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Con Melchor Sáiz-Pardo (i) y José Luis Valverde (d) |
Con Melchor he compartido algunas pocas cenas entrañables y, diría yo, históricas, como la que nos reunió con el mítico portavoz vaticano Joaquín Navarro Valls, hace ya unos años. En muchas ocasiones nos hemos encontrado en tantas actividades como se desarrollan en la ciudad, bien por iniciativa de su periódico, bien por otras instancias, a las que acudía con generosidad, siempre atento y amable. En una de estas veces, ya jubilado él y ya tarde para mí, le dije que debía de estar cansado, a lo que me respondió que a esa hora empezaba a vivir.
Noctámbulo y lector; la librería de El Corte Inglés, que ya ha sufrido un destierro de planta hace unos años, corre el riesgo de no superar la pérdida de tan buen cliente. Me han contado que parecía recuperarse de esta enésima insuficiencia respiratoria, cuando pidió a su hija que le acercara unos cuantos libros. Ha sido su corazón, ya muy traqueteado, el que esta vez ha dicho basta.
Regresando a casa y comentando con mi amigo Pepe tantas anécdotas y recuerdos con Melchor, he mencionado sus palabras en una entrevista en las que manifestaba que, tras muchas lecturas y reflexiones, había llegado al agnosticismo desde su formación católica de partida; aunque nunca hizo exhibición de ese agnosticismo. Me ha dado pena esta constatación. Pepe, que es muy agudo, ha resumido la postura agnóstica en un "ni creo ni descarto". Es una actitud que, en el fondo, reúne dos noes y ningún sí. Lo que está claro es que a estas alturas, Melchor ha despejado la incógnita con la que había tropezado en vida y, después de unas risas y algunas ironías, habrá resplandecido esa fe que, en el fondo, estoy seguro, tenía ganada la batalla dentro de su alma.
Descansa en paz, Melchor, e intercede por los que seguimos aquí abajo trabajando con la palabra.
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