionaria estaba enamorada de los estoicos paganos que no desaprobaban el suicidio. La historia misma se basa, en gran parte, en un viejo romance clásico. No puede tomarse como típico del cristianismo moderno, ni siquiera del medieval. Es justo recordar que, en este aspecto, Virginia es una heroína pagana, y Godiva, una heroína cristiana.

Finalmente, no estoy muy seguro de que elegiría a la muchacha alemana, aunque me obligaran a elegir. Podemos pensar que se hace un sacrificio a un código de honor equivocado, pero el sacrificio está ahí; y ahí reside el honor. No hay razones para suponer que la nudista sabe siquiera lo que significa honor para nosotros. Nada sabemos de ella, excepto que no sabe lo que para nosotros significa dignidad. Como muestra llana de psicología práctica, creo que es muy posible que la pobre muchacha equivocada, que murió por su dignidad, también moriría por su país, por sus amigos, por su fe, por su promesa o por cualquier obligación digna. De la otra mujer nada sabemos, excepto que (como el cerdo y los otros animales) se siente más cómoda sin ropa. A mí me parece que es un fundamento insuficiente para inspirar confianza moral.

Pelotas de células

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Por JUAN MANUEL DE PRADA

EL otro día leía en un periódico que los embriones utilizados en investigaciones científicas son «pelotas de células que ni sienten ni padecen». Siempre que me tropiezo con afirmaciones tan sumarias me acuerdo de una de las secuencias más célebres de «El tercer hombre». Holly Martins, el escritor de noveluchas ínfimas interpretado por Joseph Cotten, ha logrado al fin reunirse con su amigo Harry Lime (Orson Welles), un cínico asesino que se ha enriquecido vendiendo fármacos adulterados. El encuentro entre los dos protagonistas acontece en el Prater vienés; montan juntos en la noria y, cuando se hallan en lo más alto, Martins pregunta, horrorizado: «¿Has visto a alguna de tus víctimas?». Harry Lime esboza una sonrisa cínica y dirige con desapego la mirada a la gente que pasea por el descampado, allá a lo lejos: «¿Víctimas? -se mofa-. No seas melodramático. Mira ahí abajo. ¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse? Si te ofreciera veinte mil dólares por cada puntito que se parara, ¿me dirías que me guardase mi dinero o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar? ¡Y libre de impuestos, amigo, libre de impuestos! Hoy es la única manera de ganar dinero».

Basta subirse a una noria para que los hombres se conviertan en puntitos negros; basta encaramarse en la atalaya progre para que los embriones se conviertan en pelotas de células que ni sienten ni padecen. Siempre me ha provocado estupor que una época como la nuestra, que se declara compasiva y ha querido extender los frutos de esa compasión hacia ámbitos más allá de lo puramente humano (pensemos, por ejemplo, en la defensa de los animales), se muestre en cambio tan impiadosa cuando se trata de proteger la vida embrionaria. Lo cual me hace pensar que tales muestras de pretendida humanidad no son sino aspavientos de una época que ha dejado de ser humana. No una época de hombres malvados, sino una época en que los hombres han dejado de serlo; y que, para fingir que lo siguen siendo, urden coartadas, cuanto más rimbombantes mejor, que anestesien lo que antaño llamábamos conciencia.

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Y cuando los hombres dejan de serlo, la vida deja de tener una dignidad intrínseca; se puede seguir defendiendo con argumentos meramente utilitarios, pero ya nunca más como una verdad indestructible que nos interpela y demanda una defensa obstinada. Se entroniza así una concepción puramente «funcional» de la vida: su dignidad ya no es algo inscrito en su propia naturaleza, sino un reconocimiento que se le otorga o se le deniega a discreción, por razones de pura conveniencia, según la perspectiva desde la que la miremos (y ya se sabe que, contemplada desde una noria o atalaya progre, toda vida se convierte en un puntito negro). Incluso se maquinan coartadas de apariencia humanitaria que maquillen esta consideración puramente funcional de la vida: y así, por ejemplo, se justifica la destrucción de esas pelotas de células que ni sienten ni padecen porque de este modo se puede ayudar a sanar otras vidas. Por supuesto, cualquiera que se atreva a poner en cuestión tal aserto se convierte ipso facto en fundamentalista; título honrosísimo, pues, en efecto, la vida es el fundamento de quienes aún queremos ser humanos. Pero, puesto que estas coartadas pretendidamente humanitarias no pueden en realidad serlo, por haberlas urdido quienes ya han dejado de ser hombres, hemos de esforzarnos por penetrar la verdad que se esconde detrás de la cortina de las justificaciones. Y la verdad, descarnada y pestilente, la formulaba Harry Lime en el parlamento que iniciaba este artículo: se llama dinero, dinero obtenido disparando sobre diminutos puntitos negros.

Los últimos avances científicos nos revelan que se pueden sanar vidas sin destruir embriones. Pero, mientras consideremos a esos embriones pelotas de células que ni sienten ni padecen, seguiremos encontrando coartadas que justifiquen su destrucción. Y es que, cuando la vida es despojada de su dignidad intrínseca, deja de ser vida: será respetada mientras nos resulte útil o rentable; cuando sea más útil o rentable destruirla, lo haremos sin vacilación. No sin antes urdir, por supuesto, una coartada humanitaria.

Sin complejos

lunes, 21 de enero de 2008 · 2 comentarios



Obtenido en el blog La opinión de un ciudadano, sobre una campaña hecha en Alemania para ayudar a comprender el valor de los hijos.

