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Bienvenidos a la pesadilla

JUAN MANUEL DE PRADA
ABC, 3 de junio de 2006
EN el ocaso de las civilizaciones, los vicios más aberrantes comienzan a merodear golosamente la fantasía de los hombres, como moscas que revolotean en torno al estiércol. Chesterton lo explicaba con su habitual clarividencia: «Llega un momento en la rutina de una civilización en que los hombres buscan pecados más complejos u obscenidades más llamativas, como estimulantes de su hastiada sensibilidad. Intentan apuñalar sus nervios vitales, como tratando de emular los cuchillos de los sacerdotes de Baal. Caminan en su propio sueño e intentan despertarse a sí mismos con pesadillas».
Leíamos en la prensa hace unos días una noticia que expresa mejor que un tratado de antropología la agonía de la civilización occidental. Un grupo de holandeses ha constituido un partido cuyo programa electoral defiende la despenalización de la pederastia y la pornografía infantil, siempre que los niños que se presten a estas prácticas «consientan». Asimismo, este partido de nuevo cuño reclama la legalización de la zoofilia, siempre que sea «consentida» por ambas partes; y, para que no quede duda sobre su escrupuloso respeto a los derechos de los animales, aboga por la institución de un nuevo delito de «violación de un animal».
Podemos presumir que los promotores de tan desquiciado partido son tan sólo una pandilla de tarados; es la solución más risueña y escapista. Otra actitud menos irresponsable nos obligaría a aceptar que este partido holandés se limita a enunciar descarnadamente algunos barruntos e intuiciones que flotan en el clima de nuestra época. No debemos olvidar que Holanda es la avanzadilla del proyecto de ingeniería social y perversa despersonalización que empieza a prender en el resto de Europa: exaltación de una sexualidad libérrima, vindicación de la eutanasia, etc. Diríase que la civilización occidental, crepuscular y exhausta, hubiera decidido excitar su hastiada sensibilidad enarbolando «los cuchillos de los sacerdotes de Baal».
Cada vez que una aberración de estas características asoma a los titulares de prensa, la sociedad se rasga farisaicamente las vestiduras; en cambio, se niega a ahondar en las raíces del mal que la corrompe. Resulta muy revelador que estos holandeses pederastas y zoófilos se impongan, en sus relaciones con niños y animales, un mismo límite: el «consentimiento» de la otra parte. Esta igualación de niños y bestias (perfectamente inteligible para los defensores de los derechos de los animales, cuyo máximo adalid, Peter Singer, ha llegado a proclamar que «un cerdo adulto es tan valioso como un bebé humano») no es sino la expresión extrema del proceso de «abolición del hombre» que hoy se enseñorea de Europa.
Cuando se difumina el concepto de dignidad humana; cuando se acepta que no todos los hombres, ni en todas las fases de su vida, son igualmente valiosos; cuando se dimite de la obligación de denunciar todo aquello que se opone a la vida y viola la integridad de la persona, es natural que surjan estas aberraciones. Cuando el ser humano se convierte en un mero elemento del organismo social, se acaba subordinando el bien del individuo al interés mayoritario. Hoy esos pederastas son una minoría que aún se topa con la resistencia de la vieja y maltrecha moral que entre todos hemos decidido abolir. Pero llegará un momento -acaso no muy lejano- en la rutina de nuestra podrida civilización en que una mayoría de hombres buscarán en la pederastia un «estimulante de su hastiada sensibilidad»; y entonces aceptaremos que los niños sean los destinatarios de nuestras depravaciones, igual que hoy aceptamos sin temblor que sean exterminados antes de su alumbramiento.
Para entonces, ya sólo podremos despertar de nuestro sueño de decadencia apuñalando nuestros nervios vitales. Bienvenidos a la pesadillaPosted by Picasa

Comentarios

Hispanicus ha dicho que…
De Prada una vez más dando en el clavo, como me gusta lo que escribe (más el contenido que la forma), es un fenómeno.
El fondo es perfecto, como dices, da en el clavo, es casi increíble. A mí la forma también me gusta, me encanta, vamos, me hace corroer de envidia. Claro que comprendo que a algunos se les haga engolosa, lo comprendo y me parece maravillosa esta diversidad (o acabaríamos todos estragados).
Siempre a tus órdenes.

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