Objeción de conciencia y sentido del ridículo

sábado, 30 de abril de 2005 · 0 comentarios

Andrés Ollero Tassara. Catedrático Universidad Rey Juan Carlos
www.analisisdigital.com, Viernes, 29 de Abril de 2005


Los alumnos de primer curso de Derecho saben bien que el positivismo jurídico se caracteriza por la tajante separación entre derecho y moral. Ello supone no sólo que ningún contenido moral tenga por tal motivo derecho a ser jurídico (valga el juego de palabras), sino también que el hecho de que la ley diga o deje de decir algo no nos afecta moralmente en absoluto (afirmación que ni Aristóteles ni Santo Tomás suscribirían con tanta desenvoltura). Lo que resulta ridículo es asumir con embeleso lo primero y negar lo segundo.No lo hizo nuestro más prestigioso positivista: Felipe González Vicén. En su interesante estudio "La obediencia al derecho" deja bien claro que, a su juicio, no hay razón alguna para sentirse obligado moralmente a obedecer la ley, por el mero hecho de serla; aunque sí habrá muchos motivos para sentirse moralmente obligado a desobedecerla. Por si alguien no muy leído -haberlos entre los políticos haylos- se escandaliza, aclara el alcance de su afirmación: "la limitación de la obediencia al derecho por la decisión ética individual significa el intento de salvar, siquiera negativamente y de modo esporádico, una mínima parcela de sentido humano en un orden social destinado en sí al mantenimiento y aseguración de relaciones de poder. Este es el sentido que tiene en las modernas constituciones la inviolabilidad de la libertad de conciencia".El mismo Norberto Bobbio, al que más de uno enarbola como bandera sin llegarle moralmente a los zancajos, dejó claro que se consideraba doblemente positivista: por su teoría de la ciencia o modo de acercarse al derecho y por su teoría jurídica, según la cual sólo es derecho el derecho positivo. Rechazó, sin embargo, siempre lo que llamó "positivismo ideológico"; es decir, la para él peregrina idea de que exista obligación moral de obedecer al derecho positivo por el mero hecho haber sido puesto por el legitimado para ello.Da pena tener que recordar aspectos tan elementales a quienes legítimamente nos gobiernan. Por supuesto para gobernar no es preciso saber de todo; ni siquiera de aquello de lo que se habla. Pero si no se quiere erosionar en la práctica la legitimidad democráticamente adquirida resulta aconsejable no hacer el ridículo ante el pueblo, pontificando inquisitorialmente en nombre de la libertad.A más de uno le iría bien plantearse si no va siendo hora de reflexionar sobre cómo demonios se puede defender la existencia de derechos "humanos", si derecho es sólo lo que dice el que manda, o cómo se puede separar derecho y moral para a continuación enviar al infierno civil a quien se atreva a discrepar moralmente de un mandato legal. Los políticos deberían marcarse un día sabático para leer un poco; les alimentaría un sano sentido del ridículo.

Felicidades a todos

viernes, 29 de abril de 2005 · 0 comentarios


Santa Catalina de Siena. Domenico Ghirlandaio.

ANDOC: nota de prensa sobre Objeción de Conciencia

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Aunque no está expresamente recogida en la Ley de Matrimonios Homosexuales que está en trámite, las declaraciones vertidas en los últimos días por parte de algunos miembros del Gobierno que vienen a negar la posibilidad de alegar la objeción de conciencia ante leyes aprobadas por el Parlamento, llegando incluso a considerar que el ejercicio de este derecho constitucional puede constituir un posible delito de prevaricación, venimos a realizar las siguientes puntualizaciones:

1º.- Sí existe cobertura legal que permite ejercer la objeción de conciencia a jueces, alcaldes, concejales y funcionarios. Por tanto, no se puede obligar a los funcionarios a celebrar estos matrimonios, ni tramitar expedientes de adopción de menores por los mismos, pues la ley y su aplicación están sujetos al respeto de los derechos fundamentales y entre ellos el de la libertad de conciencia.

2º.- La decisión del Gobierno de no recabar informe al Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) sobre el Anteproyecto de Ley que regula el matrimonio homosexual supone un incumplimiento de la Ley, por lo que, de no subsanarse, la tramitación de la citada norma en el Parlamento podría incurrir en causa de nulidad.