La cabeza de lista del PP por Granada

domingo, 20 de enero de 2008 · 16 comentarios

No quiero tratar en este blog sobre política directa; pero la entrevista que publica hoy IDEAL a la cabeza de lista del Partido Popular (PP) por mi provincia de acogida, la hasta ahora desconocida Concha de Santa Ana, me impide dejar pasar sin réplica dos de sus respuestas.

Sabido es por la línea editorial de este blog que me resulta imposible votar el programa electoral del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), presente a quien presente -mucho menos el de Izquierda Unida (IU)-; ¿y el del PP? Pues va a ser que tampoco. Estas son mis razones:

1. Dice Santa Ana sobre el aborto: "Es un derecho que está regulado desde hace mucho tiempo. Recientemente hemos visto deficiencias en esa ley. Tiene que estar perfectamente regulada y estar pendiente para que todas las interrupciones del embarazo se ajusten a los preceptos legales".

¿Un derecho? Vale que la candidata sea Ingeniero de Caminos, pero si pretende ser mi representante en el Parlamento tendrá que adquirir algunas nociones básicas sobre Derecho, al menos en cuestiones sensibles. Por ahora, el aborto es un delito penado en el Código Penal vigente.

¿Deficiencias en esa ley? ¿Qué ley? Supongo que se refiere a la despenalización del aborto en tres supuestos. Efectivamente, esa despenalización es toda ella una trágica "deficiencia"; pero lo que hemos visto recientemente es el incumplimiento flagrante y criminal de esa "ley", y el vergonzoso encubrimiento de los poderes públicos.

2. Sobre la familia "tradicional": "Es la gente con la que compartes tu vida, la que constituye esos pilares básico. La gente que quieres y que te quiere, sin ningún condicionante más".

¿Cabe mayor cúmulo de tonterías en menos espacio? Mis padres viven a mil kilómetros de mi casa, hace veintisiete años que no comparto mi vida con ellos: ¿no son mi familia? Tengo una gran estima por mis amigos, y ellos por mí: ¿son mi familia?

¿Sin ningún condicionante más? No tengo una querida, pero si la tuviera ¿sería mi familia "tradicional"?

Ya va quedando menos dónde elegir el próximo 9 de marzo.

París bien vale una manifestación

sábado, 19 de enero de 2008 · 2 comentarios

Bartolomé

jueves, 17 de enero de 2008 · 7 comentarios

A gente como Bartolomé asesinaron por miles los "Republicanos" durante la Guerra Civil Española (1936-1939). Por canonizar a gente como Bartolomé la Iglesia ha sufrido y sufre los ataques más virulentos de los que se consideran herederos de los asesinos.

Esta es la carta que el Siervo de Dios Bartolomé Blanco Márquez, cooperador salesiano, escribió a su familia en la prisión de Jaén el día anterior al de su fusilamiento, el 2 de octubre de 1936 (Summarium super martyirio, pp. 425-426).

Prisión Provincial. Jaén, 1 de octubre de 1936.

Queridas tías y primos:

Cuando me faltan horas para gozar de la inefable dicha de los bienaventurados, quiero dedicaros un último y postrer recuerdo con esta carta.

¡Qué muerte tan dulce la de este perseguido por la justicia! Dios me hace favores que no merezco proporcionándome esta gran alegría de morir en su Gracia.

He encargado el ataúd a un funerario y arreglado para que me entierren en nicho; ya os comunicarán el número de dicho nicho. Hago todas estas preparaciones con una tranquilidad absoluta; y claro está que esto, que sólo puede conseguirse por mis creencias cristianas, os lo explicaréis aún mejor cuando os diga que estoy acompañado de quince Sacerdotes, que endulzan mis últimos momentos con sus consuelos. Miro a la muerte de frente, y no me asusta, porque sé que el Tribunal de Dios jamás se equivoca y que invocando la Misericordia Divina conseguiré el perdón de mis culpas por los merecimientos de la Pasión de Cristo.

Conozco a todos mis acusadores; día llegará que vosotros también los conozcáis, pero en mi comportamiento habéis de encontrar ejemplo, no por ser mío, sino porque muy cerca de la muerte me siento también muy próximo a Dios Nuestro Señor, y mi comportamiento con respecto a mis acusadores es de misericordia y perdón. Sea esta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal. Si alguno de mis trabajos (fichas, documentos, artículos, etc.) interesara a alguien y pudieran servir para la propagación del catolicismo, entregárselos y que los use en provecho de la Religión.

No puedo dirigirme a ninguno de vosotros en particular, porque sería interminable. En general sólo quiero que continuéis como siempre: comportándoos como buenos católicos. Y
sobre todo a mi ahijadita tratarla con el mayor esmero en cuanto a la educación; yo, que no puedo cumplir este deber de padrinazgo en la tierra, seré su padrino desde el cielo e imploraré que sea modelo de mujeres católicas y españolas. Si cuando las circunstancias lleguen a normalizarse podéis, haréis lo posible porque mis restos sean trasladados con los de mi madre; si ello significa un sacrificio grande, no lo hagáis.

Y nada más; me parece que estoy en uno de mis frecuentes viajes y espero encontrarme con todos en el sitio a donde embarcaré dentro de poco: en el cielo. Allí os espero a todos y desde allí pediré por vuestra salvación. Sírvaos de tranquilidad el saber que la mía, en las últimas horas, es absoluta por mi confianza en Dios. Hasta el cielo.

Os abrazo a todos.

Bartolomé.

Intolleranza

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Ya lo saben, unos pocos han impedido -por ahora- que el Papa Benedicto XVI hable en la Universidad romana de La Sapienza (La Sabiduría). Unos pocos profesores -muy pocos, 67 de 5.000-, un puñado -muy pequeño- de alumnos y unos cuantos activistas lesbigays, feministas y ateos han logrado la "hazaña": impedir que uno de los intelectuales de más talla del mundo hable en una Universidad.

