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Devolver la costilla

Por Rafael Ordóñez
La Opinión de Málaga, 9 de febrero de 2005

El anuncio es tan tenue, tan sutil y tan críptico que, a buen seguro, más de uno no se ha enterado todavía. Cuando en mitad del parque o en el costado de la parada de autobús lees "devolvemos la costilla"; o lo repites tres veces o no te enteras. Sigues con tu desayuno o merienda mental, y como el autobús no llega, vuelves a desparramar la vista y le das otra pasadita al anuncio de marras. A la siguiente va la vencida. Ahora sí, ahora lees lo de "devolvemos la costilla" junto con lo de "reclamamos derechos", y caes en la cuenta: el martes es 8 de marzo, día de la mujer trabajadora. Pues estupendo. Pero se te queda la frasecita en el alero: "devolvemos la costilla". Lo primero que piensas es que estamos ante una autora, y no autor, del cartelito. Hablar de devolver costillas no cuadra con ningún compañero de género del padre Adán. Perfecto. Acto seguido piensas que santa rita, rita, lo que se da no se quita. Pero es en ese momento cuando adviertes que nunca hubo regalo de tal, que nadie dio nunca a nadie costilla alguna. Pones la caquéctica memoria a funcionar y repasas como puedes el libro del Génesis, mientras sacas el bonobús, y no acabas de encontrar donación, dádiva o cesión de costillas por parte alguna. Lo que sí recuerdas es que el autor del libro primigenio dice que " el Señor Dios hizo caer al hombre en un letargo y mientras dormía le sacó una costilla". El resto se da por sabido. Bueno, se daba. Hasta ahora, a una persona de cultura elemental se le suponía un conocimiento básico del libro más vendido y leído de toda la historia de la humanidad. Pero ahora, por lo visto, no. Ahora pregonan que eso es prescindible. El ridículo no se hace esperar.

Fue el archicitado Borges el que dijo que "en el libro del Génesis está toda la literatura universal ". A poco que enumeremos los grandes temas de la literatura de todos los tiempos habremos de asentir con el maestro. Allí está todo por adelantado. Desde el mismo acto creador, que todo escritor imita y repite cuando da vida a sus personajes, hasta cualquier historia en la que laten sentimientos tan humanos e invariables como el amor, los celos, la venganza, la maldición, la envidia, el odio, la emigración, la familia, el hombre y la mujer ante ellos mismos, las promesas, las esperanzas. Todo el río de humanos palpitos que ha recorrido la literatura de todos los tiempos y de todas las culturas ya bajaba por el Génesis. Pero esto se le quiere escamotear a los pimpollos de la play station y el móvil de décimo quinta generación. Angelitos míos. Minusválidos culturales y desvalidos sociales vivirán a ciegas sin escuchar jamás `La Pasión según san Mateo´ o `La Creación´. Ni saben de qué Pasión le estás hablando ni qué Creación le cuentas. Por no decir que desconocen, de plano, la existencia de un tal Bach o un tal Haydn. Ni repajolera idea. Tampoco podrán visitar ningún museo con pintura de los últimos veinte siglos porque ignoran qué es La Anunciación, la Transfiguración, la Última Cena o la Crucifixión. Todo les suena a swahili.

Todo un espléndido futuro, bregando a brazo partido con las sombras del analfabetismo, por mor de unos cuantos frívolos que juegan con las generaciones de escolares como si de un intercambio de cromos se tratara. Un heroico porvenir les espera. Pues nada. A vivir que son dos días. Que zurzan a Bach y a toda esa panda de cursiles, carcas y rallados. Menuda plasta. Madre Ignorancia, causa de todos los ridículos, ¡ay!

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