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Foto atarifa CC |
El trabajo colectivo está editado por por Peter Vasterman, sociólogo especializado en medios de comunicación y profesor emérito de Medios y Periodismo en el Departamento de Estudios de Medios de la Universidad de Amsterdam, y publicado por Amsterdam University Press.
El documento es largo (403 páginas) y la sola la lectura del índice pone los dientes aún más largos. Pero mientras averiguo si encuentro el tiempo de sumergirme entre sus páginas -en inglés, además-, me he decidido por aventurarme con el prefacio de Hans Mathias Kepplinger, ex profesor de la Universidad de Mainz e investigador especializado en la cobertura de noticias por los medios, y con la introducción del propio Vasterman.
Aún así, he optado por fijarme específicamente en lo relacionado directamente con los periodistas y la creación de marcos informativos, y estos son algunos de los hallazgos (la traducción es mía y de trazos gruesos, pido disculpas por los errores).
La tesis principal parece consistir en que un asunto sufre una oleada de informaciones -por el número de medios que informan y el número de veces que lo hacen, del asunto concreto y de los relacionados-, produciendo la impresión de que existe un enorme numero de casos de ese tipo, creando un marco informativo, una alarma o convicción social en la opinión pública y, eventualmente, una acción política más o menos alejados de la realidad o, simplemente, exagerados. Se pueden distinguir estos alborotos mediáticos (media hype o media storms) de las coberturas informativas normales, midiendo, además de la cantidad, el incremento y la duración de la atención mediática de un asunto concreto, o el momento en que se sitúa el pico informativo.
Kepplinger se pregunta por qué es esto relevante para la sociedad. Porque los usuarios de los medios encuentran muy difícil distinguir entre una avalancha de informaciones y el número de incidentes de los que se informa, con la posible consecuencia de una seria falsa percepción de la realidad. Porque los políticos y otros agentes se orientan por las informaciones de los medios antes que por otros indicadores de la realidad, con los eventuales errores al tomar decisiones en situaciones de crisis, conflictos o escándalos. Porque, finalmente, se supone que los periodistas tienen la responsabilidad de informar con objetividad.
Tradicionalmente se ha considerado -dice Kepplinger- que los periodistas no deben jugar un papel activo en la sociedad, sino ser unos observadores imparciales. Si los periodistas enfatizan o minimizan noticias concretas para provocar o evitar efectos concretos en el público, dejan de ser imparciales, se convierte en parte del acontecimiento del que informan. Se crea un conflicto con el esperado papel del periodista y con la percepción que los propios periodistas tienen de su papel. Llega Kepplinger a preguntarse hasta qué punto los periodistas que alborotan deliberadamente son moralmente culpables de las consecuencias negativas de sus informaciones.
En su introducción, Vasterman se refiere, entre otras muchas cosas, a los aspectos de sicología social que se afectan a la información, y que conectan con la cuestión de los marcos (frame) que la limitan. Muchos estudios muestran que la forma en que las personas procesan la información tiene que ver con la percepción selectiva y sesgada, los estereotipos y la accesibilidad. En esto, los periodistas son personas; a pesar de ser profesionales: los periodistas tratan de lidiar con situaciones inciertas o indefinidas compartiendo sus opiniones con otros colegas, fuentes, etc. con el fin de crear una realidad compartida que las valide. Esta interacción crea una base para los marcos dominantes en futuras coberturas de noticias.
Todas estas cuestiones se disparan cuando aparecen Internet y las redes sociales. Los actores se multiplican y las dificultades para percibir la realidad también. Aquí, y esto es ya apreciación mía, la importancia del periodista como profesional de la información y su papel de observador -y no actor- se acentúa. Sin embargo, el desembarco de perfiles de periodistas en las redes puede constituir -a mí me parece que lo constituye-, un agente más, e importante, de la tormenta.
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