Sobre Dios y el mal

viernes, 15 de noviembre de 2013 ·

Poco a poco he ido llegando, en mi lectura de El hechizo de la comprensión. Vida y obra de Hannah Arendt, a la razón por la que lo empecé: el juicio a Eichmann en Jerusalén y la banalidad del mal. Es fascinante, escribe Arendt:

La verdad es que los nazis son "hombres como nosotros"; la pesadilla es que han mostrado, han probado más allá de toda duda,  de qué es capaz el hombre.
Ya antes había reflexionado sobre el mal y elaborado la tesis del mal radical, que me parece iluminadora:

Existe el mal radical; pero no existe el bien radical. [...] El mal radical nace siempre que se pretende un bien radical. [...] El mal radical es todo lo que se pretende con independencia de los humanos y de las relaciones que existen entre ellos.
De esto son prueba todas las utopías humanitaristas modernas, como las distintas variantes del socialismo, con la máxima expresión del comunismo. Siempre en búsqueda, Arendt se pregunta:

No sé qué es realmente el mal radical, pero me parece que tiene que ver de alguna manera con el siguiente fenómeno: hacer que los seres humanos sean superfluos como seres humanos (no usarlos como un medio para conseguir algo, lo cual deja intacta su esencia como seres humanos y solamente incide en su dignidad humana, ese mal radical consiste más bien en hacerlos superfluos como seres humanos).
El juicio a Eichmann provocó en Arendt un cambio del mal radical al mal banal, un mal superficial, por lo que "se extiende como un hongo por toda la superficie". Más tarde sostendrá que el rechazo a pensar las cosas hasta el final y el aventurar la opinión de los demás eran los causantes de un incremento de pérdida de poder imaginativo, los que tornaban mentalmente homogénea a la gente, convirtiéndolos en funcionarios "irreflexivos", aptos para cometer crímenes monstruosos.

Ya enfangado en el ejercicio de seguir la clase magistral de Teresa Gutiérrez de Cabiedes sobre Arendt, he alcanzado el final, y por el camino he seguido encontrando jugosas reflexiones. Ante la revelación divina y la transcendencia,la filósofa y periodista alemana se debate por su incapacidad para comprender y la necesidad de sentido; es entonces cuando escribe sobre las consecuencias de la supresión de la trascendencia:

Esta supresión trae consigo que, en el caos de las relaciones de unas cosas con otras,  ya no hay sentido sino solo movimiento. Y el movimiento tritura lo que aún queda de sustancia. No es una cuestión de "valores" sino que lo que hemos perdido es la "medida".
El mal, la inmanencia..., el sentido de la vida, al fin, cuestiones siempre presentes sobre las que hay que seguir pensando, hoy más que nunca, cuando el post modernismo quiere abocarnos a una vida banal, que solo consista en movimiento.


2 comentarios:

Jordi Picazo dijo...
2:25 p. m.  

Me gustó mucho la película. Me has quitado las palabras de la pluma, pensaba también escribir una carta a los medios sobre este tema. Utilizaré tu elaboración. En el juicio, el juez le preguntó al acusado si todos ellos en las filas de mandos de Hitler eran imbéciles. Imbécil, en el sentiido de no tener conciencia, o relegarla al actuar. Estamos rodeados en la vida cotidiana de imbéciles. Ojalá nosotros no lo seamos. Estos días me viene más a la cabeza, pensando en el mal radical y satánico del aborto. Es de imbéciles apoyar un mal radical. Tal cual. Listo.

Alberto Tarifa Valentín-Gamazo dijo...
5:32 p. m.  

Tengo ganas de verla, cuando lo haga la comentamos. En efecto, el aborto es resultado de no querer pensar, y ahí está la fuerza de nuestro testimonio, seguir apelando a la razón y a la conciencia: aunque seamos pocos y parezcamos débiles, podemos despertar a muchos, y triunfar.. Es vital que la voz de la vida no se acalle, aunque solo susurre.

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