Rafael Domingo
La Gaceta de los Negocios, 23-08-2006
Nunca me ha gustado la contraposición, tan extendida en nuestros días, entre fundamentalistas y relativistas, ya que fácilmente se torna en arma arrojadiza contra adversarios políticos.
Conforme a esta dualidad, es fundamentalista quien trata de imponer socialmente ciertos principios, vinculados a una verdad o un conjunto de verdades, y a las que considera inmutables e innegociables, en la medida en que subsisten con independencia de la opinión de la mayoría. Es relativista, en cambio, quien apuesta, no por principios, sino por valores, esto es, por determinadas adherencias personales a concretos modos de comportamiento y determinados criterios éticos, susceptibles de cambio en atención a las circunstancias sociales.
Para el fundamentalista, el relativista parte de una gran incoherencia, pues afirmar que no hay una verdad absoluta o que, existiendo, ésta resulta inaccesible, es ya aceptar un primer principio de verdad inmutable. El relativista es tachado de oportunista, de persona amoral y sin escrúpulos, amante de la inmediatez, que juega siempre la carta vencedora.
En cambio, para el relativista, el fundamentalista es ante todo un fanático, una persona intransigente, inflexible y cerrada, que no ha sabido emplear el mejor instrumento del que hace gala el ser humano: la razón. Y es que el fundamentalista se toma demasiado en serio las cosas, muy particularmente la religión, y se convierte así en esclavo, a la postre, de sus propias convicciones. Por eso, un buen demócrata debe ser, por principio —¡valga la incoherencia!—, relativista, ya que lo único impuesto es la ley, y ésta no es el reflejo de la verdad, sino de la revocable voluntad del pueblo soberano.
En esta batalla ideológica, el arma del fundamentalista es la imposición; la del relativista, el permisivismo. Pero, en la realidad, los dos extremos se tocan. Sin temor, puede hablarse de un relativismo fundamentalista, que, por la vía de los hechos, intenta imponer el permisivismo como regla universal de comportamiento; y de un fundamentalismo relativista, que convierte en verdades inmutables las cosas más mudables. Así, por ejemplo, el laicismo, tan alejado de la auténtica libertad religiosa, sería un tipo de relativismo fundamentalista, que niega la dimensión social del fenómeno religioso; el nacionalismo, en cambio, una suerte de fundamentalismo relativista que construye dogmas políticos a partir de la raza, la lengua o la cultura.
Frente a estas dos posiciones, a veces intencionadamente enfrentadas, cabe una tercera vía, con la que me siento plenamente identificado, y que podría denominarse veritalismo. Es veritalista... quien busca la verdad sin fatigas ni cansancios y, si piensa haberla encontrado, no la hace valer coactivamente ni mucho menos la esconde —guiado por la corrección política—, sino que la expone para que brille por sí misma. El veritalista propone, jamás impone.
Tratar de imponer la verdad, como se ha intentado durante siglos, es tan absurdo como “obligar a amar”. Pero que esto no sea posible no significa que no se tenga que amar, o que no exista el amor, pues la persona humana es un ser para el amor y sólo en él alcanza su plenitud. Lo mismo sucede con la verdad. Que no pueda imponerse la verdad no significa que ésta no exista o que nadie esté éticamente obligado a buscarla con todas sus potencias. La libertad es precisamente eso: el impulso interior que invita a la razón a buscar la verdad, el máximo bien. Una vez hallada, el veritalista se adhiere a ella sin reservas, y la muestra al prójimo, por solidaridad humana.
El veritalista compatibiliza perfectamente la aceptación de principios inmutables, por ejemplo, los de la religión católica, con los formalismos de la democracia en cuanto sistema político por excelencia, basado en la protección de los derechos fundamentales y en la dignidad de la persona. La firmeza en la defensa de la dignidad humana lleva al veritalista a la búsqueda de normas éticas y jurídicas de validez universal orientadas al servicio de la genuina libertad. El veritalista está convencido de que sólo mediante ciertas exigencias absolutamente irrenunciables se puede custodiar el tesoro de la dignidad personal, con independencia de la raza, la condición, el sexo o la religión. De ahí que el veritalista no tenga reparos, como el relativista, en considerar determinados actos intrínsecamente malos, como el homicidio (donde se incluye el aborto), el terrorismo, la violación, la pornografía, la prostitución, etc. Pero sí los tiene, en cambio, a diferencia del fundamentalista, en pretender imponer las exigencias morales por la fuerza.
En este siglo de confusión y medias tintas, el veritalismo puede ser, y es de hecho, la opción de muchas mujeres y hombres repartidos por los cinco continentes y, a la larga, la que presta más servicios a la democracia, por cuanto la asienta en un pilar inconmovible: la dignidad humana.
