Ante la tiranía ideológica de EpC

jueves 31 de enero de 2008

El falso Medievo de Ken Follett

"Un Mundo sin Fin": mezcla de ignorancia y prejuicio. El historiador Franco Cardini señala la ignorancia del novelista sobre la Edad Media y sus toscos conceptos anticristianos.

El nuevo libro de Ken Follett, Un mundo sin fin, se ha vendido como rosquillas estas Navidades. En la estela de Dan Brown, el nuevo best-seller del autor de Los pilares de la tierra presenta una Edad Media oscura e inmersa en la ignorancia, debido en buena parte a la acción culpable de la Iglesia... Follett expuso sus ideas y prejucios sobre la Edad Media en la revista italiana Panorama. Le ha respondido, desde Avvenire, el historiador Franco Cardini, medievalista de prestigio.

Ken Follet: «no creía en Dios hace veinte años y no creo tampoco ahora. Lo que ha cambiado en mí en este tiempo es la comprensión de todo el mal que puede hacerse en nombre de la religión. La Peste que hubo de 1347 a 1352 manifestó a todos la verdad: el clero se reveló completamente impotente. El posterior descubrimiento del funcionamiento de la infección bacteriana ha permitido salvar la vida a millones de personas, demostrando que los prejuicios anticientíficos de la religión no tenían ningún fundamento».

No valdría la pena perder el tiempo ni gastar tinta citando este ejemplo de estupidez, de banalidad de errores y de mentiras, si no hubiesen salido de uno de los más archiconocidos, archileídos e idolatrados escritores de nuestro tiempo, Ken Follett, y si un entrevistador suyo para la revista Panorama no las hubiese recogido y transcrito religiosamente, sin un comentario que no sea de admiración o de lisonja. Como oro molido. Pero no se trata de oro, precisamente.

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La efigie de Ken Follett, el célebre autor de thrillers y de novelas de espías que está entre los más vendidos del mundo, ocupa triunfal la portada del conocido semanario italiano, en el que se titula de manera exultante: Ciencia y religión: las culpas de la Iglesia, y donde se presenta su nuevo libro, Un mundo sin fin, como «un acto de acusación contra el clero».

El libro acaba de salir a las librerías y es ya un best-seller anunciado, desde el momento en que la potente máquina mediática impulsada por su editor ya se ha puesto en marcha y la foto de Follett destaca en los escaparates de todas las librerías. Un esfuerzo notable, que traerá una recaudación segura.

Pero todo tiene un límite. No hay nada que decir de Follett como autor de thrillers de éxito, pero cuando sus argumentos se cimentan en acontecimientos históricos, especialmente los ligados al Medievo, es necesario decir que los resultados son, desde el punto de vista histórico, decepcionantes.

Su exitoso Los pilares de la tierra es, bajo el perfil de la reconstrucción que él denomina como Medievo, un ridículo culebrón en el cual navegan -y ésta es la mejor parte- reminiscencias de Víctor Hugo condimentadas en una salsa que está entre Disneylandia y Carolina Invernizio.

Atendiendo a las declaraciones del autor de Un mundo sin fin, de veras hay que indignarse. Follett parece haber descubierto un Medievo inmóvil y privado de innovaciones. Hace escapar una sonrisa, pero también hace perder la paciencia.

Desde hace décadas, la medievalística mundial viene repitiendo -desde Bloch hasta Le Goff y Tabacco, y muchos otros- que, al contrario, la Edad Media, una edad comúnmente definible y larguísima, que ocupa mil años según algunos, estuvo caracterizada por una profunda experimentación en todos los campos, desde la tecnología hasta la politología. Hasta un místico como Bernardo de Claraval fue un enamorado de las máquinas, de los molinos y de los batanes que se trabajaban en los monasterios cistercienses. San Alberto Magno, en el siglo XIII escribió de astronomía, meteorología, zoología, botánica, medicina, agricultura... hoy es patrón de los químicos.

Follett es muy libre de ser ateo y anticlerical, pero, si se decide a hablar del Medievo, no es libre de ignorar la auténtica pasión por la búsqueda y la innovación de personajes como Gilberto de Aurillac, Roger Bacon y tantos otros: clérigos, sacerdotes, religiosos y místicos, los cuales no eran soñadores alquimistas ni herejizantes.

