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Puritanos sin Dios

José Javier Esparza. Periodista
Análisis Digital, 20 de octubre de 2005

Este Gobierno nuestro, con esa gracia que tiene, ha anunciado un extraordinario recrudecimiento de la legislación contra el hábito de fumar. Las innovaciones pueden resumirse en esta proposición: fumar es malo y el fumador es culpable. Un ancho abanico de sanciones reglamenta el veto con carácter casi universal. Y lo llamativo de su “talante” no es, evidentemente, que fumar se considere malo (lo es), sino que el repertorio de la represión legal eleva la desproporción hasta el delirio.

Tan represiva legislación anti-fumador va a dar lugar a una extravagante paradoja. Ocurre que en España, hoy, el consumo de drogas está despenalizado, bajo la presunción de que se trata de una enfermedad; por el contrario, se penaliza el tráfico, según la muy razonable convicción de que es nocivo para la salud social. Pero con el tabaco va a ocurrir lo contrario: su consumo quedará ásperamente penalizado mientras que su tráfico seguirá siendo legal y, además, continuará reportando al Estado cuantiosos ingresos vía impuestos. Lo cual deja al Estado en un curioso lugar: padrino de prácticas nocivas, capo legal del tráfico de drogas, cooperador necesario de conductas que vulneran la ley. Por el ridículo hacia el absurdo. Qué talento…

Estamos ante un ejemplo típico de terrorismo de la virtud. “Sin terror, la virtud es impotente”, decía Robespierre. No nos llevarán a la guillotina (todavía) por fumar, pero el fondo doctrinal es el mismo: un gobernante que confunde la política con la moral (con su propia definición de la moral) se propone conducir a las gentes, tribu descarriada, hacia la tierra prometida de la virtud a través de una legislación opresiva. “Sed virtuosos de grado o por fuerza”: daños colaterales del optimismo antropológico, consecuencia habitual de la filantropía cuando el filántropo se toma a sí mismo por espejo de la perfección. Schatov, un personaje de Los demonios de Dostoievski, tenía al ser humano en muy alta estima; tan alta que, cuando los hombres fallaban y no respondían a sus elevadas expectativas, Schatov les escupía al rostro. Pero seguramente nuestros gobernantes no habrán leído a Dostoievski, y eso que podría construirse una parábola descriptiva de su carrera con los títulos del ruso –Humillados y ofendidos, El jugador, Crimen y castigo, también El idiota.

Estamos ante un puritanismo de la peor especie. Lo que hacía terribles a los puritanos, aquellos radicales que en 1564 se escindieron de la iglesia anglicana porque la consideraban demasiado católica, no era tanto su rigorismo doctrinal como su sentimiento de superioridad: por una interpretación interesada de la predestinación, se consideraban superiores al resto de los creyentes. Nuestros nuevos puritanos también se consideran superiores, pero hay una diferencia decisiva: su rigorismo doctrinal y moral descansa sobre conceptos materiales, por tanto efímeros, como “higiene” o “salud”. Son ese tipo de conceptos que, aunque respetables, tienden a quedar relativizados por el sentido común cuando los contrastamos con la caducidad de la existencia. Pero para eso hace falta pensar que la existencia física es en sí misma precaria y limitada. Si no, si uno no tiene más horizonte que esa vida mortal, entonces los conceptos de higiene y salud se convierten en fines en sí mismos, en estrictos imperativos categóricos. Este es el razonamiento que subyace en la normativa anti-fumadores. Y es clara ilustración de hasta dónde puede llevar la persecución de la virtud cuando se ejecuta sin un criterio superior a la virtud misma. Es la pesadilla de un puritanismo sin Dios.

Lo más probable es que estas nuevas normas, de puro absurdas, queden sin cumplir, del mismo modo que, a principios de los cincuenta, ya nadie hacia caso de aquella casta proscripción que vetaba a los novios el beso en los lugares públicos. Pero no hay que esperar que el poder, hoy, sea menos tenaz que entonces. Entre otros motivos, porque el optimismo antropológico suele surtir el nocivo efecto de la violencia. Otra vez Dostoievski, glosado por Jünger: “Ese tipo de amor a la humanidad que se caracteriza por el odio a las personas singulares”. Ahí estamos.

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