Y aún se regodean.

Repito, no ha sido "el mundo académico", ni siquiera la Universidad de La Sapienza: sólo un minúsculo grupúsculo de intolerantes, que se ufanan -¿será posible?- de haber impedido hablar, de censurar una inteligencia, de apagar una voz.

También quisieron acallar a Juan Pablo II en esa misma Universidad; pero no se puede detener un vendaval; ahora creen haber detenido a Benedicto XVI; pero su silencio es más elocuente que su palabra (aunque yo opine que debería haber ido y hablado, de todas formas).

No he encontrado aún análisis sobre este logro del laicismo rancio, y no está Internet hoy como para buscar mucho. Lo que sí quiero señalar es que me parece que La Sapienza tiene ya, además de muchas otras cosas, algo de qué avergonzarse: de haber permitido ser, por un día, sede de la Intolleranza.

Salir de la ignominia

domingo, 13 de enero de 2008 · 5 comentarios

Corro el riesgo de ser un friki monotemático, como dice Ramón Pi (La Gaceta de los Negocios, 9 de enero de 2008); pero ahí va su artículo:

Lo ocurrido en Barcelona vuelve a poner sobre la mesa el espanto de la carnicería sostenida. Los agentes del genocidio silencioso no se van a quedar quietos en ningún momento

Fue, creo, en el año 1983. Yo hacía un comentario político diario, de un par de minutos de duración, en el programa Matinal Cadena Ser (no se había producido aún el desembarco del grupo Prisa en aquella empresa).

Aquella mañana la noticia del día era la decisión del Gobierno de abrir un debate sobre la despenalización del aborto provocado. Hice un comentario clara, abierta y beligerantemente contrario a semejante iniciativa, y manifesté mi esperanza de que el Gobierno reflexionase sobre la monstruosidad que se disponía a cometer. Ese mismo mediodía, el comentarista del informativo del mediodía -que, sin duda, recordará aquel episodio- se refirió a la misma noticia, pero en términos muy elogiosos para lo que consideraba un gran paso hacia la modernidad.

A las pocas horas, ambos fuimos llamados al despacho del director general, quien nos explicó que este asunto no era en absoluto pacífico, y que, en consecuencia, para no confundir a ninguno de los oyentes con comentarios incompatibles entre sí, nos ordenaba que dejásemos de referirnos a la cuestión en lo sucesivo. Fue una de las dos únicas veces que recibí instrucciones sobre los contenidos de mis intervenciones en Matinal (la otra, como dice el tabernero de Irma la Dulce, es otra historia).

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Hube de callar entonces. Pero a pesar de que sabía que me iba a quedar muy solo, no perdí ocasión de combatir sin cesar esa legislación inicua con todos los medios legítimos a mi alcance mientras tuve oportunidad.

Esta actitud me acarreó algunos contratiempos, al igual que a los pocos colegas y otros luchadores por la vida -médicos, abogados, profesores, estudiantes- que comprendieron, como yo mismo, que nos había tocado la suerte de los primeros asaltantes de una almena, cuyo destino es morir achicharrados por el aceite hirviente; pero sin esos primeros torreznos humanos, la almena no podría tomarse jamás.

Y hubimos de soportar el estigma de pasar por ser unos frikis monotemáticos, unos tipos estrambóticos a los que únicamente se llamaba para participar en debates sobre el aborto con invitados estrafalarios..., hasta que se hizo un espeso silencio sobre la matanza. Así, año tras año, un puñado de profesionales nadamos contra corriente y nos enfrentamos a una opinión dominante, cuando no a algún que otro intento de sufrir algo muy parecido a la muerte civil.

Ha pasado casi un cuarto de siglo, y he de decir con enorme dolor que los sombríos pronósticos que entonces hice sobre los efectos devastadores en nuestra sociedad de una ley consentidora del aborto provocado se han visto desbordados por la realidad. Pero la verdad de las cosas acaba abriéndose paso, y lo ocurrido en Barcelona recientemente, los macabros descubrimientos en esos mataderos impropiamente llamados clínicas, o el vídeo estremecedor de Intereconomía TV grabado con cámara oculta y colgado en You Tube, han vuelto a poner sobre la mesa el espanto de la carnicería consentida por una sociedad entera que ha estado mirando hacia otro lado. Ojalá que esto nos sirva a todos para tomar conciencia del abismo de indignidad en que nos hallamos, y empecemos a poner remedio a esta situación.

No va a ser tarea fácil, porque es muy duro reconocer que hemos sido testigos complacientes de la masacre que nos ha conducido sin remedio al actual desmoronamiento moral colectivo. Además, siguen vivos los enormes intereses ideológicos y económicos de la industria del aborto, y esos agentes del genocidio silencioso no se van a quedar quietos en ningún momento.

La batalla es muy difícil, hay que empezar desde abajo. Pero alguna vez hay que empezar, y cuanto antes se empiece, antes podremos redimirnos de esta ignominia. De momento, no es mala cosa airear esta vergüenza.

DVD sobre EpC

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E.U.K. Mamie -fundación que tiene por fin contribuir a la formación humana del pueblo, especialmente en sus aspectos culturales, sociales y religiosos- acaba de presentar un DVD para explicar en qué consiste y dónde está el problema con la asignatura de Educación para la Ciudadanía en España.

