Jerzy Popieluszko

viernes, 25 de junio de 2010 · 0 comentarios

Pero más ganas aún tenía desde hace muchísimos años de escribir sobre Jerzy Popieluszko, desde que, siendo universitario, leí en la revista Nuestro Tiempo un artículo publicado con motivo de su entonces reciente secuestro y asesinato por parte de los servicios de seguridad de la Polonia comunista. Ese artículo comenzaba con unas palabras de Popieluszko, que, cito de memoria, decían algo así: "La violencia no degrada a quien la padece, la violencia degrada a quien la ejerce". Palabras proféticas que, junto con otras muchas suyas y toda una vida, le han hecho merecedor de la gloria de los altares, además del agradecimiento y el reconocimiento de todos los que verdaderamente amamos la libertad que se construye a través de la verdad, es decir, la Libertad con mayúscula.

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Saramago

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Tenía yo ganas de escribir sobre José Saramago, y no precisamente para sumarme al coro de panegíricos que nos inunda estos días. Hay que tener en cuenta que vivo en Granada, con lo que he desayunado, almorzado, merendado y cenado muchos días con él y sus andanzas. No he leído nada suyo -de propósito-; pero he leído mucho sobre lo suyo, he seguido sus pasos, he leído sus entrevistas, he acudido a alguno de los actos en que ha estado presente; con esta base he formado mi opinión: Saramago no era en absoluto el ser pacífico, lúcido, comprometido que se nos quiere vender, era un comunista, un ateo, un pesimista y un anti religioso, es decir, un militante y lo que Gomaespuma llamaría un triste.

Sin duda era también un magnífico escritor, y muy buena persona, lo que agrava el nefasto efecto de su obra. Para mí, sin trascendencia y sin esperanza no hay verdadera grandeza, y como la corrupción de lo mejor es la peor de las corrupciones, Saramago ha causado, causa y causará estragos con su corrupción del gran don de la palabra que tuvo y queda en sus libros.

El diario vaticano L'Osservatore Romano ha hecho unas cuantas apreciaciones muy jugosas, oportunamente combatidas por la guardia pretoriana del progresismo mediático Me ha gustado, además, el análisis de fondo que ha hecho el periodista Eulogio López en este breve artículo, Saramago y la nada. Para saber de su obra literaria, aconsejo seguir los enlaces siguientes de Aceprensa.

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Manzanas podridas

domingo, 20 de junio de 2010 · 2 comentarios



Ayer pude ver el documental de Rome Reports Manzanas podridas. La Iglesia ante los abusos sexuales (fue por iniciativa mía en una jornada sobre opinión pública organizada por mí, Marta).

Son 45 minutos de contenido contundente, con cifras, fechas, nombres: un reportaje duro porque el tema es duro, con cierto aire reivindicativo.

Pienso que muestra bien la realidad, tanto del crimen como de sus causas, como de lo que ha hecho y no ha hecho y de lo que está haciendo la Iglesia para combatirlo.

En mi opinión, no obstante, le falta situar los hechos en tres coordenadas de contexto que ayudan a entender algunas actitudes, aunque no las justifiquen: la revolución sexual de los 60, el caos doctrinal, moral y de disciplina del postconcilio, y el cambio de sensibilidad social ante estas conductas.

En una escala menor, algunas comparaciones de cifras y algunos datos estadísticos me parecen endebles para apoyar las conclusiones que se extraen, como el del número de personas y los recursos que el Vaticano emplea para juzgar los casos que le llegan, o los relacionados con el tiempo que pasa desde que los hechos suceden hasta que se denuncian.

Y por encima de todo, me quedo con un mensaje final del reportaje, un reto y una esperanza: el empeño de ahora de la Iglesia por atajar y limpiar los abusos en su seno puede ser el comienzo de un empeño mayor, el de desterrar estos abusos de toda la sociedad y de la historia humana, como sucedió con la esclavitud.

En fin, un documental no apto para pusilánimes.

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Viñetas

viernes, 18 de junio de 2010 · 0 comentarios

Siempre me han gustado la viñetas de los periódicos, las considero auténticos artículos de opinión, breves, certeros, muy frecuentemente geniales. En España es un género que cuenta con una extensa nómina de dibujantes y guionistas excelentes, muchos de ellos justamente famosos.

Pero ahora quiero tributar honor y reconocimiento a dos menos conocidos, que son, además de magníficos, amigos míos: Miguel Aranguren, que opina en el semanario Alba, y León Granda, que lo hace en El Mundo de Almería.






















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Lenguaje

jueves, 10 de junio de 2010 · 3 comentarios

En este bellísimo artículo publicado en el último XLSemanal (nº 1180, del 6 al 12 de junio), De Prada ilustra la creciente rudeza del ser humano, por culpa de un progresivo empobrecimiento del lenguaje, arrojado a la fría y virtual terminilogía tecnológica, que lo separa de la naturaleza y de sí mismo.

En un pasaje singularmente bello del Génesis, Yavé trae ante Adán todas las bestias del campo y las aves del cielo para que las nombre según su gusto; y Adán las nombra, una a una, mientras desfilan ante él, como poseído por una inspiración vertiginosa, plenamente divina, con palabras recién estrenadas que brotan de sus labios como la abundancia brota de una cornucopia, palabras ignotas y refulgentes que al propio Adán causarían pasmo y perplejidad, puesto que nunca antes las había escuchado, puesto que nunca antes nadie las había pronunciado, palabras como primicias que bautizaban la belleza matinal del mundo con esa prontitud intuitiva que tienen las palabras para abalanzarse sobre las cosas, como el guepardo se abalanza sobre la gacela.