3º.- La objeción de conciencia supone el ejercicio de la libertad ideológica y religiosa reconocida como derecho fundamental en el art. 16.1 de nuestra Constitución. El desarrollo legislativo que el derecho español ha brindado a la libertad de conciencia del art. 16.1, es la Ley Orgánica de Libertad Religiosa (LO 5/1980 de 5 de Julio), que permite a cualquier español actuar libremente conforme a sus propias creencias.

Por su parte, la Constitución Europea, recientemente refrendada con el apoyo institucional de nuestro Gobierno, también establece como derecho fundamental la objeción de conciencia.

Siendo pues ejercicio de un derecho fundamental, y a falta de un desarrollo legislativo específico, la jurisprudencia constitucional ha jugado un papel determinante en la configuración jurídica de esta categoría, reconociendo la existencia de este derecho con referencia a los específicos deberes legales relativos a la prestación de un servicio de armas y a la intervención en prácticas abortivas.

Así, la Sentencia del Tribunal Constitucional de 11 de abril de 1985, se pronunció con toda contundencia a favor del derecho de objeción al señalar que "La objeción de conciencia forma parte del contenido del derecho fundamental a la libertad ideológica y religiosa, reconocida en artículo 16.1 de la Constitución y, como este Tribunal ha indicado en diversas ocasiones, la Constitución es directamente aplicable en materia de derechos fundamentales”.

"Por lo que se refiere a la objeción de conciencia existe y puede ser ejercitada con independencia de que se haya dictado o no su regulación”. “ Y, como ha indicado este Tribunal en diversas ocasiones, la Constitución es directamente aplicable, especialmente en materia de derechos fundamentales.”

Abarca pues el derecho de objeción a toda persona que, por sus funciones, deba realizar una intervención directa o indirecta, en la celebración de matrimonios de personas del mismo sexo, o en procesos de adopción de menores, siempre que choque con sus imperativos de conciencia. Así pues, dado el rango constitucional de este derecho a la objeción de conciencia, debe prevalecer sobre el rango legal –no constitucional- de la obligación de participar en los mismos.

4º.- Por tanto, teniendo en cuenta que el Consejo de Estado, Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y el Consejo General del Poder Judicial, han planteado dudas sobre la constitucionalidad de esta Ley, así como la grave reacción popular que ha provocado, debería retirarse esta Ley o, en su defecto, y teniendo en cuenta a los posibles objetores de conciencia, admitir la cláusula de conciencia como en su día se hizo para el servicio militar o para el aborto.

5º.- En caso contrario, desde la Asociación Nacional para la Defensa a la Objeción de Conciencia, se ejercitarán cuantas acciones judiciales sean necesarias, a fin de garantizar el respeto a este derecho constitucional que se pretende ahora negar. A este fin cualquier persona que pueda considerarse objetora, podrá dirigirse a nuestra Asociación, en donde se le brindará asesoramiento gratuito a fin de obtener cobertura legal para el ejercicio de su derecho constitucional.

Fernando Anguita
Coordinador General de Andoc





Matrimonio gay: Fundamentos para acogerse a la objeción de conciencia

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Forum Libertas Pier Paolo Fiore
Las 500.000 firmas de la ILP

El Tribunal Constitucional ha reconocido este derecho en un ámbito diferente al de la prestación del servicio de armas en el ejército
La tramitación parlamentaria del matrimonio homosexual ha generado varias declaraciones públicas y discusiones políticas sobre la objeción de conciencia. Mientras destacados miembros del Gobierno, como la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega o el ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, niegan que pueda utilizarse este derecho, otras personalidades de los ámbitos de la enseñanza, la Iglesia o la propia política han asegurado estos días que jueces, alcaldes y funcionarios competentes en la materia pueden perfectamente acogerse a la cláusula de conciencia también ante la demanda de casar a dos hombres o a dos mujeres.

En este contexto, cabe recordar que el artículo 16.1 de la Constitución Española reconoce la objeción de conciencia: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley”. Aunque no existe un desarrollo reglamentario de este derecho, el Tribunal Constitucional ya ha dicho que es una manifestación o especificación de la libertad de conciencia, lo que permite, partiendo del contenido de la sentencia 15/1982 (23 de abril), definir la objeción de conciencia como “un derecho reconocido explícita e implícitamente en el ordenamiento constitucional español”. Además, ese pronunciamiento reconoce la objeción de conciencia en un ámbito diferente al de la oposición a prestar servicio de armas en el ejército.

