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Peregrino en Tierra Santa. Capítulo VII. Monte Tabor. Saxum. De nuevo Jerusalén

Foto MJN
Fue el viernes 4 de mayo. Ha pasado más de un mes cuando escribo y me da por pensar en cuánto interfiere el estado de ánimo en el momento de escribir y el tiempo transcurrido en las impresiones que trato de rescatar para expresarlas. Hecho este disclaimer, me apresuro a no dejar que mis recuerdos se difuminen o contaminen aún más.

Despertamos en Nazareth. Desayuno como si no hubiera mañana. El día es acogedor. Nos dirigimos al Monte Tabor. Dejamos a la derecha Naím, la ciudad de la viuda. Atravesamos la llanura de Esdrelón, que Débora contemplaba junto a Barac desde la cima del Monte. La sensación de estar metido en la Biblia como un personaje más, a punto de entrar en combate contra los carros del ejército de Sísara. El Monte Tabor es verdaderamente singular, emerge solitario 300 metros por encima del valle de Jezreel, verde azulado en la bruma matinal. Visto por la ventanilla del autobús me recordó al famoso dibujo del "sombrero" de Saint-Exupéry, donde todos los que aún tenemos alma de niño vemos claramente un elefante -dentro de una boa, eso sí-.
La subida se hace por una carretera estrecha y llena de curvas, salvo que quieras hacerla andando por el sendero. Por eso se realiza en microbuses-lanzadera, más cómodos de lo que esperaba. Recomiendo, no prestar demasiada atención a la conducción y disfrutar del paisaje, de la vegetación de sus laderas, cubiertas de encinas, lentiscos y plantas montaraces, de lirios y azucenas, y de las fugaces vistas del valle. La espera para los microbuses fue larga. Ramzis vino presumiendo de haber conseguido, gracias a sus influencias, que nos colaran delante de otros grupos; pero debí entender mal, porque la sensación fue de que se nos colaron todos los demás grupos. Tiempo para recorrer una y mil veces la consabida tienda de souvenirs, el consabido bar, la estación. Aburrido y algo harto de que lo inmediato se alargue sin medida, hasta traté de entablar conversación con un grupo de ortodoxos encabezados por unos cuantos presuntos sacerdotes: no se si fue el inglés, que dije alguna inconveniencia o que estaban tan cansados de esperar como yo; pero el diálogo ecuménico murió en el minuto uno.

Ya que ha vuelto a salir nuestro guía, aprovecho para una reflexión que hice esos días. Espero que no se entienda como una crítica sino como excusa para una digresión. Como he contado, iba en una peregrinación, todos éramos muy conscientes de ser peregrinos y de lo que eso significaba. Íbamos a rezar y a vivir las raíces físicas de nuestra fe. Teníamos Misa todos los días, rezábamos el Rosario en el autobús todos juntos, en cada lugar leíamos y meditábamos brevemente el pasaje correspondiente del Evangelio... Ramzis nos acompañaba a todo; pero no participaba en nada. ¿Actitud profesional de no salirse de su sitio? Probablemente. Pero pensé en la incongruencia de que un árabe católico de Belén, tan comprometido como él con su fe a través de su trabajo, no aprovechara la ocasión para sumarse como un cristiano más. ¿Qué piensan de verdad estos católicos árabes de estos otros católicos venidos de la opulencia, herederos de íberos paganos, visigodos bárbaros, moros musulmanes, romanizados por idólatras politeístas? Ellos, que son de la misma ciudad y tierra que Jesús, que conocen y viven las tradiciones mamadas en su fuente... No sabía explicarlo, quizá es la diferencia entre ser y vivir; es decir, ser viene dado, amar ese don es mucho; pero vivir es todo, porque Cristo vive.

Foto JRz-C
Una vez arriba, pasee entre las ruinas del monasterio benedictino del siglo XII y de la fortaleza sarracena. Un curioso guirigay me atrajo hasta un espacio en el que un grupo de personas se agitaba confusa entre cánticos al rededor de un guitarrista alzado sobre una mesa. Me dispuse a hacer alguna foto cuando un hombre se revolcó sobre la graba como si hubiera sufrido un ataque epiléptico: debía de ser eso que llaman entrar en trance. En el centro, otro imponía las manos entre gritos de ¡gloria! y los asistentes a aquel rito sanador empezaron a salir a la carrera por la abertura entre las ruinas en la que estaba yo apostado. Dejé las fotos para otro momento y me fui para acogerme al calor y la paz de mi propio rito.

