La panacea -del griego panákeia, planta imaginaria a la que se atribuía la virtud de sanar todo mal-, esto era el diálogo, la solución de todos los males, la "panacea universal", se decía. Ponte a dialogar y ya está.
Hoy casi nadie habla de dialogar, ahora estamos inmersos en "la conversación", un murmullo infinito en el que todos hablen y no se sabe si alguien escucha -y se escucha no tiene tiempo para reflexionar sobre lo que oye-. Estamos siendo sepultados por este exceso diarreico de diálogo que es la conversación.
Pero, además de excesos, el diálogo tan venerado en Europa en los años 70 y 80 -y aún hoy, como reliquia- tiene límites cortantes como filos. Porque el diálogo es un camino, pero de poco sirve si no lleva a algún sitio: si se toma como fin en sí mismo, nos deja a la intemperie. En el otro lado del precipicio está que para dialogar hay que partir de algún sitio, de alguna certeza, caminar sobre algún punto de apoyo, mejor si es común, o el filo será tan delgado que no permitirá afirmar la pisada y, tarde o temprano, según sea la pericia del funambulista, nos precipitaremos en el vacío de la violencia.
Estas reflexiones me vienen con motivo de la retrasada lectura del artículo de Juan Manuel de Prada, Diálogo, que recomiendo vivamente.
He aquí una de esas palabras-talismán (o más bien palabras-ídolo) a las que nuestra época ha levantado un trono (o más bien un altar), antes incluso de determinar su significado. Tal vez por contraposición con `monólogo´, se tiende a pensar que `diálogo´ es conversación de dos (o, por extensión, de muchos), palabras que se cruzan en un mero intercambio verbal; pero, buceando en su etimología, descubrimos que `diálogo´ no contiene alusión numérica alguna, pues no está formado por el sufijo di-, que expresa dualidad (como en `dicotomía´, `dilogía´, `dióxido´ y tantas otras), sino por la preposición griega diá, que significa «a través de, por medio de». `Diálogo´ significa, pues, literalmente «a través de la palabra» o, si se prefiere, «a través de la razón» (suponiendo que las palabras sean la encarnación de un pensamiento racional, cosa que a estas alturas empieza a resultar dudoso); y alude a la capacidad humana de llegar al entendimiento o penetrar la verdad de las cosas mediante el instrumento de la palabra.
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Pero en la acepción que comúnmente se da al `diálogo´ la palabra ha dejado de ser instrumento, para convertirse en fin. Basta con que dos hablen para que se considere que existe diálogo, aunque sus palabras conduzcan hacia callejones sin salida, o sean puros circunloquios que no conducen a ninguna parte, sino en todo caso al punto de partida (que con frecuencia es un punto inexistente, un no-lugar anegado por el vacío). Así el diálogo pierde su naturaleza dilucidadora, esclarecedora, para convertirse en jaula de grillos; y «a través de la palabra» solo se alcanza una mayor confusión (un ejemplo de este diálogo estéril nos lo suelen ofrecer las llamadas `tertulias políticas´que infestan los medios de comunicación).
Esta conversión del diálogo en logomaquia aturdidora –en el que las palabras dejan de ser un medio para alcanzar un fin y se erigen en fines en sí mismas– parte de una consideración errónea sobre la naturaleza de los dialogantes. Se considera que el título para dialogar es la dignidad o libertad intrínseca de la persona, en lugar de la ciencia cierta que posee sobre el asunto que se trata. A nadie se le ocurriría pensar que para ser jugador de baloncesto baste nuestra dignidad intrínseca como personas, ni nuestra libertad para elegir el oficio que nos pete; tampoco que midiendo metro y medio o cultivando una señora barriga aspiremos a jugar al lado de Pau Gasol. Sin embargo, se contempla con desarmante naturalidad que dialoguen quienes ningún conocimiento poseen sobre la materia sobre la que dialogan; y, en el caso de que dialoguen un perito en la materia (alguien que ha adquirido dominio de la misma gracias a la fatiga y el estudio) con alguien que la desconoce (o que en todo caso le ha dedicado alguna reflexión rápida y ocasional), se considera que sus opiniones son igualmente válidas y `respetables´. Es decir, se supone que toda persona, por el hecho de ser racional, tiene título suficiente para dialogar con cualquiera sobre cualquier cosa. El resultado de tales diálogos, inevitablemente, es una mayor oscuridad; y su eficacia persuasiva se sustituye por un `discusionismo´ cuasikafkiano, cuyos resultados estragadores los contemplamos cada día, en una sociedad que dialoga mucho pero no logra entenderse casi nunca.
Otra condición que la idolatría dialogante ha olvidado (y que más que condición es premisa) es que el diálogo solo es posible cuando existe un principio común que las partes coloquiantes aceptan; y a partir del cual pueden desarrollarse, «a través de las palabras» o razones, argumentos que limen asperezas. No existiendo tal principio común, el diálogo deviene imposible o improductivo (lo que popularmente se denomina `diálogo de besugos´), porque quienes en él participan rechazarán inevitablemente toda demostración que se pretenda construir sobre el principio que repudian; o en todo caso, se alcanzará un acuerdo de conveniencia mutua, lo que a la larga es aún más perjudicial que la falta de acuerdo, por mucho que se disfrace de `consenso´, pues se funda sobre la renuncia de los principios, disfrazada de `cesiones´ parciales. Un diálogo, pongamos por caso extremo, entre alguien que justifica al asesinato en todos los casos y alguien que en todos los casos lo condena no puede resolverse en la justificación del asesinato en determinados casos, o bajo tales o cuales circunstancias; pues tal diálogo es más odioso que la misma guerra. Pero tal es el laberinto en el que el diálogo, convertido en un fin en sí mismo, nos ha introducido.