La apostasía en España

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Se está poniendo de moda por parte de algunas organizaciones anticlericales españolas -y por el partido Izquierda Unida (comunistas)-, promover la apostasía del catolicismo -rechazo total de la fe cristiana (Catecismo de la Iglesia Católoca nº 2089 y canon 751 del Código de Derecho Canónico)-.

Rosa Corazón, abogada matrimonialista del Tribunal de la Rota y de Tribunales Eclesiásticos de España, es la responsable de este interesante análisis sobre la cuestión.

Las cifras del aborto

miércoles, 9 de enero de 2008 · 2 comentarios

Tarde y mal, así ha dado el Ministerio de Sanidad las cifras del aborto de 2006 en España; aún así, una realidad, trágica realidad, se impone: pasan de 100.000, y han aumentado un 10% respecto al año anterior.

En su nota de prensa, la Federación Española de Asociaciones Provida subraya con acierto que un sólo aborto es una tragedia pero cuando se alcanzan estas dimensiones es signo claro de una pérdida de conciencia social que hay que recuperar a toda costa. Confiamos en que esta noticia sea un aldabonazo que nos haga despertar.

Por su parte, Santiago Mata, en La Gaceta de los Negocios, nos descubre que las estadísticas del aborto ocultan la nacionalidad y sus causas, como por ejemplo que las asociaciones que atienden a estas mujeres (como la de Víctimas del Aborto) aseguran que en más del 85% es por abandono por parte de la pareja (del hombre). Una forma de violencia de género por lo visto irrelevante.

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El 97% de los abortos alega peligro para la salud; Baleares dice que en el 99% de estos casos "no consta la causa". Tampoco se dice nunca cuándo lo paga el contribuyente.

Santiago Mata. La Gaceta, 8 de enero de 2008
Madrid. Las estadísticas del aborto se publican tarde y mal. Nos dicen el lugar de residencia de las mujeres que abortan, su nivel de estudios, el número de hijos que tienen, si han abortado antes, si estuvieron informadas acerca de los métodos de planificación familiar, su edad, la edad del niño que no tuvieron y la forma como se le mató, su situación familiar y laboral... Pero ni una palabra sobre su nacionalidad -a pesar de que las estadísticas regionales indican que aproximadamente la mitad son extranjeras-, nada sobre las causas reales del aborto -a pesar de que las asociaciones que atienden a estas mujeres (como la de Víctimas del Aborto) aseguran que en más del 85% es por abandono por parte de la pareja (del hombre). Una forma de violencia de género por lo visto irrelevante. Tampoco dicen si paga el contribuyente: Las estadísticas, conservadoras ellas, quieren dejar la cosa como está, y mejor si además, por publicarse con retraso (son de 2006) y cuando nadie lee (vacaciones), nadie se entera. Hay que ser un lince para percibir la realidad entre las 198 páginas del Informe IVE 2006 del Ministerio de Sanidad.

Las cifras de las cinco Comunidades que publicaron los datos del aborto en 2006 antes que el Ministerio se han visto reducidas en un 7%, pero no es probable que el total de 101.592 abortos sea menor que la suma total, sino que el Ministerio no se preocupa de aclarar que existe una emigración abortista: Cataluña ya había precisado que de sus 21.976 abortos sólo 20.030 eran de residentes, una cifra incluso inferior a los 20.123 que da el Ministerio. Este fenómeno suaviza el aborto en Madrid, la Comunidad donde más se aborta (22.723 abortos registrados en 2006), pero que descontando los 3.481 abortos de no residentes dan un aumento respecto a 2005 del 10,9%, o sea casi igual al 10,8% nacional.

Tras la cifra del 97% de abortos que alegan peligro para la salud de la madre se esconde una causa que no es causa: así lo dice abiertamente Baleares al precisar que de 2.665 casos en que se alegó ese motivo, sólo en 11 había una "patología psiquiátrica o drogodependencia", en 10 había "causas orgánicas" y en el 99% de esos casos (2.644) "no consta la causa". Esto explica que los médicos que se suponen serios, los de la Seguridad Social, sólo hagan el 1,4% de los abortos que alegan peligro para la salud, frente al 38% de los que alegan deformaciones en el feto. Pero estos datos hay que buscarlos con lupa.

Te perdono, mamá; duerme tranquila...

lunes, 7 de enero de 2008 · 6 comentarios

Redacción de Elvira Oliva López, tiene 16 años y estudia en el Colegio Aura, en Tarragona, que me ha impresionado.

Nos gustaría convencerles de la heroicidad que supone deshacerse de un niño.

¡Señoras y señores, sean bienvenidos, una vez más, al Gran Circo Esperpéntico de la Vida! Como muy bien sabrán, este espectáculo se basa, principalmente, en arrebatarles su libertad, en el dominio incondicionado sobre ustedes y que salgan del mismo con ese orgullo falso de creer saber la verdad.

Queremos penetrar en sus mentes, confundirles, manipularles para que afirmen rotundamente aquello que nos interesa que afirmen. De este modo, colaborarán con “La Organización de Interesados y Egoístas”, para que consigan sus propios fines, teniendo en cuenta que lo que se maneja detrás de ellos es el poder, el dinero y un deseo desmesurado de controlar sus vidas.

El tema de hoy es el aborto. Ese acto tan noble y generoso del que ya hemos conseguido que participen innumerables mujeres de todas las edades. Nos gustaría convencerles de la heroicidad que supone deshacerse de un niño que nunca contemplará los ojos de su madre y de la felicidad que eso conlleva.

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Tengan en cuenta que esos niños nunca tendrán la oportunidad de expresarles la desbordante alegría de haber sido asesinados.

