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A los gobernantes, a los científicos

Una de las maravillas de participar diariamente de la Santa Misa, ni mucho menos la más asombrosa, pero sí muy inspiradora (concepto ahora tan en boga), es la de seguir las lecturas continuadas; concretamente, estos días, las de párrafos jugosos del libro de la Sabiduría. Ahí emerge, con fuerza poética arrolladora, la verdad que hace al hombre sabio, si la ama, o necio, si la ignora.

foto atarifa
Lejos de ser una lectura de estética hueca o de antigüedad periclitada, es de una belleza consistente y de una actualidad perenne. Por ejemplo, este recado a los gobernantes, sean de la política, la economía o la influencia:

Capítulo 6
[1] Oíd, pues, reyes, y entended. Aprended, jueces de los confines de la tierra.
[2] Estad atentos los que gobernáis multitudes y estáis orgullosos de la muchedumbre de vuestros pueblos.
[3] Porque del Señor habéis recibido el poder, del Altísimo, la soberanía; él examinará vuestras obras y sondeará vuestras intenciones.
[4] Si, como ministros que sois de su reino, no habéis juzgado rectamente, ni observado la ley, ni caminado siguiendo la voluntad de Dios,
[5] terrible y repentino se presentará ante vosotros. Porque un juicio implacable espera a los que están en lo alto;
[6] al pequeño, por piedad, se le perdona, pero los poderosos serán poderosamente examinados.
[7] Que el Señor de todos ante nadie retrocede, no hay grandeza que se le imponga; al pequeño como al grande él mismo los hizo y de todos tiene igual cuidado,
[8] pero una investigación severa aguarda a los que están en el poder.
[9] A vosotros, pues, soberanos, se dirigen mis palabras para que aprendáis sabiduría y no faltéis;
[10] porque los que guarden santamente las cosas santas, serán reconocidos santos, y los que se dejen instruir en ellas, encontrarán defensa.
[11] Desead, pues, mis palabras; ansiadlas, que ellas os instruirán.
Un texto del que podrían hacer bandera los indignados, si tuvieran amplitud de miras y no fueran tan "hijos del sistema".

Dos días más tarde, las advertencias de la Sabiduría se dirigen a los que detentan la ciencia y el conocimiento, que más desorientan y confunden que iluminan y enseñan:

Capítulo 13
[1] Sí, vanos por naturaleza todos los hombres en quienes había ignorancia de Dios y no fueron capaces de conocer por las cosas buenas que se ven a Aquél que es, ni, atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice;
[2] sino que al fuego, al viento, al aire ligero, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a las lumbreras del cielo los consideraron como dioses, señores del mundo.
[3] Que si, cautivados por su belleza, los tomaron por dioses, sepan cuánto les aventaja el Señor de éstos, pues fue el Autor mismo de la belleza quien los creó.
[4] Y si fue su poder y eficiencia lo que les dejó sobrecogidos, deduzcan de ahí cuánto más poderoso es Aquel que los hizo;
[5] pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor.
[6] Con todo, no merecen éstos tan grave reprensión, pues tal vez caminan desorientados buscando a Dios y queriéndole hallar.
[7] Como viven entre sus obras, se esfuerzan por conocerlas, y se dejan seducir por lo que ven. ¡Tan bellas se presentan a los ojos!
[8] Pero, por otra parte, tampoco son éstos excusables;
[9] pues si llegaron a adquirir tanta ciencia que les capacitó para indagar el mundo, ¿cómo no llegaron primero a descubrir a su Señor?
Lecturas provechosas, para meditar y alcanzar la verdadera sabiduría, que como señala Arendt, está hoy más oculta que nunca, bajo la pereza de pensar y el perpetuo movimiento.


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