Ante la tiranía ideológica de EpC

domingo 28 de agosto de 2005

¿QUÉ HACEMOS CON PAPÁ?

REVISTA FRONDA, VERANO A.D. 2005

¿QUÉ HACEMOS CON PAPÁ?
O el drama de la eutanasia

De Tomás Trigo

Drama breve en un acto (para dar que pensar)

Antonio es un anciano de 80 años. Yace moribundo en un hospital de un país en el que está legalizada la eutanasia. Los analgésicos han conseguido reducirle los dolores de su enfermedad. Los médicos prevén que puede morir dentro de una semana... o tal vez de tres meses. Su mujer, Ana, y sus cuatro hijos, Eduardo, Isabel, Begoña y Daniel, acaban de visitarlo.

Sala de estar de la casa de Antonio y Ana. Puerta entreabierta en el foro. En un extremo, una mesa de despacho con un teléfono. Es de noche. En escena, los cuatro hijos.

Eduardo: Bueno, creo que ha llegado el momento de plantearnos seria¬mente qué hacemos con papá...
Isabel: Tienes razón. A mí me da muchísima pena verlo así. Apenas puede hablar. Y los dolores, a veces, son bastante fuertes... Es una situación absurda.
Eduardo: Es casi un vegetal.
Isabel: Si todavía fuese un vegetal... Pero siente el dolor. Debe ser duro estar en su lugar. Y creo que nuestro deber como hijos es ahorrarle ese sufrimiento...
Begoña: Supongo que no estaréis pensando...
Eduardo: ...en la eutanasia. Sí, ¿por qué no? A mí me parece la mejor solución.
Begoña: ¡Ni hablar!
Daniel: (Dirigiéndose a Begoña en tono burlón) "¡Ni hablar! ¡Ni hablar!" ¿Qué pasa? ¿No nos está permitido hablar del tema? A mí me parece lógico que discutamos el asunto. Al fin y al cabo, estamos pensando en el bien del viejo.
Isabel: Por supuesto. Se trata de su bien. Estar como está él es una lástima. A mí me da mucha pena, no soporto verlo así... Creo que le haríamos un gran bien ayudándole a morir dignamente. Claro que, por otra parte, es una decisión difícil...
Begoña: Ayudarle a morir dignamente... Hablemos claro: se trata de si debemos matar a nuestro padre. Eso sí, por compasión... Un tierno sentimiento justifica un crimen.
Isabel: (Escandalizada) ¡Pero, ¿qué dices?!
Eduardo: No seas bruta, Begoña. No consiento que digas eso. Nadie está pensando en matar. ¿O es que somos una panda de asesinos? Somos personas normales. Todos tenemos nuestra carrera universitaria y un trabajo digno en la sociedad. A veces hablas sin pensar y no te das cuenta de que puedes herir a los demás. Estamos hablando de ayudar a morir a nuestro padre y de evitar que sufra innecesariamente.

Begoña: Eso es lo curioso. ¿Cómo es que unas personas tan cultas, con estudios universitarios, pueden ser tan ciegas para no ver que eso es una barbaridad? Nosotros no somos dueños de su vida para decidir, como si fuésemos Dios, si se la quitamos o se la dejamos.
Daniel: ¡Mira ésta! Pues claro que no somos dueños de su vida, tía. El dueño es él. Se trataría de preguntarle a él qué le parece. Si él quiere, no veo ningún problema para hacerlo.
Eduardo: Por supuesto. Tendríamos que hablar con él y preguntarle.
Begoña: ¡Vaya panorama a la hora de la muerte!: ¡Tus hijos preguntándote si te parece bien que te quitemos la vida, papá, porque, ¿sabes?, papá, en el fondo nos molestas! Es para morirse del susto y de pena...
Isabel: (Irritada) No, papá no nos molesta. No se trata de eso. Se trata de que no sufra. Se trata de eliminar sus molestias. Si tú estuvieras en su lugar, no sé que harías. Es muy fácil hablar cuando uno está perfectamente sano, pero cuando estás sufriendo y no sabes cuánto tiempo te queda porque puedes pasar así días y días... Dime, ¿de qué le sirve a papá estar así? No tiene ningún sentido sufrir para nada.
Eduardo: (Conciliador) Lo que pasa es que Begoña-lo sabemos todos muy bien, y lo comprendemos-, tiene ciertos prejuicios religiosos. No, no te molestes, Begoña. Yo también los tuve y sé lo que es eso. Pero, en fin, ahora me he liberado de esas cosas y veo la vida de modo más objetivo. Tú has seguido con tus prácticas religiosas y con las ideas que te inculcaron en el colegio de monjas. Y por eso te parece que la eutanasia es un pecado mortal contra el quinto mandamiento, etc., etc. Amén.
Daniel: Pero no tiene ningún derecho a imponernos sus creencias a los demás.
Begoña: Tus creencias... Habláis de mis creencias como si fueran prejuicios o supersticiones. Yo no rechazo la eutanasia basada en creencias ni en prejuicios, ni mucho menos en supersticiones. Es una cuestión elemental de justicia y de humanidad. No tenemos ningún derecho a suprimir la vida de nuestro padre. Tampoco se trata de alargarle la vida poniendo todo tipo de medios. Lo que tenemos que hacer es poner los medios médicos normales, tratar de reducirle sus sufrimientos, y acompañarle todo lo que podamos para que vea el cariño que le tenemos.