Sin embargo, la Iglesia inventada de Follett en su última novela es una banda de aprovechados, ladrones, disfrutadores y violadores. Viene la peste a mitad el siglo XIV y no hacen nada para combatirla, ni para aliviar las penas de la gente. Según Follett, la Universidad, los hospitales, las enormes obras de misericordia son nada.

Según él, la responsabilidad del hecho de que la mecánica de las infecciones no fuese conocida antes del siglo XIX se debe a los prejuicios anticientíficos de la religión. Ni siquiera se le pasa por la cabeza que las explicaciones sobre la corrupción del aire o el desequilibrio de los humores del cuerpo fueron, en realidad, la ciencia de su tiempo, la que practicaba toda la sociedad -y toda la Iglesia también, en la medida en que la Iglesia vivía en la sociedad de su tiempo-.

El período examinado por Follett ha sido considerado a la luz de la medievalística más reciente. En particular, no es completamente cierto que se llevara consigo a dos tercios de la población europea; en realidad, las víctimas se fueron distribuyendo en manchas de leopardo, en una geografía difícil de comprender. En muchos casos, los muertos fueron muy superiores a las estimaciones que da el escritor galés; en otros, al contrario, ni siquiera llegó a darse el contagio, como sucedió con la ciudad de Milán, que se vio milagrosamente salvada.

En cuanto al conflicto entre la ciencia y la Iglesia, repito, no se dio de manera alguna. Los médicos de ese tiempo estaban absolutamente encuadrados en un saber cohesionado, en el cual convivían teología y filosofía.

Las críticas expresadas por el novelista no tienen ninguna credibilidad, y hablan claramente, o de su ignorancia de los hechos, o de su anticatolicismo, o de una antipática mezcla de ambas cosas.

¿Piensan los jóvenes?

Por Jaime Nubiola en La Gaceta de los Negocios, el 20 de noviembre de 2007

Pero, en el fondo, es todo miedo
La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitación a pensar, aunque no siempre lo consiga. En este sentido, adopté hace algunos años como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que "no querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios".

Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que nos dedicamos a la enseñanza, al menos en los niveles superiores. Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas. "Quien piensa se raya" —dicen en su jerga—, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los demás. Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y están ahora escarmentados. No merece la pena pensar —vienen a decir— si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los demás. Más vale vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está.

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En consonancia con esta actitud, el estilo de vida juvenil es notoriamente superficial y efímero; es enemigo de todo compromiso. Los jóvenes no quieren pensar porque el pensamiento —por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan nuestra cultura— exige siempre una respuesta personal, un compromiso que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir. No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la revolución sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta años. "Ni quiero una chaqueta para toda la vida —escribía una valiosa estudiante de Comunicación en su blog— ni quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la vida. Ahora mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto sólo me pasa a mí, el problema es mío. Pero si este es un sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la sociedad que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos compromiso con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en calada, decimos "te quiero" demasiado rápido: la primera discusión y enseguida la relación ha terminado. Nos da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de tener que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer para toda la vida".

Y se hacen superfluos
El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso. No puede menos que venir a la memoria el lúcido análisis de Hannah Arendt sobre el mal. En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escribía que "el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos". Esto sucede —explicaba Arendt— cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos. Superficialidad y superfluidad —añado yo— vienen a ser en última instancia lo mismo: quienes desean vivir sólo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que está de más y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhumana.

De hecho, puede decirse sin cargar para nada las tintas que la mayoría de los universitarios de hoy en día se consideran realmente superfluos tanto en el ámbito intelectual como en un nivel más personal. No piensan que su papel trascienda mucho más allá de lograr unos grados académicos para perpetuar quizás el estatus social de sus progenitores. No les interesa la política, ni leen los periódicos salvo las crónicas deportivas, los anuncios de espectáculos y algunos cotilleos. Pensar es peligroso, dicen, y se conforman con divertirse. Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo afectivo con las relaciones líquidas de las que con tanto éxito ha escrito Zygmunt Bauman.

Lo que se puede hacer
Resulta muy peligroso —para cada uno y para la sociedad en general— que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.

Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos —como aspiraba Wittgenstein— a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar.

martes 29 de enero de 2008

La vida humana no tiene precio

Alejandro Llano en La Gaceta de los Negocios, el 26 de enero de 2008

Supondría una tiranía que se discriminara entre quienes se consideran humanos y quienes aún no lo son

No es el aborto precisamente un tema agradable. Y menos aún cuando se habla de este asunto a propósito de abusos ilegales, que suponen todavía mayor inhumanidad. Pero mejor es airear públicamente este tópico que su conversión en una cuestión tabú, de la que resulte políticamente incorrecta su simple mención.

En un país donde se contabilizan cada año cien mil interrupciones voluntarias del embarazo, el aborto se convierte en un problema político de primer orden y no es tolerable que los partidos lo escondan cuando se aproximan unas elecciones generales. Pero, en sí misma, no representa una cuestión política, susceptible de ser tratada en términos de conveniencia, como si cupiera negociar tácticamente sobre ella.

Cuando hablamos de interrupción del curso de vidas humanas, tanto de las que se estrenan como de las que están decayendo, tocamos algo que presenta un carácter absoluto. No sólo es un punto extremadamente doloroso. Se trata de algo mucho más profundo a lo que llamamos dignidad.

La dignidad es el carácter del ser humano como un fin en sí mismo. La vida del hombre y de la mujer no se puede poner en función de otra cosa. Es incondicional. Como dice Kant en su imperativo categórico, nunca se debe tratar a la persona humana sólo como medio, sino siempre como fin. Aquello que es meramente medio tiene una índole funcional.

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Y todo lo que es funcional resulta, por ello mismo, sustituible por alguna otra cosa que desempeñe su mismo papel. Ahora bien, ninguna persona es sustituible por otra, como si se cambiara al funcionario de una ventanilla por otro que hace iguales trámites burocráticos. Si muere mi amigo, no me consuela pensar que tengo otros.

Yo quiero a mi amigo, precisamente a él, y su ausencia de este mundo no puede ser compensada con la existencia de otros muchos a los que también aprecio. Por eso se dice, y no siempre de manera rutinaria, que se trata de una pérdida irreparable. Lo que acontece en cualquier aborto provocado es un atentado irreparable contra la dignidad de la vida humana.

El aborto no es un derecho, por mucho que se presente así y se nos repita una y otra vez. Es un grave atropello. Y quienes son responsables de la cosa pública no deberían dar lugar a tan serios equívocos. Porque, según nuestro ordenamiento legal, la interrupción voluntaria de la gestación es un delito, despenalizado en determinados supuestos. Y fuera de tales circunstancias es, pura y simplemente, un delito que en un Estado de Derecho como el nuestro debe ser castigado.

Algo muy serio sucede cuando son los propios gobernantes de un país los que confunden delito con derecho. Ampliar los derechos humanos es una problemática tarea. Pero hacerlo a base de incluir en ellos acciones que van contra la dignidad humana equivale a un cruel contrasentido. Una vida humana, por deficiente que parezca, no tiene precio.

Posee en sí misma un valor en cierto modo absoluto. “Todo necio confunde valor con precio”, dice Antonio Machado. Se trata de un valor que no se puede pagar con nada, sea dinero prestación psicológica o social. Lo cual no es incompatible con que se comprenda y se conceda importancia a las difíciles circunstancias por las que puede pasar la mujer embarazada en determinadas situaciones. Defender la dignidad de la vida humana no nacida en modo alguno significa falta de sensibilidad y mucho menos algún tipo de conservadurismo ideológico o fanatismo religioso.

Cabría preguntarse por qué son los católicos quienes, con más energía, se oponen a la legalización del aborto. Y habría que responder que éste también es el caso de otros cristianos no católicos, de los musulmanes y de no pocos judíos, además de representantes de religiones consideradas como primitivas.

Desde luego, la actitud multicultural es poco compatible con la imposición de una mentalidad occidentalista, para la cual un niño por nacer no vale más que un cachorro sano de algún mamífero superior.