Tampoco les agradecerán el haberlos librado de ver el cielo azul, las estrellas, de escuchar música, de sentir el amor, de prendarse de los campos verdes del verano…

Una vez acaben con ellos sentirán en su interior el vacío característico de un abismo, y pasarán su vida recordando el día de su cumpleaños; pero no sufran, será mucho más gratificante saber que podrán hacer tantos viajes como deseen, o que podrán seguir viviendo sin esos “problemas” que les impedirían hacer aquello que les apeteciera en cada momento.

Hoy en día, además, disponen de maravillosas opciones para llevar a cabo un aborto. Una de ellas es eliminar la primera y humilde célula de su hijo con una simple pastilla. ¿Saben de lo que les hablo, verdad? Esa célula que se crea después de una noche de alcohol o irresponsabilidad que todo el mundo, como les hemos hecho creer, niega que sea una persona.

Eso sí, por favor, no dejen que otros decidan por ustedes el momento a partir del cual “esa célula” empieza a ser persona. Doy por descontado que saben que empezará a ser humano cuando lo decidan sus padres y que sólo ellos tienen esa capacidad.

La siguiente opción, pensada para las valientes, es regalarle al bebé la agradable sensación del desgarro despiadado y lento de una trituradora hasta que su cuerpecito se rinda y sus llantos enmudezcan; eso sí, para mayor satisfacción personal, elijan esta opción cuando su cuerpo esté ya formado del todo. De este modo, quien sabe, quizá hasta sientan que su bebé se aferra con fuerza con sus bracitos al vientre para pedir inútilmente una oportunidad.

Para las que crean que estos métodos no son lo bastante buenos, pueden optar por extraerlos del vientre y dejarlos al amparo de un contenedor, entre la basura y la tristeza. Pero no abusen demasiado de esta opción ya que supondría un esfuerzo económico para los ayuntamientos sumar otro contenedor, encima no-reciclable, con el rótulo “Para bebés”.

En resumen, elijan la opción que elijan, el propósito del número de hoy es que se convenzan de que no es bueno tener valores y que pensar en la comodidad de uno mismo es esencial para llegar a la felicidad fugaz terrenal.

Además, todos los niños que consigan matar piensen que van al cielo, como dicen los llamados católicos, y que según su religión, sus bebés las mirarán con cariño y dulzura desde arriba, rezarán por ustedes, llorarán al verlas tristes, las amarán con todas sus fuerzas, incluso pedirán a Dios que las lleve junto ellos y no dejarán de hacerles favores durante sus vidas, ¿no?

No me gustaría despedirme sin antes darles el secreto para la completa felicidad: por las noches, cuando su habitación se sume en la más profunda oscuridad y amargura escuchen atentamente, y ya verán como consiguen sentir en su cara el beso tierno y caliente de su bebé y que bajito le susurra al oído:

“Te perdono mamá, duerme tranquila”.

No forniquéis con los reyes de la tierra

domingo, 6 de enero de 2008 · 0 comentarios

Por JUAN MANUEL DE PRADA en ABC el 4 de enero de 2008

EL multitudinario acto en defensa de la familia cristiana celebrado recientemente en Madrid ha provocado la reacción destemplada, muy en la línea del más atrabiliario temperamento hispánico, de la facción socialista. Abrió fuego José Blanco, ese híbrido entre el inspector Javert de «Los miserables» y el Polichinela de la commedia dell´arte, quien en declaraciones a una emisora de radio, tachó de «intolerables» las palabras pronunciadas allí por algunos cardenales españoles (siempre me sorprende que sean los expendedores a granel de tolerancia quienes a la vez nos prescriban lo que no debe tolerarse). Asimismo, consideró que tales palabras constituían «una intromisión directa en la campaña electoral» de las jerarquías eclesiásticas: «Me dio la impresión -añadió Blanco, en pleno delirio alucinógeno- de que estábamos en un acto del PP presidido por cardenales».

El facundo Mariano Fernández Bermejo ha sacado en romería el «nacionalcatolicismo», fantasma del que sabe mucho por vía consanguínea. El vanilocuo Chaves, dándoselas de moderno, ha tildado a los cardenales de arcaicos e integristas, y Zapatero ha soltado sus habituales delicuescencias insidiosas. Finalmente, la Ejecutiva Federal del Partido Socialista ha evacuado un comunicado muy lustrosamente barnizado de la consabida roña progre al que, en un alarde imaginativo, ha puesto el título de «Las cosas en su sitio». Por supuesto, ese sitio no es el que por naturaleza le corresponde a las cosas, sino el que los socialistas caprichosamente le adjudican, que para eso son los repartidores oficiales de bulas y anatemas. En el mencionado texto se afirma que las manifestaciones de los cardenales son de «contenido político» -extremo que a continuación refutaremos- y que «no hay más legitimidad que la legitimidad constitucional». Aseveración ésta última que podría discutirse con argumentos de filosofía del Derecho; pero que, desde luego, los cardenales no han entrado a discutir: su denuncia de ciertas actuaciones legislativas se basa, precisamente, en su incongruencia con la letra y el espíritu de varios preceptos constitucionales. Las invectivas de los socialistas participan de un estilo tan doctrinario y tosco que actúa como repelente del debate de ideas y acicate del rifirrafe banderizo. Haremos aquí un esfuerzo por elevar el tono de la polémica; empeño que -tampoco vamos a echarnos flores- será harto sencillo, pues el nivel de los socialistas es subterráneo.

