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LA TRIBU DANONE

Por Enrique Monasterio



Son altos, generalmente rubios, de piel tersa y dentadura blindada por la ortodoncia. Lucen pelusilla de albaricoque en la epidermis, y huelen a Nenuco. No han oído hablar de las paperas, de la tosferina ni de los sabañones. Conocen el sarampión por la literatura y la seborrea por los anuncios de la tele.
No han sufrido mucho, la verdad: apenas un leve acné en la edad del pavo, y algunas espinillas, curadas con clerasil. Son guapos de puro sanos, metabólicamente hermosos, con esa belleza insolente que tienen los animalitos de exposición. No vivieron ninguna guerra –ni falta que les hace– ni más revoluciones que las musicales. Dios los libró del hambre de la posguerra, del estraperlo y del aceite de hígado de bacalao. No necesitaron abrasarse la epidermis con cataplasmas de linaza; todo lo más, unos untes de Vicks Vaporub. Mastican chicle sin azúcar y desayunan toneladas de cereales flotantes sobre hectolitros de leche pasteurizada, envasada en tetrabrick.
Pertenecen –según el antropólogo Kloster– a la dan up generation o generación danone; pero no es justo llamarlos generación, ya que la mayoría de los de su edad viven en órbitas más modestas y corrientes. Mejor sería calificarlos de tribu. Sí, eso es, se trata de la más acomodada, lustrosa y civilizada de las tribus urbanas.
Ellas son fuertes y grandes, a veces un poco chicotes; ellos también. Son moderadamente ricos, limpios de cuerpo y, según como se mire, también de alma; macizos, compactos y saludables; sensibles ante las desgracias ajenas y compasivos con los animales domésticos. A veces son piadosos con sus padres, y casi siempre, encantadores con el prójimo.
En su habitación, empapelada de pósters, hay un ordenador conectado a internet, una tele, un equipo de música con cuatro bafles, un móvil que le trajeron los reyes, las llaves de la moto y metros cúbicos de ropa en los armarios: pantalones vaqueros (Levis, Liberto, Dockers, Pepe jeans…), zapatillas (Reebok, Nike, Adidas), catorce cinturones y un mando a distancia para controlarlo todo desde la cama.

Su centro de gravedad es la nevera. Tan práctico electrodoméstico les permite desayunar, comer y cenar a la carta, sin oír aquella vieja y odiosa amenaza materna:
—¡Si no te lo comes ahora, te lo encontrarás para la cena!
Eran otros tiempos, probablemente fascistas, en los que se atentaba contra los derechos humanos más elementales.
Los chicos de la generación danone suponen que entre esos derechos humanos, el más irrenunciable es el derecho al placer, al confort civilizado, que aún no está reconocido oficialmente por las Naciones Unidas, pero pronto aparecerá en alguna relación o manifiesto. Sentirse a gusto con el propio cuerpo, es el ideal supremo y el punto de referencia más elevado de todo su sistema moral.
—Hija mía –exhortan las madres bimbollo a sus hijas danone– haz lo que sientas que debes hacer. Lo importante es que seas tú misma.
Con tan saludables y sencillas admoniciones, el riesgo de agobiarse o de sentirse culpable es mínimo.

Son los primogénitos del estado del bienestar, los herederos de la revolución más egoísta de la historia: la revuelta primaveral del 68, en la que sus padres lucharon por una sociedad sin tabúes.
Aquella aventura estudiantil tuvo como protagonistas a los chicos mejor alimentados y más conformistas del Planeta. Con sus pantalones campana, sus guitarras eléctricas, sus melenas al viento y sus canciones/protesta de luxe, no luchaban por la liberación de una clase o de un pueblo; envueltos en hermosas palabras –paz, ecología, amor, liberación…–, sólo buscaban librarse del aburrimiento a base de sexo, confort, marihuana fácil y un socialismo light, protector de todos los placeres y perseguidor de intolerantes y puritanos.
Allí comenzó la agonía del marxismo, que fue una plaga triste y devastadora, pero que al menos luchaba y pedía sacrificios a sus adeptos. Lo nuevo que venía era tan malo o peor.

De aquella tribu –amortiguada en sus excesos por los años y la obesidad– nacieron los chicos danone. Como digo, son ricos y civilizados, y han aprendido de sus padres que lo importante es cuidar el cuerpo para gozar de él mientras dure. Del alma han oído poco. Vienen –sin demasiada culpa– blanditos como el yogur, sensibles como oropéndolas, cándidamente egoístas como gatos siameses.
Algunos de mis amigos son así, y espero que no se enfaden por esta caricatura. Yo sé que un día se levantarán en armas y harán una revolución de verdad, como las antiguas. Lucharán contra sí mismos, contra los valores mezquinos que recibieron de mi generación.
Y nos mandarán a hacer gárgaras, que ya va siendo hora.

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