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Foto atarifa CC |
Entre las muchísimas cosas que estoy aprendiendo y/o fundamentando con la lectura de esta IMPRESCINDIBLE obra, está el apartado dedicado a la censura (pp. 383-390). Por ejemplo, este párrafo esclarecedor:
"En el mundo católico las leyes de este tipo de leyes no se habrían llamado libertad de prensa sino simple y llanamente censura. Esta manía de los católicos de llamar a las cosas por su nombre es una fuente constante de tergiversaciones y malentendidos a dos niveles, interno y externo. En el mundo católico se cree que estas expresiones remiten a un referente real que se corresponde con las palabras usadas. Así, Miguel Servet abandonó Francia, donde había una Inquisición católica establecida, abierta y públicamente, y marchó a Ginebra corriendo tras la "libertad religiosa" que allí se proclamaba, para encontrarse con lo que este sintagma significaba en boca del calvinismo. El resultado fue una muerte atroz. Igualmente Locke escribe su Epístola de la tolerancia usando esta palabra mágica para denominar lo que no lo es".
El episodio de Miguel Servet era de sobra conocido por mí antes; también ese llamar tolerancia a la censura; pero saber detalles de la extensión y profundidad de la censura de los protestantes y liberales ingleses, alemanes, holandeses, etc. ha sido todo un descubrimiento.
La idea es sencilla; amparados por el uso del eufemismo, se obra la ocultación de todo lo que desmiente el discurso políticamente correcto, se blanquea una parte de la historia y, así, se destaca la negrura de la Hispanidad católica. La cruel persecución y discriminación de los católicos, los judíos, los ateos o las denominaciones protestantes no dominantes parecen no haber existido nunca. Solo nosotros hemos sido así de malos, nos lo hemos creído, y pensamos que aún tenemos que purgar tantos pecados; demostrar que estamos muy arrepentidos y transitar por las vías del cientifismo, la increencia y el progreso con el fervor del converso.
Mientras, belgas, ingleses, alemanes y renegados patrios se divierten sádicamente dando tirones de la soga a la menor oportunidad. Uno siente la tentación de echarse al monte y pasar de todo, convencido de que nunca nos perdonarán lo que hemos sido, lo que, por lo visto, todavía significamos.
Señala Roca en su libro que la primera actitud de los españoles ante la imperiofobia fue de altivo desdén. Al fin y al cabo éramos los amos del cortijo, nuestros horizontes se perdían en la eternidad, si ladran, luego cabalgamos, y donde no llegaba nuestra estatura, llegaba la punta de nuestra espada. Con la pérdida del Imperio, creció en nosotros la necesidad de buscar razones del decaimiento que, al mismo tiempo, exculparan a los contemporáneos del desastre. Y encontramos esas razones en la leyenda negra inventada y alimentada a través de los siglos por la frustración de nuestros sucesivos enemigos, de España y del catolicismo.
Y así seguimos, avergonzados por nuestro pasado. Ni 40 años de educación "franquista" han logrado erradicar de nuestra alma esta lacra. ¿Tan imborrable es nuestra deuda? ¿De verdad no podemos enorgullecernos, siquiera un poco, de la herencia que hemos recibido? Imperiofobia nos muestra que sí. Y no solo un poco, sino mucho; sobre todo si nos comparamos con los inventores de la leyenda negra, que hacen aguas en todos y cada uno de los argumentos que esgrimen contra nosotros y, por lo general, salen perdiendo en casi cualquier comparación. No se trata de contraponer al nacionalismo de los demás uno propio, sino de saber y tener una sana autoestima que nos permita querernos y a continuación, caminar de la mano con los demás. Unir, no más separar.
Cuando dejemos de auto flagelarnos y nos quitemos los complejos, seremos verdaderamente libres, sin necesidad de eufemismos. Spain is different, ese polémico lema tiene su sentido. Cada pueblo tiene su aportación, el conjunto es una gran riqueza. Nosotros, tan variados y tan singulares, tenemos la nuestra, y una gran capacidad para celebrarlas todas. España y yo, naciones todas del Mundo, somos así.
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