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¿Cuáles son las declaraciones cardenalicias que han levantado tanta roncha entre los repartidores de bulas y anatemas? El cardenal Rouco afirmó: «Nos entristece tener que constatar que nuestro ordenamiento jurídico ha dado marcha atrás respecto a lo que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas reconocía y establecía hace ya casi sesenta años. A saber: que la familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y el Estado». Y el cardenal García-Gasco apostilló : «La cultura del laicismo radical es un fraude y un engaño, porque no constituye nada, sólo conduce a la desesperanza. Por el camino del aborto, del divorcio exprés y de las ideologías de género que pretenden manipular la educación de los jóvenes no se llega a ningún destino digno del hombre y de sus derechos. Por ese camino no se respeta la Constitución de 1978 y nos dirigimos a la disolución de la democracia». Quizá podríamos reprocharle jocosamente a García-Gasco, desde un punto de vista retórico, el forzadísimo oxímoron «cultura del laicismo radical», pues el laicismo radical, en su afán despersonalizador, postula la destrucción de toda cultura verdaderamente humana. Pero el diagnóstico de ambos cardenales, válido desde luego para España, constituye una radiografía penetrante y sintética del mal que hoy corroe a Occidente: un mal que, disfrazado bajo los ropajes de la democracia formal, anhela la abolición del hombre, el despojo de lo que es más intrínsecamente humano y la instrumentalización de nuestros derechos más inalienables. No acertamos a comprender dónde está la «intromisión en la campaña electoral» que denunciaba Blanco; salvo que, en un época tan indigna, la mera vindicación de la dignidad del hombre se pueda interpretar como rasgo de electoralismo.

Los socialistas pretenden hacernos creer que los cardenales «se meten en política», un ámbito que no les compete. Enseguida los politiqueros han recordado esa sentencia evangélica que suelen enarbolar quienes nunca leen el Evangelio: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). Pero, ¿qué es lo propio del César? Las cosas temporales, las realidades terrenas; pero no, desde luego, «los principios de orden moral que surgen de la misma naturaleza humana» (Dignitatis Humanae, 14c). La misión que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social, pero «comprende los fundamentos éticos del orden temporal», e incluye el poder dar juicios sobre la moralidad de concretas situaciones y actuaciones temporales (Gaudium et Spes, 76c). No nos hallamos ante una «intromisión» de los cardenales españoles en los asuntos del César, sino ante una denuncia de las tropelías del César, que en su soberbia no vacila en pisotear los fundamentos éticos del orden temporal.

«Nadie que se dedica a la milicia se enreda en los negocios de la vida, si quiere complacer al que le ha alistado» (II Tim, 2, 4). El hombre religioso, ciertamente, no debe enredarse en asuntos terrenales. Pero existe una confusión creciente, auspiciada por la soberbia del César, en torno a lo que debe considerarse dominio político y dominio religioso. Si la política se enreda en cosas temporales, los curas no deben meterse; mas si la política toca cosas no temporales (como el aborto, el divorcio o la enseñanza religiosa) entonces deben meterse; estarían dimitiendo de su ministerio si no lo hicieran. El amor vigoroso a la patria, conscientemente abrazada en fe y esperanza, puede ser una expresión religiosa: a fin de cuentas, amamos a Dios a través de sus criaturas, a través del prójimo; y no hay prójimo más próximo que el compatriota. Es cierto que los Estados son creaciones humanas, y que algún día serán instrumentos del Hombre de Pecado, Hijo de la Perdición, del que nos habla San Pablo (II Tes, 2, 3-4); pero mientras haya resquicio para la esperanza es obligación del católico -y no digamos de sus ministros- propugnar los valores sociales, morales y culturales que la luz civilizadora de la Iglesia trajo a Occidente. Como escribió Verlaine, L´amour de la Patrie est le premier amour / Et le dernier amour après l´amour de Dieu; y el católico, sin llegar a confundir el amor a Dios con el amor a la patria, debe amar a su patria «en su ruina y degeneración», como nos pedía C. S. Lewis, pues amar a una enferma nace de la compasión y no puede rendir sino sacrificios, y el amor compasivo y sacrificado es expresión del amor a Dios. Así amó Jesús a Jerusalén, llorando sobre ella (Lc 19, 41-44); y su amor compasivo y sacrificado no se expresó con requiebros merengosos, sino con muy ásperas admoniciones. Las palabras de los cardenales Rouco y García-Gasco en la plaza de Colón fueron reflejo fiel de ese amor de Jesús a Jerusalén.

La política fue, allá en su origen, una pasión salvaje de mando; y la luz civilizadora del cristianismo la moralizó. El neopaganismo de nuestra época pugna por devolver la política a ese estado de salvajismo primigenio; y la obligación de la Iglesia es proseguir su empresa moralizadora. Que la Iglesia debe respetar los gobiernos legítimos es indudable; pero mucho más debe respetar la Palabra de Dios y su misión propia, que no es sino predicar sin miedo esa Palabra sobre los terrados (Mt. 10, 27). La Palabra nos enseña que fuimos llamados por Dios desde el vientre de nuestra madre, y por eso la Iglesia debe pronunciarse contra el aborto. La Palabra también nos enseña que hombre y mujer formarán una sola carne, y por eso la Iglesia debe pronunciarse contra el divorcio y contra las legislaciones que tratan de desnaturalizar el matrimonio y la familia. Y, en fin, hemos escuchado a Jesús decir: «Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis», y por eso la Iglesia debe pronunciarse contra una educación que impida o estorbe este acercamiento. Las jerarquías eclesiásticas no deben inmiscuirse en asuntos terrenales, porque eso sería tanto como «meterse en política»; pero uno de los peores modos de «meterse en política» sería que la Iglesia bendijese, por acción u omisión, la intromisión del César en los asuntos que son de Dios. El día en que la Iglesia hiciese esto se habría convertido en esa «gran ramera que fornica con los reyes de la tierra» de la que nos habla el Apocalipsis. Esa iglesia farisaica y corrompida, puesta de rodillas ante el César, es la que anhelan ciertos políticos; quienes amamos a la Iglesia de Cristo aplaudimos el coraje mostrado por los cardenales Rouco y García-Gasco.