Evidentemente nadie se compromete en la defensa de la vida porque se lo mande un cardenal o cien obispos, y mucho menos porque figure —caso improbable— en el programa del partido político que menos le disguste. Lo hace porque sabe que la vida humana posee una dignidad absoluta según la cual cualquier individuo de la especie homo sapiens es intocable. Es consciente de que constituye una cosa sagrada, se profese la religión que se quiera o ninguna.

Y, como mantiene Robert Spaemann, supondría una tiranía insoportable que presuntos expertos o poderosos del tipo que sea trataran de discriminar entre quienes ellos consideran que son humanos y quienes todavía no lo son o han dejado de serlo. El TC de Alemania, país que algo sabe de totalitarismos biológicos, ha considerado contrario a los derechos fundamentales el arbitrario establecimiento de fronteras entre personas y no personas.

sábado 26 de enero de 2008

Una nota sobre el nudismo


De G. K. Chesterton en "El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad".

Algunos de los escritores modernos más inteligentes tienen una estrecha costumbre contra la cual quisiera protestar. Consiste en negarse totalmente a expresar la opinión de los demás tal cual es; y a considerarla según sus propios méritos. El escritor moderno debe suponer que es cuestión de elegir entre su propia opinión extrema y algo que está en la otra punta.

Hallé un ejemplo curioso en un libro excelente de Cicely Hamilton llamado Modern Germanies. Hacia referencia a la secta de los nudistas, que han renovado la vieja herejía de los adamitas y andan muy tranquilos sin ropa, y se toman muy en serio; como si la desnudez fuese un invento moderno. Creo que la señorita Hamilton en verdad vaciló un poco, pues sus instintos de persona civilizada la llevaron a reír, y sus instintos de progresista, a aplaudir. Entonces, ¿qué hace? Inmediatamente, repite la vieja historia de Pablo y Virginia, la novela muy artificial y sentimental del siglo XVIII, en la que la heroína se ahoga porque se niega a quitarse la ropa. Luego, agrega que, si «ella tuviera que elegir» entre Virginia y alguna chica alemana que encuentra más cómodo andar sin ropa, elegiría a ésta.

Pero, antes que nada, ¿por qué tendría ella que «elegir»? ¿Por qué no considera el nudismo por sus propios méritos, y la opinión que la gente cuerda tiene de la ropa también por sus propios méritos? Si tengo que juzgar a un borracho, lo haré sin tomar por los cabellos la comparación con un faquir loco que deliberadamente murió de sed en el desierto. Si tengo que juzgar a un avaro, lo llamaré avaro, a pesar de la existencia de un noble vienés loco y borracho, que arrojó diez mil monedas de oro a una alcantarilla. No alcanzo a entender por qué la señorita Hamilton recurre a una extravagancia para justificar otra.

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En segundo lugar, si supone que Virginia representa la moral normal, tradicional o cristiana, probablemente esté muy equivocada. Muchas autoridades cristianas le dirán que su idea del sacrificio se acercaba mucho al pecado de suicidio. Porque Pablo y Virginia no se escribió en un período cristiano, sino en uno muy pagano, cuando la Francia prerrevolucionaria estaba enamorada de los estoicos paganos que no desaprobaban el suicidio. La historia misma se basa, en gran parte, en un viejo romance clásico. No puede tomarse como típico del cristianismo moderno, ni siquiera del medieval. Es justo recordar que, en este aspecto, Virginia es una heroína pagana, y Godiva, una heroína cristiana.

Finalmente, no estoy muy seguro de que elegiría a la muchacha alemana, aunque me obligaran a elegir. Podemos pensar que se hace un sacrificio a un código de honor equivocado, pero el sacrificio está ahí; y ahí reside el honor. No hay razones para suponer que la nudista sabe siquiera lo que significa honor para nosotros. Nada sabemos de ella, excepto que no sabe lo que para nosotros significa dignidad. Como muestra llana de psicología práctica, creo que es muy posible que la pobre muchacha equivocada, que murió por su dignidad, también moriría por su país, por sus amigos, por su fe, por su promesa o por cualquier obligación digna. De la otra mujer nada sabemos, excepto que (como el cerdo y los otros animales) se siente más cómoda sin ropa. A mí me parece que es un fundamento insuficiente para inspirar confianza moral.