Lee el artículo completo

Esta misma impresión de pasmo y perplejidad era la que me asaltaba de niño cuando, de la mano de mi abuelo, salía al campo y lo escuchaba nombrar el mundo circunstante: cuando nos tumbábamos a la sombra de un árbol, mi abuelo lo llamaba por su nombre –encina, roble, olmo, abedul, chopo, arce–; cuando un pájaro revoloteaba en la fronda, mi abuelo lo llamaba por su nombre –grajo, abubilla, ruiseñor, estornino, jilguero, gorrión–; cuando nos inclinábamos sobre el suelo para recolectar las plantas medicinales que empleaba en sus tisanas, mi abuelo las llamaba por su nombre –árnica, malva, milenrrama, poleo, ruibarbo, brezo–; y lo que hasta ese momento era tan sólo una planta, un pájaro o un árbol, al conjuro de las palabras de mi abuelo, adquiría el fulgor inextinguible de los tesoros de las mitologías, la palpitación de la vida recién creada, el temblor cálido y diminuto de los milagros. Mi abuelo no era un hombre letrado; no era, desde luego, ornitólogo ni botánico, no acumulaba erudiciones enciclopédicas, ni siquiera había completado la instrucción primaria, allá en la escuela de su pueblo, de la que sus padres lo habían sacado antes de cumplir los catorce años, para que los ayudase a subvenir las necesidades familiares. Mi abuelo era lo que la banalidad contemporánea designaría como un «hombre inculto» (lo cual podría servirnos para constatar que nuestra época llama «cultura» a una coraza de conocimientos artificiosos, impostados y deleznables, que no nacen de la propia vida); pero era depositario de un meollo de sabidurías ancestrales que había heredado de sus mayores, y entre esas sabidurías que conformaban su genealogía se contaba –como un río subterráneo y dulcísimo que las refrescase– el genio del lenguaje, acertando a nombrar la belleza matinal del mundo, derramándose como una cornucopia sobre el pájaro que sobrevolaba nuestras cabezas, sobre el árbol que nos brindaba su sombra, sobre la planta que nos teñía las manos de un aroma campesino e indeleble.

Constantemente nos referimos, con pesadumbre y congoja, a esa gangrena que llamamos «empobrecimiento del lenguaje»; y es que, en efecto, cada vez hablamos con menos palabras, cada vez tenemos más dificultad para nombrar la belleza matinal del mundo. No reparamos, sin embargo, en que este empobrecimiento del lenguaje discurre paralelo a nuestro divorcio de esa belleza que hemos ido expulsando de nuestras vidas desarraigadas; y a una vida sin raíz no le queda otro remedio sino agostarse, angostarse y perecer. Mi abuelo, como el Adán del Génesis, tenía palabras para designar a las bestias del campo y a las aves del cielo porque las bestias del campo y las aves del cielo eran sustancia de su propia vida, realidad encarnada en su vida; y el lenguaje, que es una herramienta humana, se nutre sin embargo de un fondo ancestral de comunicación directa –comunión– con la naturaleza. Cuando ese fondo se reseca, el lenguaje se amustia, empalidece y jibariza, porque por sus tejidos deja de fluir la savia que lo vivifica, porque ha dejado de ser genesiaco; y así termina por enmudecer. O, en todo caso, en las boqueadas de la agonía, se aferra a las jergas tecnológicas, como la planta de invernadero se aferra al calor embalsado de su cárcel, cuando le falta el calor primigenio del sol; y se convierte en `lenguaje técnico´ que ha dejado de nombrar la belleza matinal del mundo para quedar atrapado en una telaraña de artificios que, cuanto más prodigiosos parecen, más nos enmarañan y asfixian. A la postre, a ese lenguaje enjaulado en la cárcel tecnológica le ocurre como a las fresas cultivadas en uno de esos túneles de plástico que impone la `agricultura intensiva´: que se hincha y engorda pero tiene el sabor insípido de la borra. Ha renegado de su inspiración originaria, ha dejado de bautizar la belleza matinal del mundo, y ya no le resta sino languidecer, huérfano de fulgor, de palpitación, huérfano del cálido y diminuto temblor del milagro.


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La manzana podrida

viernes, 4 de junio de 2010 · 6 comentarios

Si no la sacas del cesto, la manzana podrida estropeará todas las frutas

Refiriéndose a los abusos sexuales de menores cometidos por sacerdotes, el Papa Benedicto XVI afirmó que “la mayor persecución de la Iglesia no viene de los enemigos de fuera sino que nace del pecado de la Iglesia, que debe aprender de nuevo la penitencia, la purificación, el perdón y la justicia”.

En MANZANAS PODRIDAS, la agencia ROME REPORTS documenta el alcance del problema y las respuestas del Vaticano durante las últimas décadas. Analiza también el fracaso de la gestión en Irlanda, basada en la mentira, así como el éxito ejemplar del modelo americano de “tolerancia cero”.

Un documental de 45 minutos, imprescindible sobre un problema de gran complejidad, con el testimonio estremecedor de las víctimas, los consejos de los psicólogos y el testimonio de los obispos más activos frente a los abusos. Incluye también el análisis de testigos privilegiados de lo que ocurre dentro de los muros vaticanos.

He aquí un avance de 8 minutos de este documental:



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La Última Cima: estreno en Granada

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DESDE EL 11 DE JUNIO EN: MULTICINES CENTRO, C/ Solarillo de Gracia, 9
TICKETS: 958 252 996
MAPA

Acaba de estrenarse en Madrid y en otras ciudades de España

from infinitomasuno.org on Vimeo.

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