Isabel: (Dirigiéndose a Begoña) Aunque le den calmantes para el dolor, siempre sufrirá al verse así, inútil, sin poder hacer nada. Y a mí me parece que eso es injusto. Dejar que siga sufriendo inútilmente es injusto.
Eduardo: Además, Begoña, lo justo y lo injusto lo dicen los códigos de derecho. Y como sabes, desde hace dos años, es perfectamente justo en este país recurrir a la eutanasia en ciertas situaciones...
Begoña: Puede ser legal, pero no es justo.
Daniel: Ya empezamos con distinciones escolásticas...
Eduardo: Begoña, se trata de una ley democrática. Ha sido votada por mayoría en el Parlamento.
Begoña: No deja de ser una injusticia aunque todo el mundo vote a favor. La justicia en este asunto no depende del número de votos.
Daniel: (Se levanta y habla gesticulando y haciendo aspavientos) La justicia es lo que piensas tú, ¿no? Los demás estamos equivocados, somos unos pecadores desgraciados, estamos hundidos en las tinieblas del error. Pero ahora vienes tú y nos enseñas a todos la verdad que permanecía oculta a nuestros ojos... Vives en las nubes, hermana. Y además eres bastante fanática. Te encierras en tus ideas y no hay quién te saque de ahí. Y lo peor es que quieres que todos pasemos por el mismo aro. Bien, pues piensa lo que quieras, pero los demás también tenemos derecho a pensar como nos dé la gana.
Isabel: Eres poco humilde, Begoña. Los demás siempre estamos equivocados. Eres tú la que siempre tiene razón. Deberías desconfiar un poco más de tus propias convicciones...
Eduardo: Mira, Begoña, piensa un poco. ¿No te parece que es una injusticia dejar asía nuestro padre, con esos dolores, sólo porque no estás dispuesta a ceder en tus ideas, o por no querer que la conciencia te remuerda?
Isabel: Eso sí que me parece egoísmo...
Begoña: Me parece muy interesante vuestro planteamiento. Yo defiendo la vida de mi padre porque soy mala, orgullosa, dictatorial, fanática, religiosa y egoísta. Vosotros, en cambio, queréis matarlo porque sois buenos, humildes, cariñosos y, además, democráticos.
Daniel: (Dándola por imposible) Bueno, yo creo que está claro. Somos tres contra uno. Propongo que uno de nosotros-tal vez tú, Eduardo, que eres el mayor- le pregunte a papá si quiere que le ayudemos a morir de un modo digno y no como un perro.
Isabel: Bueno, falta mamá. Habría que contar con ella.
Daniel: Mamá ya sabemos lo que va a decir. Dirá que no, como Begoña. Son de la misma cuerda. Pero aun así, somos mayoría.
Eduardo: Sí, será mejor no decirle nada. No es necesario que se entere. Ya sabéis que es una mujer muy chapada a la antigua y es capaz de poner el grito en el cielo.
Begoña: Mamá debe enterarse de vuestro propósito. Se trata de su marido.
Daniel: ¡Ya estamos! ¡Eres insoportable! ¿Por qué no nos dejas en paz? Estás empeñada en salirte con la tuya. (Amenazante) Bien, pues si te sales con la tuya, te advierto que serás tú la que va a estar día y noche con él hasta que se muera. Porque yo no pienso fastidiarme el verano quedándome aquí, ¿me oyes?
Begoña: ¡Ah! Se trata del verano...
Daniel: Sí, se trata del verano. Yo soy sincero y digo lo que siento. No pienso fastidiarme el verano por culpa del viejo.
Begoña: Bien, pues por eso no te preocupes. Yo puedo encargarme de cuidarlo.
Isabel: Claro, ¡la santa de la casa! Nosotros somos los hijos egoístas que queremos ver muerto a nuestro padre cuanto antes para poder disfrutar de la playa. ¡A veces resultas odiosa! Yo también estoy dispuesta a turnarme para atenderlo. Si Daniel se quiere ir, que se vaya. Lo que quiero decir es que nuestra intención no es quitarnos un peso de encima. Nuestra intención es evitar que nuestro pobre padre sufra más.
Begoña: Tu intención es muy buena, Isabel, pero eso no justifica darle muerte.
Isabel: Si la intención es buena, ¿qué importa la manera de conseguirlo?
Begoña: importa mucho. Nunca se puede hacer un mal para conseguir un bien.
Eduardo: La manera de conseguirlo es perfectamente legal.
Begoña: Hace cinco años no lo era.
Eduardo: Claro, pero los tiempos cambian, y la moral también cambia. No puedes quedarte anquilosada en las ideas de hace años. Tienes que estar con los tiempos.
Begoña: Matar a una persona inocente será siempre inmoral, ahora y dentro de mil años.