Pelotas de células

Por JUAN MANUEL DE PRADA

EL otro día leía en un periódico que los embriones utilizados en investigaciones científicas son «pelotas de células que ni sienten ni padecen». Siempre que me tropiezo con afirmaciones tan sumarias me acuerdo de una de las secuencias más célebres de «El tercer hombre». Holly Martins, el escritor de noveluchas ínfimas interpretado por Joseph Cotten, ha logrado al fin reunirse con su amigo Harry Lime (Orson Welles), un cínico asesino que se ha enriquecido vendiendo fármacos adulterados. El encuentro entre los dos protagonistas acontece en el Prater vienés; montan juntos en la noria y, cuando se hallan en lo más alto, Martins pregunta, horrorizado: «¿Has visto a alguna de tus víctimas?». Harry Lime esboza una sonrisa cínica y dirige con desapego la mirada a la gente que pasea por el descampado, allá a lo lejos: «¿Víctimas? -se mofa-. No seas melodramático. Mira ahí abajo. ¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejara de moverse? Si te ofreciera veinte mil dólares por cada puntito que se parara, ¿me dirías que me guardase mi dinero o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar? ¡Y libre de impuestos, amigo, libre de impuestos! Hoy es la única manera de ganar dinero».

Basta subirse a una noria para que los hombres se conviertan en puntitos negros; basta encaramarse en la atalaya progre para que los embriones se conviertan en pelotas de células que ni sienten ni padecen. Siempre me ha provocado estupor que una época como la nuestra, que se declara compasiva y ha querido extender los frutos de esa compasión hacia ámbitos más allá de lo puramente humano (pensemos, por ejemplo, en la defensa de los animales), se muestre en cambio tan impiadosa cuando se trata de proteger la vida embrionaria. Lo cual me hace pensar que tales muestras de pretendida humanidad no son sino aspavientos de una época que ha dejado de ser humana. No una época de hombres malvados, sino una época en que los hombres han dejado de serlo; y que, para fingir que lo siguen siendo, urden coartadas, cuanto más rimbombantes mejor, que anestesien lo que antaño llamábamos conciencia.

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Y cuando los hombres dejan de serlo, la vida deja de tener una dignidad intrínseca; se puede seguir defendiendo con argumentos meramente utilitarios, pero ya nunca más como una verdad indestructible que nos interpela y demanda una defensa obstinada. Se entroniza así una concepción puramente «funcional» de la vida: su dignidad ya no es algo inscrito en su propia naturaleza, sino un reconocimiento que se le otorga o se le deniega a discreción, por razones de pura conveniencia, según la perspectiva desde la que la miremos (y ya se sabe que, contemplada desde una noria o atalaya progre, toda vida se convierte en un puntito negro). Incluso se maquinan coartadas de apariencia humanitaria que maquillen esta consideración puramente funcional de la vida: y así, por ejemplo, se justifica la destrucción de esas pelotas de células que ni sienten ni padecen porque de este modo se puede ayudar a sanar otras vidas. Por supuesto, cualquiera que se atreva a poner en cuestión tal aserto se convierte ipso facto en fundamentalista; título honrosísimo, pues, en efecto, la vida es el fundamento de quienes aún queremos ser humanos. Pero, puesto que estas coartadas pretendidamente humanitarias no pueden en realidad serlo, por haberlas urdido quienes ya han dejado de ser hombres, hemos de esforzarnos por penetrar la verdad que se esconde detrás de la cortina de las justificaciones. Y la verdad, descarnada y pestilente, la formulaba Harry Lime en el parlamento que iniciaba este artículo: se llama dinero, dinero obtenido disparando sobre diminutos puntitos negros.

Los últimos avances científicos nos revelan que se pueden sanar vidas sin destruir embriones. Pero, mientras consideremos a esos embriones pelotas de células que ni sienten ni padecen, seguiremos encontrando coartadas que justifiquen su destrucción. Y es que, cuando la vida es despojada de su dignidad intrínseca, deja de ser vida: será respetada mientras nos resulte útil o rentable; cuando sea más útil o rentable destruirla, lo haremos sin vacilación. No sin antes urdir, por supuesto, una coartada humanitaria.