El Jesús de Pagola no es el Jesús de la fe de la Iglesia

sábado, 5 de enero de 2008 · 0 comentarios

Vaya pedal el de algunos, precisamente en Navidad hay que salir al paso de lo que escriben algunos teólogos sobre Jesús, para advertir a todos que ese que muestran no es el que ha nacido en Belén ni al que los Reyes Magos acuden esta noche a adorar, sino un constructo de sus mente confusas.

El obispo de Tarazona ha explicado en su carta pastoral los errores del libro sobre Jesús de J. A. Pagola.

El libro de Pagola hará daño

Carta Pastoral de Mons. Demetrio Fernández, obispo de Tarazona, a propósito del libro de J.A. Pagola

Me llegan noticias de que el libro de J.A. Pagola (Jesús. Aproximación histórica, PPC, Madrid 2007, 544 pp) se está vendiendo como rosquillas. Incluso en una de mis visitas pastorales de hace pocos días, quisieron regalármelo como el mejor de los presentes. Así se lo habían sugerido en la “librería religiosa” de turno.

En nuestra hoja diocesana, común para todo Aragón (16.12.2007, p. 7), venía publicitado y recomendado como libro de formación. En muchas comunidades religiosas, es el regalo obligado de Navidad para una hermana o para la madre superiora, que lo pondrán disposición de todas, como el libro de moda. No han faltado diócesis, incluso, en donde se ha hecho una presentación cuasi oficial de la obra, sembrando confusión en tantos fieles católicos. Algunos curas de mi diócesis me han preguntado perplejos por esta obra.

Si de un libro bueno se tratara, la difusión me alegraría, porque se trata de dar a conocer a Jesús. Pero leyendo detenidamente su contenido, me produce profunda preocupación que este libro se difunda tanto, y precisamente en torno a la Navidad. El “Jesús” de Pagola no es el Jesús de la fe de la Iglesia.

Este libro, que se lee con gusto por el buen estilo literario de su autor, sembrará confusión, también en mi diócesis, pequeña y humilde, que vive influenciada como todas por los fenómenos de masas, tantas veces provocados con gran aparato mediático.

Lee la carta pastoral completa


Muchos de sus lectores no tendrán elementos de juicio, y confían que sus pastores les alerten de los peligros que pueden acechar su fe en Jesucristo, el Jesús que anuncia la Iglesia y que es el único salvador de todos los hombres. Movido por esta inquietud pastoral, escribo estas notas que no pretenden ser exhaustivas y animo a otros, pastores y teólogos, a que examinen con atención este libro que tanta difusión está teniendo, y que tanto daño puede hacer a nuestros fieles, sobre todo a los más sencillos.

Es un libro que presenta a un Jesús vaciado y rellenado, según la técnica de la desmitologización promovida por R. Bultmann, y que otros autores han seguido en las últimas décadas: E. Schillebeecx, J. Sobrino, etc. cada uno a su manera. Se trata de aplicar acríticamente el método histórico-crítico (en sí mismo válido, pero que tiene sus límites) e ir seleccionando aquello que cuadra con el a priori que uno se ha formado.

Por este camino podemos presentarnos un Jesús a nuestra medida y a nuestro gusto, según la moda del momento, y hacerlo además con argumentos de crítica histórica. Pero ese Jesús debe someterse críticamente a la fe de la Iglesia. Dicho de manera sencilla, se presenta un Jesús en el que se seleccionan rasgos, se amplían otros, se suprimen bastantes, sin ninguna referencia a la fe de la Iglesia, que de manera viva nos ha transmitido a lo largo de los siglos el Jesucristo auténtico, el único que puede salvar.

Hay un silencio total sobre la reflexión que a lo largo de la historia ha realizado la Iglesia, particularmente en los siete concilios ecuménicos de la Iglesia indivisa a lo largo del primer milenio. Es como si la Iglesia hubiera adulterado el mensaje y tuviéramos que acudir a las fuentes más puras para reencontrar al Jesús perdido, y todo ello so pretexto de historicidad.

Esto me suena al prejuicio de A. Harnack (1851-1930), historiador protestante liberal, maestro de R. Bultmann (1884-1976). Por el contrario, la monumental obra del católico A.Grillmeier (1910-1998), honrado con la dignidad cardenalicia en sus últimos años por Juan Pablo II, ha demostrado minuciosamente que la fe de los primeros concilios (sobre todo, Nicea, Éfeso y Calcedonia) ha sido una obra impresionante de deshelenización de la fe.

Es decir, cuando la fe sobre Jesucristo ha corrido peligro de ser asfixiada por el helenismo que era la ideología de la época, la Iglesia en Nicea (325), Éfeso (431) y Calcedonia (451) ha devuelto esa pureza de la fe, proclamando las definiciones que rezamos en el credo.

Las definiciones de los concilios, por tanto, no son encorsetamiento de la pureza evangélica en fórmulas dogmáticas que nos distancian del auténtico Jesús histórico, sino que, gracias a tales concilios, ha llegado hasta nosotros la pureza de la doctrina predicada por Jesús, ha llegado hasta nosotros la imagen auténtica de Jesús de Nazaret.