La Gaceta de los Negocios, 23-08-2006

Conforme a esta dualidad, es fundamentalista quien trata de imponer socialmente ciertos principios, vinculados a una verdad o un conjunto de verdades, y a las que considera inmutables e innegociables, en la medida en que subsisten con independencia de la opinión de la mayoría. Es relativista, en cambio, quien apuesta, no por principios, sino por valores, esto es, por determinadas adherencias personales a concretos modos de comportamiento y determinados criterios éticos, susceptibles de cambio en atención a las circunstancias sociales.
Para el fundamentalista, el relativista parte de una gran incoherencia, pues afirmar que no hay una verdad absoluta o que, existiendo, ésta resulta inaccesible, es ya aceptar un primer principio de verdad inmutable. El relativista es tachado de oportunista, de persona amoral y sin escrúpulos, amante de la inmediatez, que juega siempre la carta vencedora.
En cambio, para el relativista, el fundamentalista es ante todo un fanático, una persona intransigente, inflexible y cerrada, que no ha sabido emplear el mejor instrumento del que hace gala el ser humano: la razón. Y es que el fundamentalista se toma demasiado en serio las cosas, muy particularmente la religión, y se convierte así en esclavo, a la postre, de sus propias convicciones. Por eso, un buen demócrata debe ser, por principio —¡valga la incoherencia!—, relativista, ya que lo único impuesto es la ley, y ésta no es el reflejo de la verdad, sino de la revocable voluntad del pueblo soberano.
En esta batalla ideológica, el arma del fundamentalista es la imposición; la del relativista, el permisivismo. Pero, en la realidad, los dos extremos se tocan. Sin temor, puede hablarse de un relativismo fundamentalista, que, por la vía de los hechos, intenta imponer el permisivismo como regla universal de comportamiento; y de un fundamentalismo relativista, que convierte en verdades inmutables las cosas más mudables. Así, por ejemplo, el laicismo, tan alejado de la auténtica libertad religiosa, sería un tipo de relativismo fundamentalista, que niega la dimensión social del fenómeno religioso; el nacionalismo, en cambio, una suerte de fundamentalismo relativista que construye dogmas políticos a partir de la raza, la lengua o la cultura.
Frente a estas dos posiciones, a veces intencionadamente enfrentadas, cabe una tercera vía, con la que me siento plenamente identificado, y que podría denominarse veritalismo. Es veritalista... quien busca la verdad sin fatigas ni cansancios y, si piensa haberla encontrado, no la hace valer coactivamente ni mucho menos la esconde —guiado por la corrección política—, sino que la expone para que brille por sí misma. El veritalista propone, jamás impone.
Tratar de imponer la verdad, como se ha intentado durante siglos, es tan absurdo como “obligar a amar”. Pero que esto no sea posible no significa que no se tenga que amar, o que no exista el amor, pues la persona humana es un ser para el amor y sólo en él alcanza su plenitud. Lo mismo sucede con la verdad. Que no pueda imponerse la verdad no significa que ésta no exista o que nadie esté éticamente obligado a buscarla con todas sus potencias. La libertad es precisamente eso: el impulso interior que invita a la razón a buscar la verdad, el máximo bien. Una vez hallada, el veritalista se adhiere a ella sin reservas, y la muestra al prójimo, por solidaridad humana.
El veritalista compatibiliza perfectamente la aceptación de principios inmutables, por ejemplo, los de la religión católica, con los formalismos de la democracia en cuanto sistema político por excelencia, basado en la protección de los derechos fundamentales y en la dignidad de la persona. La firmeza en la defensa de la dignidad humana lleva al veritalista a la búsqueda de normas éticas y jurídicas de validez universal orientadas al servicio de la genuina libertad. El veritalista está convencido de que sólo mediante ciertas exigencias absolutamente irrenunciables se puede custodiar el tesoro de la dignidad personal, con independencia de la raza, la condición, el sexo o la religión. De ahí que el veritalista no tenga reparos, como el relativista, en considerar determinados actos intrínsecamente malos, como el homicidio (donde se incluye el aborto), el terrorismo, la violación, la pornografía, la prostitución, etc. Pero sí los tiene, en cambio, a diferencia del fundamentalista, en pretender imponer las exigencias morales por la fuerza.
En este siglo de confusión y medias tintas, el veritalismo puede ser, y es de hecho, la opción de muchas mujeres y hombres repartidos por los cinco continentes y, a la larga, la que presta más servicios a la democracia, por cuanto la asienta en un pilar inconmovible: la dignidad humana.
Comentarios