En otra sentencia, la 53/1985, dictada para resolver un recurso de inconstitucionalidad contra la despenalización del aborto, el Tribunal Constitucional dice textualmente esto: “Por lo que se refiere al derecho a la objeción de conciencia, que existe y puede ser ejercido con independencia de que se haya dictado o no tal regulación, la objeción de conciencia forma parte del contenido de derecho fundamental de la libertad ideológica y religiosa reconocido en el artículo 16.1 de la Constitución y, como ha indicado este Tribunal en diversas ocasiones, la Constitución es directamente aplicable, especialmente en materia de derechos fundamentales”.

El Constitucional, por otro lado, ha declarado que el derecho a la libertad ideológica reconocido en la Carta Magna española no resulta suficiente para eximir a los ciudadanos, por motivos de conciencia, del cumplimiento de deberes legalmente establecidos (sentencias 101/1983, 160/1987 y 127/1988). También ha señalado que el pluralismo opera dentro del propio marco constitucional y de la debida obediencia de sus normas, así como que la objeción de conciencia es un derecho autónomo, no fundamental (sentencias 160 y 161 de 1987, con votos particulares). Sin embargo, en el libro El ágora y la pirámide, una visión problemática de la Constitución española, el profesor de Derecho de la Universidad de Comillas Miguel Ayuso asegura que esta postura “es más bien inconsecuente con los propios postulados ideológicos del constitucionalismo”, y recuerda que se formuló para evitar las consecuencias de una aplicación ilimitada del derecho a la objeción de conciencia.

La exención por razones de conciencia

De hecho, en una sentencia más reciente, el Tribunal Constitucional ha llegado a eximir del cumplimiento de una norma por razones de conciencia (154/2002). Y en el ámbito legislativo, el artículo 3.2 de la actual Ley de Extranjería establece que “las normas relativas a los derechos fundamentales de los extranjeros se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y con los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias vigentes en España, sin que pueda alegarse la profesión de creencias religiosas o convicciones ideológicas o culturales de signo diverso para justificar la realización de actos o conductas contrarios a las mismas”. Los textos citados en esta frase consagran el derecho a actuar según la propia conciencia subjetiva. Y es que uno de los derechos fundamentales de las normas internacionales es precisamente el de la libertad ideológica y religiosa, que implica poder ajustar el comportamiento propio a lo que se desprenda del claustro íntimo de convicciones adoptadas por cada sujeto en el ejercicio de la autodeterminación individual.

A nivel global, la objeción de conciencia es legítima cuando no cae en la subjetivización, es decir, cuando está motivada por criterios morales que estructuran las grandes concepciones de la humanidad. En el caso español, el cristianismo es factor determinante en el sistema moral y, por tanto, puede ser reconocido como factor objetivo de rechazo a determinadas leyes por parte de un determinado número de ciudadanos. Según Eudald Forment, catedrático de Metafísica en la Universidad de Barcelona, “el término conciencia significa, en general, el autoconocimiento que posee la facultad intelectiva del espíritu”. Por tanto, es un valor que “enjuicia sobre un acto concreto”. En la misma línea, cita una frase de Juan Pablo II para lo que él entiende que debería ser una “adecuada solución de los conflictos entre las leyes civiles y la conciencia personal”. El pontífice recientemente desaparecido dice, en su encíclica Veritatis Splendor, que “la libertad de conciencia no es nunca libertad con respecto a la verdad, sino siempre y sólo en la verdad”.

El debate surgido sobre la cuestión, a raíz de la primera votación de la reforma del Código Civil en el Congreso de los Diputados, incluye el planteamiento de Rafael Navarro Valls, catedrático de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid: “No se puede amenazar a los funcionarios con la obligación de cumplir las leyes. No hay que olvidar que la ley y su aplicación están sujetos al respeto de los derechos, entre ellos el de la libertad de conciencia”. Por ello, propone que, en lo que queda de tramitación normativa, “se establezca una cláusula de conciencia como se estableció para el servicio militar o para la ley del aborto”.

OBJECIÓN DE CONCIENCIA

jueves, 28 de abril de 2005 · 0 comentarios

He colgado algunas cosas sobre objeción de conciencia que he encontrado a toda prisa. A continuación va el enlace con la web de la asociación de referencia en España sobre este asunto; aunque es específica para personal biosanitario, espero que os sea útil: ANDOC BIOSANITARIO

'inadmisible en un Estado de derecho'

