Estoy en Jaén y vuelvo a Granada, como la dice la clásica canción. Camino hasta la estación, hace una tarde espléndida para andar, más porque voy calles abajo -en Jaén subes o bajas, ya se sabe-. La estación es vieja -no antigua-; pero está limpia, salvo los aseos, desaseados, y por supuesto sin papel higiénico -abstenerse de hacer aguas mayores-. Llego a la ventanilla después de observar el panel de salidas hasta averiguar su lógica interna, tengo suerte, en menos de media hora tengo autobús. Delante de mí, a un hombre lo devuelven a otra instancia para obtener no sé qué tipo de billete misterioso; a continuación una señora constata que se ha dejado algo imprescindible en casa -¿el monedero?-; por fin compro mi billete sin novedad -7,10 €- y me siento en un banco a leer mientras se hace la hora. Los bancos son grandes, nuevos, cómodos.
El público mayoritario está formado por sujetos en chándal de edad indefinida y aspecto inquietante de consumidores de metadona oficial, personas mayores de las de toda la vida, varones magrebíes y chicas jóvenes con aspecto universitario. Allí el más raro soy yo, de americana y corbata, con mi cartera de ministro.
Dejo entrar y me acomodo en un asiento de pasillo, hacia delante para no marearme, junto a una prenda de abrigo de alguien que viaja desde Linares y ha salido un momento a estirar las piernas, que luego resulta ser una chica menuda, lo que me permite ir más a mis anchas. Retomo la lectura, Fausto en la noche de Walpurgis; con el sabor dulce aún en la boca del café y el polvorón, me llegan vaharadas saladas de las cortezas crujientes de chorizo que devora mi vecina menuda, alternadas con el ambientador dulzón del autocar; las brujas del Henz compiten con un trascendental programa de radio en el que un probo periodista atiende a unas atribuladas ciudadanas que explican sus cuitas con la claridad de la cábala: un batiburrillo de razones mal trabadas acerca de la miseria moral de niños robados, latrocinios inmobiliarios y detectives privados de tercera.
Menos mal que las montañas apagan el aquelarre radiofónico y ya solo las ráfagas de sol poniente estorban las diatribas de Goethe hacia escritores contemporáneos: para ser un europeo culto hay que tragarse cada peñazo de tomo y lomo...
Llegamos, guardo el libro en la cartera, desciendo; justo delante veo como una pareja de policías pide la documentación a un joven de pinta no demasiado patibularia; aunque tampoco tranquilizadora. Salgo, en la puerta está el decano del Colegio Mayor Albayzín apurando un pitillo, va a Jaén, a despedir a un hermano que regresa a su casa en el extranjero. Nos despedimos. alcanzo la marquesina del urbano, subo al 33 -1,10 €- para atravesar la ciudad de norte a sur, encuentro asiento al fondo, tres señoras mantienen una conversación comparable a la de la radio del coche de línea, se apean en Gran Vía, dan ganas de bajarse en el centro, toda la ciudad está en la calle, son las 18:00 de un jueves pero aquí ya es fin de semana, aguanto hasta mi parada porque quiero llegar y hacer algunos papeles antes de la cena.
Dejo a la pobre Margarita en prisión, acusada de infanticidio, Fausto trama liberarla, se masca la tragedia. Otro día más.
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El público mayoritario está formado por sujetos en chándal de edad indefinida y aspecto inquietante de consumidores de metadona oficial, personas mayores de las de toda la vida, varones magrebíes y chicas jóvenes con aspecto universitario. Allí el más raro soy yo, de americana y corbata, con mi cartera de ministro.
Dejo entrar y me acomodo en un asiento de pasillo, hacia delante para no marearme, junto a una prenda de abrigo de alguien que viaja desde Linares y ha salido un momento a estirar las piernas, que luego resulta ser una chica menuda, lo que me permite ir más a mis anchas. Retomo la lectura, Fausto en la noche de Walpurgis; con el sabor dulce aún en la boca del café y el polvorón, me llegan vaharadas saladas de las cortezas crujientes de chorizo que devora mi vecina menuda, alternadas con el ambientador dulzón del autocar; las brujas del Henz compiten con un trascendental programa de radio en el que un probo periodista atiende a unas atribuladas ciudadanas que explican sus cuitas con la claridad de la cábala: un batiburrillo de razones mal trabadas acerca de la miseria moral de niños robados, latrocinios inmobiliarios y detectives privados de tercera.
Menos mal que las montañas apagan el aquelarre radiofónico y ya solo las ráfagas de sol poniente estorban las diatribas de Goethe hacia escritores contemporáneos: para ser un europeo culto hay que tragarse cada peñazo de tomo y lomo...
Llegamos, guardo el libro en la cartera, desciendo; justo delante veo como una pareja de policías pide la documentación a un joven de pinta no demasiado patibularia; aunque tampoco tranquilizadora. Salgo, en la puerta está el decano del Colegio Mayor Albayzín apurando un pitillo, va a Jaén, a despedir a un hermano que regresa a su casa en el extranjero. Nos despedimos. alcanzo la marquesina del urbano, subo al 33 -1,10 €- para atravesar la ciudad de norte a sur, encuentro asiento al fondo, tres señoras mantienen una conversación comparable a la de la radio del coche de línea, se apean en Gran Vía, dan ganas de bajarse en el centro, toda la ciudad está en la calle, son las 18:00 de un jueves pero aquí ya es fin de semana, aguanto hasta mi parada porque quiero llegar y hacer algunos papeles antes de la cena.
Dejo a la pobre Margarita en prisión, acusada de infanticidio, Fausto trama liberarla, se masca la tragedia. Otro día más.
Comentarios
Enhorabuena.
juan ángel