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Unión Europea hasta en la sopa

Ayer tuve una doble amarga experiencia de lo que podríamos llamar hiperregulitis aguda. Un mal que se extiende y consiste en estrangular los órganos vitales de la sociedad hasta hacerla inhabitable, con el bondadoso deseo de que no nos pase nada malo en cuestiones accesorias e intrascendentes.

Podemos pensar que eso de la Unión Europea (UE en adelante), vulgo Bruselas, tiene que ver con la prima de riesgo, el Banco Central Europeo y demás monstruos de siete cabezas de la economía globalizada, y es cierto; pero no sólo: también tiene que ver con cualquier nadería que uno puede imaginar, incluso con la más nimia intrascendencia de, por ejemplo, sus vacaciones, o las mías. Ayer me di de bruces, dos veces, con Bruselas.

Por la mañana visité las cavas Codorníu, en Sant Sadurní D’Anoia -capital del cava-, aprovechando que estoy a dos salidas de autopista. La visita merece la pena en cualquier caso; pero si vas con alguien de la familia Raventós –no es difícil, son muchos-, mejor: puedes acabar el día saboreando un Pinot Noir, o varios, si estás entrenado. Pero a lo que vamos; para llegar al museo y las cavas desde la entrada –soberbio edificio de Puig i Cadafalch-, hay que rodear un estanque que antes se atravesaba por unas piedras, planas y grandes, hábiles para el más torpe de los visitantes. Ahora no, porque ahora, para poder ir por las piedras, habría que poner unas barandillas, que estropearían el conjunto; pero que para las normas de la UE son imprescindibles a fin de evitar el peligrosísimo resbalón que pudiera llegar a mojar el pié de cualquier incauto en el palmo de agua que hay.

Vale, das la vuelta al estanque y te olvidas del capullo que regula en algún aburrido rincón de la capital de las coles estas chorradas…, hasta que te lo vuelves a encontrar.

Y es que por la noche, con unos amigos, me acerqué a El Vendrell a disfrutar con su tradicional correfoc. Nos metimos en la Plaça Vella, adonde van a parar y reventar todos los diables, los bailes, los fuegos, los tambores y los petardos. Tras la lluvia de chispas y ruido, llega el momento de los fuegos artificiales del campanario, famosos en toda la provincia: llega, pero no llega. Pasan los minutos mientras el público silba, pita, se sienta en el suelo y canta aquello de “no nos moverán”. Pregunto a uno de los diablos qué pasa, el joven se saca el silbato de la boca, escupe pólvora y me cuenta que una normativa europea recién aprobada prohíbe lanzar los cohetes si no se desaloja la plaza, y ellos no se van a mover, porque siempre se han visto los fuegos artificiales desde la plaza. Después de bailar bajo el fuego durante horas, resulta que no puedes tirar cohetes si el público está a menos de x metros del mechero del maestre artificiero.

Como se hacía tarde y el pulso entre la tradición y Bruselas tenía pinta de ir para largo, mis amigos y yo nos quedamos sin ver los dichosos fuegos artificiales: una pena, porque son espectaculares.

Puede usted estar seguro de que se va a encontrar con la diarrea legislativa de la UE en la sopa de esta noche: en Bruselas hay mucho funcionario aburrido.


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