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Foro de la Familia: el recorte de la objeción de conciencia que pretende el Gobierno es 'inadmisible en un Estado de derecho'
Martes 26 de abril
El FEF espera que se produzca una “inmediata y formal” rectificación del Gobierno respecto a “su totalitaria pretensión de violentar anticonstitucionalmente la conciencia de los funcionarios”. De no ser así, la organización pedirá la dimisión de la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, “en garantía de la salud de nuestra democracia”.
ACI .- Frente a la pretensión de la vicepresidenta del Gobierno español, María Teresa Fernández de la Vega, de negar a los funcionarios españoles su derecho a plantear la objeción de conciencia frente a los “matrimonios” entre homosexuales, el Foro Español de la Familia (FEF) señaló que esta privación es “inadmisible en un Estado de derecho”.
Un rasgo de totalitarismo incompatible con la pertenencia a un Gobierno democrático
El vicepresidente del Foro, Benigno Blanco, advirtió que “las palabras de Fernández de la Vega suponen algo más que negar un derecho constitucional, significan la pretensión totalitaria de excluir de la función pública a todo el que no piense como ellos”.
Añadió que “con esta propuesta el Gobierno pretende que la conciencia de los ciudadanos quede sustituida por la ideología de la mayoría oficialista coyuntural, un rasgo de totalitarismo incompatible con la pertenencia a un Gobierno democrático”.
La objeción de conciencia es un derecho constitucional
Blanco recordó también que el Tribunal Constitucional establece que el derecho a la objeción de conciencia forma parte del derecho constitucional a la libertad ideológica y religiosa, y puede ser ejercido por los ciudadanos aunque no esté expresamente reconocido en la ley.
El Foro de la Familia exige una 'inmediata rectificación' al Gobierno
El Foro Español de la Familia exigió la inmediata rectificación del Gobierno y advirtió que la libertad de opinión y de conciencia de los ciudadanos es parte esencial de todo Estado de derecho. “Negar la libertad de conciencia supone el ataque más radical a las libertades y los derechos de la persona. Sólo los totalitarismos más feroces del siglo XX han pretendido gobernar sobre las conciencias”, explicó.
El Gobierno español logró la semana pasada que el Parlamento apruebe su propuesta de equiparación entre las uniones homosexuales y el matrimonio, desoyendo a los organismos consultivos y la sociedad en general.
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La objeción de conciencia, entre la norma y el deber moral

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Las leyes positivas no pueden anular las libertades básicas
Firmante: Salvador Bernal/ACEPRENSA l06-03-1996 nº031/96