La cima del Tabor ese día de mayo ilustraba por sí sola el acierto de escogerla para la Transfiguración. Realmente se estaba bien allí. La Misa bajo techumbre de cañas hacía fácil revivir la escena apuntada por Lucas: "Y al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban a su lado. Cuando estos se apartaron de él, le dijo Pedro a Jesús: Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías– pero no sabía lo que decía.". El Tabor remite al Calvario. La Transfiguración a la Crucifixión. Es una preparación para no caer en el escándalo o el desánimo ante la Cruz que aguardaba a la vuelta de la esquina. En esta Misa pusimos nuestras intenciones y desvelos, nuestros miedos, porque había que bajar del monte y dirigirse a Jerusalén, como Jesús, que se adelantaba a sus discípulos, deseoso de consumar por fin su sacrificio redentor.

Antes de entrar en la Ciudad Santa tuvimos dos momentos para restañar emotividades. La comida en algún lugar del camino. Celebraban su aniversario de boda Tono y María José -nuestra fotógrafa oficial-. Corrió vino denso y fuerte, y se me escaparon algunas emociones en forma de brindis balbuciente. Caná seguía presente; afortunadamente la boda, no el vino, que hoy era mucho mejor.

Foto MJN
Tenía muchas ganas de visitar Saxum, porque por varios motivos me siento parte de este proyecto. Cogí la palabra por segunda vez -¿sería el vino?- para explicarlo durante el camino; pero no lo voy a hacer aquí, el que tenga curiosidad que siga el enlace anterior. Abu Ghosh está desparramado entre montañas, con casas en construcción y desmontes, a siete kilómetros de Jarusalén camino de Emaús, donde Jesús resucitado salió al encuentro de dos discípulos descorazonados. El acceso directo al Saxum Visitor Center está aún por organizar, de hecho, el centro de visitantes no está todavía inaugurado; podemos decir que hicimos una visita piloto. Paulina, directora de comunicación, convirtió la visita en una delicia. La línea de tiempo del patio de entrada y el tour multimedia de última generación son magníficos. Este es un consejo seguro: si vais a Tierra Santa, empezad por el Saxum Visitor Center y no os pasará lo que a mí, que a ratos no sabía dónde estaba ni qué veía o, peor aún, qué me estaba perdiendo.

Foto J Rz-C
Regresamos al fin a Jerusalén, esta vez al Christmas Hotel, por una vez con tiempo libre por delante. Esto, en un viaje tan organizado, descoloca un poco. Dejé abierta la maleta sobre la cama -ya no hacía y deshacía la maleta, metía y sacaba cosas- y bajé al vestíbulo (el lobby) a ver qué se ofrecía. Me sumé a un reducido grupo con intención de llegar hasta la Puerta de Damasco y la Ciudad Vieja. Juan Carlos, cabeza de partida, comenzó a caminar resueltamente. Me pasó el plano que daban en recepción, una fotocopia tan mala y tan pequeña que yo no leía nada ni con gafas. Además, nuestro líder no sabía dos cosas: una, que yo estaba decidido a no tomar ninguna responsabilidad; dos, que el único fin de semana que pringué durante mi paso por la Academia de Infantería de Toledo durante la mili*, fue por culpa de una práctica de orientación por binomios**. Total, que dimos un rodeo para ir a parar al amplio bulevar Sderot Hayim Barlev convertido en un auténtico espectáculo: los judíos ortodoxos descendían hacia la Ciudad Vieja para estar cerca del Muro al día siguiente, sábado; las tiendas árabes exponían sus enormes frutas y verduras en las aceras, los vecinos hablaban animadamente en las terrazas de los cafés; una comitiva de boda subía ruidosamente por la avenida tocando las bocinas; y de tanto en tanto, vi los primeros policías de uniforme azul oscuro, armados hasta los dientes. Bajando, mis acompañantes se iban deteniendo aquí y allá, asomándose a las tiendas. En un tramo entablamos contacto con un grupo de turistas vascos, que habían estado en Masada, Mar Muerto y un barrio ultra ortodoxo, otro plan... Al final de la calle Ha-Nevi'im se veía la Puerta de Damasco; pero había que volver si queríamos llegar a la cena. Retrocedimos. Regresaría después de la cena; pero eso ya lo contaré en el capítulo VIII.

Continuará...

Para ir al capítulo I

* Mili: servicio militar obligatorio que se suspendió hace años, imagino que por la discriminación que suponía para las mujeres que solo fuera para varones, lo que ocasionaba que ellas, además de estudiar más, llegaban un año antes al mercado laboral -sin experiencia de combate, eso sí-.
** Binomio: modo castrense de referirse a dos personas o a una pareja (por lo menos en Infantería).


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