La Iglesia de todos los tiempos, también la Iglesia de nuestros días tiene esta preciosa y grave responsabilidad: la de rescatar a Jesús de las ideologías de moda y presentar el auténtico Jesús, el Hijo eterno de Dios hecho hombre, el Cordero de Dios que ha derramado su sangre por nosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados, el Jesús de Nazaret que nos presentan los evangelios y los demás escritos del Nuevo Testamento, el que la Iglesia ha presentado a lo largo de los siglos como el único salvador de todos los hombres.

Jesús es Dios, sabe que es Dios y habla continuamente de ello. J.A. Pagola elude este aspecto fundamental del perfil de Jesús. A lo sumo, admite que el título “Hijo de Dios” se lo dieron los cristianos tardíos de la primera comunidad. Jesús sería el profeta de la compasión de Dios. La tentación arriana, que ha recorrido la historia del cristianismo reduciendo a Jesucristo a un hombre excepcional, pero que no es Dios consubstancial al Padre, asoma en el conjunto de la obra, pero si Jesús no es Dios como su Padre, no podrá divinizarnos, y la salvación que nos aporta queda diluida simplemente en un buen ejemplo.

Jesús ha tenido conciencia de su muerte redentora. Es decir, ha vivido y ha caminado con plena libertad hacia el momento supremo de entregar su vida en rescate por todos los hombres. La muerte no es un accidente en la historia de Jesús, la muerte para Jesús es el momento supremo de la glorificación por parte del Padre, porque él entrega su vida para el perdón de los pecados. Para J.A. Pagola, Jesús es un terapeuta que acoge al hombre pecador. No hay perdón-absolución, sino perdón-acogida, y es que el autor ha vaciado de contenido el sentido del pecado, como ofensa a Dios, que Jesús restaura con la ofrenda sacrificial de su vida.

Remito a estudios más detallados, que han comenzado a aparecer tras la publicación de este libro de J.A. Pagola. En la página web de la diócesis de Tarazona aparecen algunas recensiones del libro (J. Rico, J.A. Sayés, J.M. Iraburu, L. Argüello). Nos encontramos ante una presentación de Jesús, que hará daño, sobre todo a quienes no tienen elementos de juicio para leerla críticamente. Es función de los pastores llamar la atención sobre esta presentación de Jesús, que no se atiene a la fe de la Iglesia. Que la luz del Verbo encarnado disipe todo tipo de tinieblas, sobre todo las que pueden cernirse sobre la figura de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

+ Demetrio Fernández, obispo de Tarazona, Navidad 2007
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Mons. Demetrio Fernández es doctor en teología dogmática, y ha sido profesor de Cristología y Soteriología en el Instituto Teológico “San Ildefonso” de Toledo durante 27 años, antes de ser promovido al episcopado.

Día de la Toma

miércoles, 2 de enero de 2008 · 11 comentarios

Hoy, dos de enero, mi ciudad de acogida, Granada, celebra el 515 aniversario de la Toma de Granada por los Reyes Católicos, hecho con el que los reinos de España completaban su inclusión en la civilización occidental cristiana y rechazaban a la otra orilla los últimos vestigios de la civilización islámica.

Fue, pues, un acontecimiento simbólico y crucial, que se celebró con el repique de campanas de toda la Cristiandad, que culminó un esfuerzo de ocho siglos y que proyectó a España hacia los momentos más gloriosos y fecundos de su Historia.

Debe ser por todo eso que cada año hay personas -generalmente de izquierda- que protestan por esta celebración: ¿desearían que hubiéramos sido a lo largo de estos siglos y fuéramos ahora como Marruecos? Quizá sí; pero no lo creo. Creo más bien que les fastidia que España haya sido como ha sido, una nación cristiana, fiel a Roma y evangelizadora de pueblos.

Por mi parte, celebro la fecha con mucho orgullo y satisfacción. Así lo expresa Rafael Pozo en una Carta al Director en IDEAL de hoy:

Sr. Director de IDEAL: El 2 de enero no es para los granadinos una fecha más del calendario, es el Día de Toma. En dicho día se celebra, efectivamente, un acontecimiento histórico que marcó un hito para todo el mundo. Fue en Granada donde se puso fin a una importante etapa de la historia de España y comenzó otra mucho más importante, por determinar no tan sólo lo que es hoy es España, sino gran parte del mundo Occidental.

Las cosas son como son y la historia es la que es, por mucho que le cueste y le pese a los de 'Granada Abierta por la Tolerancia'. Granada fue tomada el 2 de enero de 1492, y esto es incuestionable. Lo que simbolizó la Toma de Granada, tampoco puede tener más lecturas que las que siempre ha tenido: finaliza una etapa histórica y comienza otra que marca un importante hito no tan sólo para la Historia de España, sino para todo Occidente.

Los que quieren 'cambiar el sentido' de la festividad del Día de la Toma, pretenden hacernos a todos comulgar con ruedas de molino. Hablan, por ejemplo, de que la Toma de Granada simbolizó el comienzo de la «etapa más negra» de nuestra Historia, cuando todos sabemos que, muy al contrario, se produjo la Edad de Oro de las letras, el arte, y la cultura en general, las cotas de civilización alcanzaron sus niveles más altos y España se expandió por todos los rincones del mundo. Aún hoy, muchos de esos rincones, por sus características culturales, son claros testigos en el mundo de la etapa más gloriosa de la Historia de España, que tuvo su inicio con la Toma de Granada.

Pero sobre todo el 2 de enero, con la Toma de Granada, se inicia la construcción de España como Estado nacional moderno. La evidencia histórica no puede estar sometida a los vaivenes y encajes de bolillos de los partidos políticos y sus luchas partidistas en el Ayuntamiento de Granada. Porque negando la evidencia, negando la Historia, se pretende negar a España y nuestra propia identidad.

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