(Suena el teléfono. Eduardo se levanta y toma el auricular)

Eduardo: Sí, sí, es aquí. (Aparte, a sus hermanos: Es una enfermera del hospital). Sí, dígame. Soy el hijo mayor de Antonio. Sí, ¿un sobre, ha dicho? Bien, gracias, muchas gracias. (Cuelga) Dice que papá le ha dicho que nos llamara. Hay un sobre en el cajón de su mesa y quiere que lo abramos.
Isabel: ¿Un sobre? ¡Qué cosa más rara!

(Eduardo se dirige a la mesa de despacho que está en un extremo de la sala de estar. Abre el cajón y saca un sobre)

Eduardo: Está a mi nombre.
Daniel: Pues ábrelo.
Eduardo: (Abre el sobre y extrae un papel. Lo lee en silencio). Creo que todo el problema está resuelto. Es una petición formal dirigida a mamá y a nosotros para que le apliquemos la eutanasia.
Daniel: Bueno, se acabó el rollo.
Begoña: No se acabó el rollo. Ese papel no nos da derecho a matarle.
Isabel: Hija, por favor. Sigues hablando como si estuviésemos tramando un asesinato. En todo caso sería un suicidio justificado, dada la situación en la que se encuentra. Es él el que quiere morir. Se trata de su última voluntad.
Begoña: Pues no podemos cumplir su voluntad. Yo hablaré con él y trataré de explicarle el sentido que tienen sus sufrimientos, y estoy segura de que aceptará su situación y morirá en paz cuando Dios quiera.
Eduardo: Begoña, él está en su derecho. Es su vida, no la tuya. Es dueño de hacer con su vida lo que le parezca. Este papel lo escribió libremente y estando en plenitud de facultades. Es su voluntad claramente expresada. ¿Quiénes somos nosotros para oponernos a su voluntad?
Begoña: Si uno de vosotros intentara suicidarse, los demás se lo impediríamos, aunque fuese utilizando la fuerza...
Daniel: (Ironizando) ¡La heroína católica, Begoña de Arco, salva a su hermano de un intento de suicidio! Su hermano Daniel, un joven angustiado por la vida, se lanzó al río. Ella, en un alarde de audacia y valor, se lanzó detrás. Él quería ahogarse. Pero ella se lo impidió, para lo cual, entre los aplausos de los asistentes, le arreó un fuerte puñetazo que le hizo perder el sentido...
Eduardo: ¡Basta, Daniel! Esto no es una broma.

(Entra Ana, la esposa de Antonio y madre de los cuatro, que ha escuchado su conversación detrás de la puerta. Trae una carta en la mano).