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Hoy casi nadie habla de dialogar, ahora estamos inmersos en "la conversación", un murmullo infinito en el que todos hablen y no se sabe si alguien escucha -y se escucha no tiene tiempo para reflexionar sobre lo que oye-. Estamos siendo sepultados por este exceso diarreico de diálogo que es la conversación.
Pero, además de excesos, el diálogo tan venerado en Europa en los años 70 y 80 -y aún hoy, como reliquia- tiene límites cortantes como filos. Porque el diálogo es un camino, pero de poco sirve si no lleva a algún sitio: si se toma como fin en sí mismo, nos deja a la intemperie. En el otro lado del precipicio está que para dialogar hay que partir de algún sitio, de alguna certeza, caminar sobre algún punto de apoyo, mejor si es común, o el filo será tan delgado que no permitirá afirmar la pisada y, tarde o temprano, según sea la pericia del funambulista, nos precipitaremos en el vacío de la violencia.
Estas reflexiones me vienen con motivo de la retrasada lectura del artículo de Juan Manuel de Prada, Diálogo, que recomiendo vivamente.
He aquí una de esas palabras-talismán (o más bien palabras-ídolo) a las que nuestra época ha levantado un trono (o más bien un altar), antes incluso de determinar su significado. Tal vez por contraposición con `monólogo´, se tiende a pensar que `diálogo´ es conversación de dos (o, por extensión, de muchos), palabras que se cruzan en un mero intercambio verbal; pero, buceando en su etimología, descubrimos que `diálogo´ no contiene alusión numérica alguna, pues no está formado por el sufijo di-, que expresa dualidad (como en `dicotomía´, `dilogía´, `dióxido´ y tantas otras), sino por la preposición griega diá, que significa «a través de, por medio de». `Diálogo´ significa, pues, literalmente «a través de la palabra» o, si se prefiere, «a través de la razón» (suponiendo que las palabras sean la encarnación de un pensamiento racional, cosa que a estas alturas empieza a resultar dudoso); y alude a la capacidad humana de llegar al entendimiento o penetrar la verdad de las cosas mediante el instrumento de la palabra.
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Pero en la acepción que comúnmente se da al `diálogo´ la palabra ha dejado de ser instrumento, para convertirse en fin. Basta con que dos hablen para que se considere que existe diálogo, aunque sus palabras conduzcan hacia callejones sin salida, o sean puros circunloquios que no conducen a ninguna parte, sino en todo caso al punto de partida (que con frecuencia es un punto inexistente, un no-lugar anegado por el vacío). Así el diálogo pierde su naturaleza dilucidadora, esclarecedora, para convertirse en jaula de grillos; y «a través de la palabra» solo se alcanza una mayor confusión (un ejemplo de este diálogo estéril nos lo suelen ofrecer las llamadas `tertulias políticas´que infestan los medios de comunicación).
Esta conversión del diálogo en logomaquia aturdidora –en el que las palabras dejan de ser un medio para alcanzar un fin y se erigen en fines en sí mismas– parte de una consideración errónea sobre la naturaleza de los dialogantes. Se considera que el título para dialogar es la dignidad o libertad intrínseca de la persona, en lugar de la ciencia cierta que posee sobre el asunto que se trata. A nadie se le ocurriría pensar que para ser jugador de baloncesto baste nuestra dignidad intrínseca como personas, ni nuestra libertad para elegir el oficio que nos pete; tampoco que midiendo metro y medio o cultivando una señora barriga aspiremos a jugar al lado de Pau Gasol. Sin embargo, se contempla con desarmante naturalidad que dialoguen quienes ningún conocimiento poseen sobre la materia sobre la que dialogan; y, en el caso de que dialoguen un perito en la materia (alguien que ha adquirido dominio de la misma gracias a la fatiga y el estudio) con alguien que la desconoce (o que en todo caso le ha dedicado alguna reflexión rápida y ocasional), se considera que sus opiniones son igualmente válidas y `respetables´. Es decir, se supone que toda persona, por el hecho de ser racional, tiene título suficiente para dialogar con cualquiera sobre cualquier cosa. El resultado de tales diálogos, inevitablemente, es una mayor oscuridad; y su eficacia persuasiva se sustituye por un `discusionismo´ cuasikafkiano, cuyos resultados estragadores los contemplamos cada día, en una sociedad que dialoga mucho pero no logra entenderse casi nunca.
Otra condición que la idolatría dialogante ha olvidado (y que más que condición es premisa) es que el diálogo solo es posible cuando existe un principio común que las partes coloquiantes aceptan; y a partir del cual pueden desarrollarse, «a través de las palabras» o razones, argumentos que limen asperezas. No existiendo tal principio común, el diálogo deviene imposible o improductivo (lo que popularmente se denomina `diálogo de besugos´), porque quienes en él participan rechazarán inevitablemente toda demostración que se pretenda construir sobre el principio que repudian; o en todo caso, se alcanzará un acuerdo de conveniencia mutua, lo que a la larga es aún más perjudicial que la falta de acuerdo, por mucho que se disfrace de `consenso´, pues se funda sobre la renuncia de los principios, disfrazada de `cesiones´ parciales. Un diálogo, pongamos por caso extremo, entre alguien que justifica al asesinato en todos los casos y alguien que en todos los casos lo condena no puede resolverse en la justificación del asesinato en determinados casos, o bajo tales o cuales circunstancias; pues tal diálogo es más odioso que la misma guerra. Pero tal es el laberinto en el que el diálogo, convertido en un fin en sí mismo, nos ha introducido.
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