JUAN MANUEL DE PRADA
ABC 8 de octubre de 2005

LAS últimas consultas democráticas convocadas en Europa han servido para ilustrar, de un modo más o menos traumático o cansino, el hastío que la acción política suscita entre los votantes: sirvan como ejemplo los referendos de la llamada Constitución europea (saldados con índices de participación exiguos, cuando no con rechazos displicentes) o las elecciones recientes en Polonia y Alemania (las primeras caracterizadas por el abstencionismo, las segundas por una indefinición casi enfermiza). El fenómeno delata un malestar colectivo cuyas causas no se han analizado con el debido rigor. A veces, incluso, la explicación de dicho fenómeno se despacha con atribuciones denigrantes al cuerpo electoral, al que se tilda de pasota o excesivamente descreído de la democracia. La casta política ha preferido repercutir las culpas sobre ese ente difuso, que así es relegado a la categoría de comparsa pasiva; no ha querido, en cambio, someter a un examen de conciencia su responsabilidad en el desaguisado. Cuando lo cierto es que esta especie de desgana o parálisis democrática sólo resulta inteligible cuando aceptamos que la política ha empezado a desconectarse peligrosamente de las inquietudes ciudadanas...
Fue misión de la política durante siglos tratar de resolver problemas. Más allá de su adscripción ideológica, el político actuaba como una suerte de médium que acertaba a designar las desazones y anhelos colectivos; en todo caso, la ideología proveía de una perspectiva o sensibilidad específica ante estos problemas que convenía resolver. El New Deal de Roosevelt -por poner un ejemplo conspicuo de acción política encaminada a la solución de un problema- fue apoyado en las urnas por una nación empantanada en la depresión económica que intuyó una propuesta ilusionante, capaz de disipar sus congojas. Mientras la democracia fue un sistema de gobierno sano, el político que diagnosticaba ese meollo de preocupaciones cotidianas que constituyen el pan nuestro de cada día y les brindaba solución, o siquiera remiendo, inclinaba las preferencias ciudadanas a su favor. A esta democracia canónica le sucedió otra más deteriorada en la que la acción política, en lugar de dedicarse a solucionar problemas, se entretuvo en crear distracciones que postergasen o siquiera maquillasen esos problemas acuciantes; es en este estadio cuando la propaganda, con su cortejo de estrategias mistificadoras, empieza a enturbiar las aguas de la democracia.
Nos hallamos ahora en otro estadio de depauperación más avanzado, más sofisticado también, en el que la acción política se desentiende de los problemas reales de la gente (ya ni siquiera trata de embaucarla con maniobras de distracción), se pone unos tapones en los oídos y se dedica, en el colmo del artificio, a crear problemas que no existen, problemas ficticios que, una vez inventados y alimentados hasta la hipertrofia, exigen una «solución». Inevitablemente, esta política fantasmática o de laboratorio acaba siendo advertida por los ciudadanos, que primero le tributan su perplejidad y más tarde su olímpico desdén. Al mismo tiempo, los políticos, enfrascados en entelequias que no preocupan a los ciudadanos, acaban degenerando en una casta autista que justifica su existencia convirtiéndose en una fábrica incesante de problemas. La Unión Europea quizá constituya la apoteosis de esta forma de acción política que se regodea en el puro bizantinismo. Y sospecho que, en el ámbito autóctono, ese Estatuto de Cataluña que ahora inicia su tramitación parlamentaria obedece a idénticos resortes: la casta política se conjura para crear un problema allá donde no lo había, mientras los ciudadanos asisten, entre la perplejidad y la exasperación, a un embrollo de consecuencias imprevisibles.
ABC 8 de octubre de 2005

LAS últimas consultas democráticas convocadas en Europa han servido para ilustrar, de un modo más o menos traumático o cansino, el hastío que la acción política suscita entre los votantes: sirvan como ejemplo los referendos de la llamada Constitución europea (saldados con índices de participación exiguos, cuando no con rechazos displicentes) o las elecciones recientes en Polonia y Alemania (las primeras caracterizadas por el abstencionismo, las segundas por una indefinición casi enfermiza). El fenómeno delata un malestar colectivo cuyas causas no se han analizado con el debido rigor. A veces, incluso, la explicación de dicho fenómeno se despacha con atribuciones denigrantes al cuerpo electoral, al que se tilda de pasota o excesivamente descreído de la democracia. La casta política ha preferido repercutir las culpas sobre ese ente difuso, que así es relegado a la categoría de comparsa pasiva; no ha querido, en cambio, someter a un examen de conciencia su responsabilidad en el desaguisado. Cuando lo cierto es que esta especie de desgana o parálisis democrática sólo resulta inteligible cuando aceptamos que la política ha empezado a desconectarse peligrosamente de las inquietudes ciudadanas...
Fue misión de la política durante siglos tratar de resolver problemas. Más allá de su adscripción ideológica, el político actuaba como una suerte de médium que acertaba a designar las desazones y anhelos colectivos; en todo caso, la ideología proveía de una perspectiva o sensibilidad específica ante estos problemas que convenía resolver. El New Deal de Roosevelt -por poner un ejemplo conspicuo de acción política encaminada a la solución de un problema- fue apoyado en las urnas por una nación empantanada en la depresión económica que intuyó una propuesta ilusionante, capaz de disipar sus congojas. Mientras la democracia fue un sistema de gobierno sano, el político que diagnosticaba ese meollo de preocupaciones cotidianas que constituyen el pan nuestro de cada día y les brindaba solución, o siquiera remiendo, inclinaba las preferencias ciudadanas a su favor. A esta democracia canónica le sucedió otra más deteriorada en la que la acción política, en lugar de dedicarse a solucionar problemas, se entretuvo en crear distracciones que postergasen o siquiera maquillasen esos problemas acuciantes; es en este estadio cuando la propaganda, con su cortejo de estrategias mistificadoras, empieza a enturbiar las aguas de la democracia.
Nos hallamos ahora en otro estadio de depauperación más avanzado, más sofisticado también, en el que la acción política se desentiende de los problemas reales de la gente (ya ni siquiera trata de embaucarla con maniobras de distracción), se pone unos tapones en los oídos y se dedica, en el colmo del artificio, a crear problemas que no existen, problemas ficticios que, una vez inventados y alimentados hasta la hipertrofia, exigen una «solución». Inevitablemente, esta política fantasmática o de laboratorio acaba siendo advertida por los ciudadanos, que primero le tributan su perplejidad y más tarde su olímpico desdén. Al mismo tiempo, los políticos, enfrascados en entelequias que no preocupan a los ciudadanos, acaban degenerando en una casta autista que justifica su existencia convirtiéndose en una fábrica incesante de problemas. La Unión Europea quizá constituya la apoteosis de esta forma de acción política que se regodea en el puro bizantinismo. Y sospecho que, en el ámbito autóctono, ese Estatuto de Cataluña que ahora inicia su tramitación parlamentaria obedece a idénticos resortes: la casta política se conjura para crear un problema allá donde no lo había, mientras los ciudadanos asisten, entre la perplejidad y la exasperación, a un embrollo de consecuencias imprevisibles.
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