Ana: (Sonriendo cándidamente, como si no hubiese escuchado la conversación de sus hijos) ¡Ah, perdonad que os interrumpa...! Es que ahora que estáis aquí los cuatro creo que puede ser el momento para leeros esto.
Eduardo: ¿De qué se trata, mamá?
Ana: No sé si os acordáis de vuestro tío Carlos, el que está en los Estados Unidos...
Eduardo: Sí, claro, ¿cómo no nos vamos a acordar?
Ana: El pobre está muy mal. Los médicos le dan tres meses de vida. Tiene un cáncer incurable. Me lo cuenta todo en esta carta, que recibí hace una semana. Entre otras cosas me dice que deja toda su herencia a vuestro padre. Debe ser una gran fortuna... Como sabéis, el pobre no ha tenido hijos, y su mujer murió hace años. Es una gran suerte para vosotros, hijos míos, porque de vuestro padre pasará a vosotros, claro. Lo único que me advierte es (¡qué tontería!) que vuestro padre heredará si le sobrevive. ¿Comprendéis, hijos? (Como si lo estuviese explicando a unos niños pequeños) Si le sobrevive. Es decir, si cuando muera vuestro tío Carlos, vuestro padre todavía está vivo, hereda. En caso contrario, deja toda su herencia para causas benéficas. Esperemos que vuestro tío muera antes que vuestro padre, porque si no me parece que os quedaréis sin nada...
Daniel: Eso sí que es una buena noticia...
Ana: Sí, pero a mí me surge una pequeña duda, queridos. Más bien diría que estoy en un dilema agobiante. Por una parte deseo que vuestro padre tarde en morir, para que vosotros heredéis esa fortuna. Pero, por otra, me da mucha pena su situación tan lastimosa, sus sufrimientos... Y no sé si sería preferible pedir a los médicos que acaben con ellos... Es decir, se trataría de proporcionarle una muerte digna, una muerte feliz... En fin, que estoy en un mar de dudas y no sé qué hacer. Por eso, querría que me dieseis vuestra opinión. ¿Tú qué opinas, Isabel, hija?
Isabel: (Perpleja y nerviosa) No sé, la verdad. Es una situación tan rara... que no sé qué decir.
Ana: ¿No te da pena tu padre?
Isabel: Sí, mucha pena.
Ana: Entonces tú opinas que es mejor...
Isabel: Bueno, no sé...
Ana: Tú también estás tan perpleja como yo, por lo que veo. ¿Y tú, Eduardo, qué piensas tú?
Eduardo: (Igualmente perplejo) No sé, mamá... Esto me coge por sorpresa...
Ana: Sí, realmente esto de las leyes es una cosa muy complicada. Si matamos legalmente a vuestro padre, no podréis heredar legalmente. Es una pena... Y tú, Daniel, ¿tú qué piensas? O tal vez será mejor que no me lo digas, porque eres tan sincero que me vas a decir con toda claridad lo que sientes, no lo que debo hacer. En fin, veo que no me aclaráis mis dudas. De todas formas, si se os ocurre una solución, me llamáis, ¿eh, queridos? Buenas noches y hasta mañana.

(Hace mutis por el foro, sin dejar su cándida sonrisa, mientras cae -demasiado lentamente para algunos- el telón).

viernes 26 de agosto de 2005

Marcha en defensa de la familia en Bélgica


Convocan una marcha en defensa de la familia en Bélgica. Si quieres y sabes algo de francés, puedes ir directamente a actionfamille

lunes 22 de agosto de 2005

Cómo cambiar el mundo

No he podido estar en Colonia con El Papa Benedicto XVI, lo que me ha permitido leer con calma lo que ha dicho (algo que no siempre llegan a hacer los jóvenes que sí van a estas cosas...). Me ha impresionado el discurso de la Vigilia en el Marienfeld del sábado 20, también por la relación con el fin de esta bitácora. Cuelgo el discurso completo, pero antes ofrezco una selección:
(...)
Aunque otros se quedaran en casa y les consideraban utópicos y soñadores, en realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían que para cambiar el mundo hace falta disponer de poder. Por eso, no podían buscar al niño de la promesa si no en el palacio del Rey. No obstante, ahora se postran ante una criatura de gente pobre, y pronto se enterarán de que Herodes -el Rey al que habían acudido- le acechaba con su poder, de modo que a la familia no le quedaba otra opción que la fuga y el exilio. El nuevo Rey era muy diferente de lo que se esperaban. Debían, pues, aprender que Dios es diverso de cómo acostumbramos a imaginarlo. Aquí comenzó su camino interior. Comenzó en el mismo momento en que se postraron ante este Niño y lo reconocieron como el Rey prometido. Pero debían aún interiorizar estos gozosos gestos.

