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Soñar el sueño imposible

He conseguido acabar Ética para valientes, de David Cerdá. Digo "conseguido" porque es un libro de 400 páginas de difícil lectura en su mayor parte; no porque no me haya gustado, que me ha gustado muchísimo. Lo recomiendo para los que se atrevan con textos con carga filosófica y tengan hálito inconformista. Lo he leído poco a poco, a ratos, para leerlo fresco de mente.

El libro lleva como subtítulo, El honor en nuestros días. Entre tesis y tesis, hay capítulos más llevaderos, algunos que desbordan las emociones. Uno de ellos está hacia el final, páginas 340 y siguientes, e identifica el heroismo de don Quiijote con el honor ético, acudiendo a una famosa versión teatral.

«El hombre de La Mancha llegó a los teatros en 1965 con libreto de Dale Wassermann, música de Mitch Leigh y letra de Joe Darion. Cervantes fue un autor de una influencia moral asombrosa, un adelantado de su tiempo; en el musical, ese honor íntegro que Cervantes defendió ya es plenamente ético, pues ha pasado por el proceso de individuación que se ha descrito anteriormente en el libro. La pieza del musical que resume el heroísmo ético, a qué se enfrenta y en qué términos, es The Impossible Dream». Ante mi sorpresa, que no sabía nada de ella, resultó ser un tema muy conocido, que ha sido interpretado por multitud de grandes cantantes como Tom Jones y Frank Sinatra. Cerdá propone escucharla en la voz de Bryan Stokes Michelle; aunque yo prefiero la versión de Luther Vandross.

«Aldonza se ha encontrado con don Quijote para quién es Dulcinea. Ella dice que no lo conoce; el, que la ha conocido en sueños. Le pide entonces que le deje servirla, tenerla en su corazón y dedicarle cada una de sus victorias, y que si ha de entregar su vida pueda hacerlo en el sagrado nombre de Dulcinea. Ella le advierte que de persistir en esa actitud solo conseguirá una paliza. Él le explica que ganar o vencer no importa, pues solo cuenta la misión (the quest). ¿Qué misión es esa? La que hace suya todo caballero, su deber, es decir, su privilegio.

Soñar el sueño imposible,
combatir contra el enemigo imbatible
soportar un dolor insoportable
acudir donde ni los más bravos se atreven.

Corregir el mal que no puede ser corregido,
amar, puro y casto, desde la distancia,
alargar, aunque exhaustos, los brazos
para alcanzar la estrella inalcanzable.

Esta es mi misión, seguir esa estrella,
da igual lo desesperado que sea, ni lo lejos que quede,
luchar por lo que es justo, sin vacilación y sin pausa,
estar dispuesto a ir al infierno si una causa celestial lo exige.

Y sé que solo siendo fiel
a esta gloriosa misión 
podrá permanecer mi corazón en paz y en calma 
cuando yazca para mi eterno descanso.

Y el mundo será mejor gracias a esto:
un hombre ridiculizado y cubierto de cicatrices
siguió luchando hasta apurar la última gota de su coraje
para alcanzar las estrellas inalcanzables.

Hay otras formas de mejorar el mundo, pero están en esta: combatir contra el enemigo imbatible para alcanzar la estrella inalcanzable».

—————

«Al final, Aldonza visita al viejo caballero andante gravemente enfermo. "Soy Aldonza", le dice. Él no es capaz de reconocerla, ni recuerda que es don Quijote, sino solamente Alonso Quijano. Pero Aldonza necesita que recuerde, es decir, que vuelva a atravesar su corazón lo que ya sabe. "Por favor, trate de recordar [...] que me llamó por otro nombre: Dulcinea". Aldonza Lorenzo, una paria, reconquistó su dignidad gracias a la elevación honorable que el coraje quijotesco realizó en ella. "¿Podría devolverme el sueño de ser Dulcinea, la hermosa y espléndida gloria de ser Dulcinea?"».

«"Tal vez no fuese un sueño", le responde don Quijote, removiéndose en el lecho en el que está postrado. Nace un destello, una esperanza a la que Aldonza se aferra para avivar al héroe. "Habló usted de un sueño, y de una misión. Habló de que había que luchar, y de que no importaba ganar o perder, siempre que se persiguiera una misión". "Las palabras, recuérdame las palabras", le pide don Quijote.

Soñar el sueño imposible,
combatir contra el enemigo imbatible
soportar un dolor insoportable
acudir donde ni los más bravos se atreven.

Corregir el mal que no puede ser corregido,
amar, puro y casto, desde la distancia,
alargar, aunque exhaustos, los brazos
para alcanzar la estrella inalcanzable.

Don Quijote se despabila, se pone en pie, recupera las fuerzas, vuelve a mirar al firmamento. Dulcinea se asusta, porque su estado es lamentable. "¿Que estoy mal? ¿Qué es la enfermedad para el cuerpo de un caballero andante? ¿Qué le importan a él las heridas? Cada vez que cae, se levanta, y ¡ay de los malvados! ¡Sancho! ¡Mi armadura! ¡Mi espada!"».

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Foto: Rafael de la Cruz., Plaza de los Santos Niños, Alcalá de Henares.

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