
Es un díptico sencillo y divulgativo que resume los puntos principales: que el procedimiento es exactamente el mismo que en la subrogación comercial y, por lo tanto, el rechazo ético es también el mismo haya o no dinero de por medio y que es más que dudoso el “altruismo” de esta práctica.
El objetivo es que llegue al mayor número posible de personas para que se conozca la realidad de una práctica egoísta disfrazada de altruismo y cuya legalización abriría la puerta al comercio de bebés en España y la aceptación jurídica de la explotación de la mujer.
Aporto parte de una entrevista no publicada a la granadina Natalia López Moratalla, Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Navarra, miembro del Comité de Bioética de España, que, como le es preceptivo, emitió un informe “Sobre los aspectos éticos y jurídicos de la maternidad subrogada”.
P.- ¿Realmente esta práctica tendría tantas y tan serias consecuencias en la madre gestante?
NL.- ¡Desde luego! Es que no es nada fácil –más bien muy difícil- gestar sin implicarse, como si esa experiencia profundamente humana no fuera con ella. No deja de impresionar el entrenamiento al que son sometidas para que lleguen –inútilmente, por supuesto- a considerar que lo que está en su seno no es de ella, ni tiene que ver con ella. Esto es, tratar de lavarle el cerebro para que piense que ha alquilado su vientre como si fuera solo un peculiar local comercial.
Es una experiencia humana profundísima nada similar a “alquilar su vientre”. Tanto es así, que los medios de comunicación se han hecho eco de situaciones escandalosas, o al menos fuertemente controvertidas. Especialmente cuando la gestante era de un país distinto -mucho más pobre- al de los que encargan; las informaciones muestran la explotación reproductiva que se lleva a cabo.
P.- ¿Le importa explicar esta cuestión un poco más detenidamente?
NL.- No, ¡claro!, porque es importante.
El embarazo establece entre madre e hijo una íntima convivencia de dos vidas, una unidad de vida real entre dos seres humanos.
Es un vínculo de apego con que la naturaleza prepara a toda madre para cuidar la prole, y sin el que muchas especies no habrían subsistido. Todos los vivientes a los que corresponde una vida intensa, como son los mamíferos, necesitan “hacerse” en el cuerpo de la madre. Las crías de cada especie, según la intensidad de vida que le es propia, requieren un acabado, más o menos fuerte, que les impregna de lo suyo y de los suyos; les da la impronta que les corresponde. Este terminado es parte de las tareas naturales de maternidad.
En paralelo el cerebro de la madre se organiza y crea, bien orquestado por las hormonas y factores del embarazo, para el complejo y rico comportamiento maternal.
P.- ¿Quiere decir que en el embarazo el cerebro de la mujer cambia?
NL.- Desde luego; cambia estructural y funcionalmente. En el cerebro de cada persona hay unas regiones conectadas entre sí que procesan las relaciones con las demás personas. Es el “cerebro social”, el mundo afectivo-cognitivo. Pues está muy bien estudiado que el embarazo por sí mismo desarrolla y madura y se fortalece la arquitectura funcional del cerebro social. El cerebro de la madre se hace empático emocionalmente, expectante a las necesidades del bebé; la hace ser partidaria siempre del hijo: ¡se silencian las áreas que enjuician negativamente!
La Naturaleza es muy sabia. Se juega mucho con la crianza de los hijos. Es más el contacto físico con el hijo durante el parto y la lactancia profundiza más aún el vínculo. Esto debe hacernos pensar en la subrogación altruista o comercial: ¿por qué sin una estricta necesidad no se deja a madre e hijo crecer y desarrollarse como lo que son? Es un vínculo único.
P.- ¿Qué tipo de vinculación o dependencia se produce en el feto?
NL.- Bueno como acabo de decir, la Naturaleza prepara a la madre y aunque las mujeres puedan ser más o menos abnegadas para criar un bebé, la más capacitada naturalmente es la madre.
El vínculo de apego en el niño va más allá de lo que supone la herencia genética. La urdimbre afectiva del hijo no es ajena la voz, el sabor y olor del cuerpo de la madre. Su cerebro configura y desarrolla los sistemas auditivo, gustativo y olfativo en la segunda etapa de su vida uterina. Los recién nacidos de madre francesa lloran con el ritmo del idioma francés, y los alemanes lloran en alemán.
Más aún si recién nacidos oyen la voz de su madre la seguirán con la mirada: la reconocen precisamente porque su voz le es familiar. Se alegran, a la edad que aún apenas gatea, cuando oye la música que su madre escuchaba, o las canciones que cantaba, cuando le llevaba en su seno. Gira hacia donde suena y presta especial atención. Se siente bien porque forma parte de la impronta que ha recibido durante su desarrollo fetal. En esa música, y no en otra cualquiera, percibe “su música”, los sonidos de su mundo familiar.
Puede parecer “romanticismo” pero es algo muy humano. Incluso la expresión “lengua materna” es materna y no paterna. Aunque el recuerdo de la madre que nos trajo al mundo sea inconsciente esas “marcas” existen ¿por qué privarle de conocer a su madre, ser educado por ella y cuidar de ella si lo necesita?
Siempre me ha impresionado que de cada embarazo queden en el cuerpo de la madre células “jovencísimas” del hijo que le rejuvenecen. Ese regalo del hijo no lo puede recibir más que su madre.
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