Debían cambiar su idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre y, con ello cambiar también ellos mismos. Ahora habían visto: el poder de Dios es diferente al poder de los grandes del mundo. Su modo de actuar es distinto de como lo imaginamos, y de como quisiéramos imponerle también a Él. En este mundo, Dios no le hace competencia a las formas terrenales del poder. No contrapone sus ejércitos a otros ejércitos. Cuando Jesús estaba en el Huerto de los olivos, Dios no le envía doce legiones de ángeles para ayudarlo. Al poder estridente y pomposo de este mundo, Él contrapone el poder inerme del amor, que en la Cruz - y después siempre en la historia - sucumbe y, sin embargo, constituye la nueva realidad divina, que se opone a la injusticia e instaura el Reino de Dios. Dios es diverso; ahora se dan cuenta de ello. Y eso significa que ahora ellos mismos tienen que ser diferentes, han de aprender el estilo de Dios.
(...)
Los personajes que venían de Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un camino justo. Sirviéndole y siguiéndole, querían servir junto a Él la causa de la justicia y del bien en el mundo. En esto, tenían razón. Pero ahora aprenden que esto no se puede hacer simplemente a través de órdenes impartidas desde lo alto de un trono. Aprenden que deben entregarse a sí mismos: un don menor que éste es poco para este Rey. Aprenden que su vida debe acomodarse a este modo divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo servir a que Dios esté presente en el mundo?
(...)
Los santos, hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo.
(...)
No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico.

COLONIA 2005// DOCUMENTOS: Discurso del Papa durante la Vigilia en el Marienfeld 20/08/2005 22:57

Colonia (Alemania)
(VERITAS) Queridos jóvenes:

En nuestra peregrinación con los misteriosos Magos de Oriente hemos llegado al momento que san Mateo describe así en su Evangelio: «Entraron en la casa (sobre la que se había parado la estrella), vieron al niño con María, y cayendo de rodillas lo adoraron». El camino exterior de aquellos hombres terminó. Llegaron a la meta. Pero en este punto comienza un nuevo camino para ellos, una peregrinación interior que cambia toda su vida. Porque seguramente se habían imaginado a este Rey recién nacido de modo diferente. Se habían detenido precisamente en Jerusalén para obtener del Rey local información sobre el Rey prometido que había nacido. Sabían que el mundo estaba desordenado y por eso estaban inquietos. Estaban convencidos de que Dios existía, y que era un Dios justo y bondadoso. Tal vez habían oído hablar también de las grandes profecías en las que los profetas de Israel habían anunciado un Rey que estaría en íntima armonía con Dios y que, en su nombre y de parte suya, restable cería el orden en el mundo. Se habían puesto en camino para encontrar a este Rey; en lo más hondo de su ser buscaban el derecho, la justicia que debía venir de Dios, y querían servir a ese Rey, postrarse a sus pies, y así servir también ellos a la renovación del mundo. Eran de esas personas que «tienen hambre y sed de justicia». Un hambre y sed que les llevó a emprender el camino; se hicieron peregrinos para alcanzar la justicia que esperaban de Dios y para ponerse a su servicio.

Aunque otros se quedaran en casa y les consideraban utópicos y soñadores, en realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían que para cambiar el mundo hace falta disponer de poder. Por eso, no podían buscar al niño de la promesa si no en el palacio del Rey. No obstante, ahora se postran ante una criatura de gente pobre, y pronto se enterarán de que Herodes - el Rey al que habían acudido - le acechaba con su poder, de modo que a la familia no le quedaba otra opción que la fuga y el exilio. El nuevo Rey era muy diferente de lo que se esperaban. Debían, pues, aprender que Dios es diverso de cómo acostumbramos a imaginarlo. Aquí comenzó su camino interior. Comenzó en el mismo momento en que se postraron ante este Niño y lo reconocieron como el Rey prometido. Pero debían aún interiorizar estos gozosos gestos.

Debían cambiar su idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre y, con ello cambiar también ellos mismos. Ahora habían visto: el poder de Dios es diferente al poder de los grandes del mundo. Su modo de actuar es distinto de como lo imaginamos, y de como quisiéramos imponerle también a Él. En este mundo, Dios no le hace competencia a las formas terrenales del poder. No contrapone sus ejércitos a otros ejércitos. Cuando Jesús estaba en el Huerto de los olivos, Dios no le envía doce legiones de ángeles para ayudarlo. Al poder estridente y pomposo de este mundo, Él contrapone el poder inerme del amor, que en la Cruz - y después siempre en la historia - sucumbe y, sin embargo, constituye la nueva realidad divina, que se opone a la injusticia e instaura el Reino de Dios. Dios es diverso; ahora se dan cuenta de ello. Y eso significa que ahora ellos mismos tienen que ser diferentes, han de aprender el estilo de Dios.

Habían venido para ponerse al servicio de este Rey, para modelar su majestad sobre la suya. Éste era el sentido de su gesto de acatamiento, de su adoración. Una adoración que comprendía también sus presentes - oro, incienso y mirra -, dones que se hacían a un Rey considerado divino. La adoración tiene un contenido y comporta también una donación. Los personajes que venían de Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un camino justo. Sirviéndole y siguiéndole, querían servir junto a Él la causa de la justicia y del bien en el mundo. En esto, tenían razón. Pero ahora aprenden que esto no se puede hacer simplemente a través de órdenes impartidas desde lo alto de un trono. Aprenden que deben entregarse a sí mismos: un don menor que éste es poco para este Rey. Aprenden que su vida debe acomodarse a este modo divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo servir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse a sí mismos. Saliendo de Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del verdadero Rey, en el seguimiento de Jesús.

Queridos amigos, podemos preguntarnos lo que todo esto significa para nosotros. Pues lo que acabamos de decir sobre la naturaleza diversa de Dios, que ha de orientar nuestras vidas, suena bien, pero queda algo vago y difuminado. Por eso Dios nos ha dado ejemplos. Los Magos que vienen de oriente son sólo los primeros de una larga lista de hombres y mujeres que en su vida han buscado constantemente con los ojos la estrella de Dios, que han buscado al Dios que está cerca de nosotros, seres humanos, y que nos indica el camino. Es la muchedumbre de los santos - conocidos o desconocidos - mediante los cuales el Señor nos ha abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas; y lo está haciendo todavía. En sus vidas se revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha dejando en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún. Mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, ha beatificado y canonizado a un gran núm ero de personas, tanto de tiempos recientes como lejanos. En estas figuras ha querido demostrarnos cómo se consigue ser cristianos; cómo se logra llevar una vida del modo justo: a vivir a la manera de Dios. Los beatos y los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. De este modo, ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la historia, han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar - tal vez en el dolor - la palabra de Dios al terminar del obra del creación: «Y era muy bueno». Basta pensar en figuras como san Benito, san Francisco de Asís, santa Teresa de Ávila, san Ig nacio de Loyola, san Carlos Borromeo, a los fundadores de las órdenes religiosas del siglo XVIII, que han animado y orientado el movimiento social, o a los santos de nuestro tiempo: Maximiliano Kolbe, Edith Stein, Madre Teresa, Padre Pío. Contemplando estas figuras comprendemos lo que significa «adorar» y lo que quiere decir vivir a medida del niño de Belén, a medida de Jesucristo y de Dios mismo.

(español) Los santos, hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, un punto de vista humano y parcial se tomó como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que le priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo ti empo, es el amor eterno. Y, ¿qué puede salvarnos, si no es el amor?

Queridos amigos, permitidme que añada sólo dos breves ideas. Muchos hablan de Dios; en el nombre de Dios se predica también el odio y se practica la violencia. Por tanto, es importante descubrir el verdadero rostro de Dios. Los Magos de Oriente lo encontraron cuando se postraron ante el niño de Belén.«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre», dijo Jesús a Felipe (Jn 14,9). En Jesucristo, que por nosotros permitió que su corazón fuera traspasado, en Él se ha manifestado el verdadero rostro de Dios. Lo seguiremos junto con la muchedumbre de los que nos han precedido. Entonces iremos por el camino justo (fin del discurso en español).

Esto significa que no nos construimos un Dios privado, un Jesús privado, sino que creemos y nos postramos ante el Jesús que nos muestran las Sagradas Escrituras, y que en la gran comunidad de fieles llamada Iglesia se manifiesta viviente, siempre con nosotros y al mismo tiempo siempre ante de nosotros. Se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor mismo nos lo ha dicho: es una red con peces buenos y malos, un campo con trigo y cizaña. El Papa Juan Pablo II, que nos ha mostrado el verdadero rostro de la Iglesia en los numerosos santos que ha proclamado, también