La protección jurídica de la conciencia, un gran avance de la revolución liberal, se ve amenazada a finales del siglo XX ante la presión de proyectos legales, que conceden más valor a prestaciones personales públicas, o al derecho a la salud, que a la libertad ideológica y religiosa. Una radical libertad de conciencia tenía que chocar antes o después con los ordenamientos jurídicos y con la coactividad -rasgo esencial del derecho- en el cumplimiento de los deberes legales.
La confrontación entre conciencia y ley se ha agudizado cuando termina el segundo milenio. No es sólo la creciente inflación jurídica, a la que se refería ya en los años cincuenta Federico de Castro, con una irónica regla de derecho: la abundancia de las leyes se mitiga con su incumplimiento. Los Estados legislan cada vez más sobre cuestiones profundamente implicadas en la conciencia individual de cada ciudadano.
Resulta lógico que el ciudadano se rebele mediante la objeción de conciencia: su actitud no es fanática o extremista, opuesta a una ética civil -en cuanto distinta de una ética filosófica o religiosa-, sino exponente del rechazo de un estatalismo ético, cuando ordena cumplir obligaciones contrarias al mandato íntimo de la conciencia.La apelación a la conciencia
El ciudadano invoca entonces los preceptos constitucionales que garantizan la libertad ideológica y religiosa, como el artículo 16 de la Constitución española (CE), sin más limitación que el mantenimiento del orden público protegido por la ley. Desde luego, la libertad religiosa enlaza directamente con la dignidad de la persona, que suele valorarse también como uno de los fundamentos del orden político y de la paz social (así, el artículo décimo de la CE). Está en juego mucho más que la defensa de intereses o perspectivas individuales: la dignidad de cada ciudadano, elemento indispensable del bien común, del justo orden colectivo. Desde esta óptica, no se concibe que una persona se vea obligada a realizar comportamientos que contradicen los designios de su conciencia.
La objeción se justifica así como exención de un deber legal, como derecho -si se quiere, negativo- a no verse obligado a realizar ciertas actividades contrarias a las propias convicciones. No encierra una oposición total al sistema, un rechazo global del ordenamiento. Como, en otro orden de cosas, se acepta la aplicación de las leyes del mercado, pero se admite la "excepción cultural" (así, a propósito del cine europeo, en las discusiones del GATT), porque en el fondo hay ámbitos de la existencia que se resisten al puro comercio.
Pero es evidente que la simple apelación a la propia conciencia no basta para eximir de los deberes ciudadanos: haría imposible la vida social. El recurso habitual a la propia conciencia sin suficiente contraste jurídico -derechos humanos, orden público- pondría en peligro la necesaria sumisión al orden social también exigida por el bien común y la solidaridad. Sería tanto como someter a la colectividad a la tiranía de cada conciencia o al veto de las minorías. Celaría tal vez propósitos despóticos de imponer la propia voluntad.
Se impone, pues, definir un equilibrio armónico entre la exigencia global de la norma objetiva y la conciencia individual. Como ha escrito Alain Touraine, "la mayoría no puede imponer su ley a una minoría más que cuando habla en nombre de un principio universalista". Se evita de este modo el riesgo de acabar en el totalitarismo, o en intolerancias dogmáticas, que impiden el diálogo y la concordia social.
Es necesario llegar a un consenso -en función de lo que se considera básico para la persona y la convivencia pacífica y justa-, que limite las argumentaciones ad infinitum o las polisemias verbales en defensa de los propios intereses: así sucede cuando se considera integrista a quien objeta algunas leyes (p. ej., en materia de aborto, eugenesia o eutanasia) y, en cambio, progresista al insumiso (objetor al servicio militar y a la prestación sustitutoria).
El ordenamiento jurídico, cuando se adentra en materias que pueden afectar razonablemente a las convicciones de todos los ciudadanos -o de muchos-, ha de aceptar que algunos presenten legítimamente su objeción (1).Requisitos de la objeción
En buena parte de los países occidentales, la doctrina jurídica sobre la objeción de conciencia se ha construido, básicamente, a partir del servicio militar obligatorio. Muchas Constituciones habían establecido el deber y el derecho de los ciudadanos a defender al propio país. Más recientemente (así, el artículo 30 CE), admitieron la objeción de conciencia con las debidas garantías, así como la posibilidad de imponer una prestación social sustitutoria. El legislador obliga al servicio militar, pero considera razonable la decisión de conciencia que rechaza la guerra y las armas, por su incongruencia con la dignidad de la persona.
Si el objetor no es un antimilitarista radical, aceptará la existencia de ejércitos profesionales, pero no la conscripción general y obligatoria. Para evitar abusos, el Estado suele establecer la obligación de declarar formalmente la objeción de conciencia, así como su examen por determinados órganos administrativos.
En síntesis, el legislador admite la objeción de conciencia de un ciudadano para eludir el cumplimiento del servicio militar, impuesto a todos en nombre del interés de todos. Esa decisión es compatible con la organización del ejército y fuerzas de seguridad del Estado, porque el ciudadano y la sociedad tienen derecho a ser protegidos.
En cambio, las leyes no ven razones de conciencia legítimas para exonerar al ciudadano de su deber de cumplir otros servicios personales -por ejemplo, en cada proceso electoral- y de contribuir al sostenimiento de los gastos públicos de la colectividad, según las normas tributarias (como en el artículo 31 CE). No se admite de ningún modo la objeción de conciencia electoral o fiscal porque, en estos campos, prevalece decididamente el deber global de solidaridad. Ni tampoco parece que pueda un cristiano invocarla, según aquello de San Pablo a los Romanos: "Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor" (Rom 13, 7). En cambio, resulta mucho más discutible no admitir la objeción de conciencia cara a la participación obligatoria en el jurado.El caso del aborto voluntario
El servicio militar o la fiscalidad -aun distintos entre sí- resultan bien diversos de otras figuras jurídicas, que no surgen desde obligaciones y derechos exigibles cara al interés general, sino de situaciones puramente individuales. Es el caso del aborto voluntario: las Constituciones no establecen ese derecho en favor de la mujer; por tanto, no se puede exigir a nadie cooperar en la realización de un aborto, ni, en rigor, habría que llegar a la objeción de conciencia (2).
Efectivamente, las leyes penalizan con carácter general la comisión de abortos y, sólo por excepción, en supuestos bien determinados, consideran no punible su práctica (así, el artículo 417 bis del Código Penal español). La sanción penal deriva de que el nasciturus es un bien jurídico que debe ser protegido en función del derecho a la vida (cfr. artículo 15 CE). De ahí deriva la obligación de los poderes públicos "de abstenerse de interrumpir o de obstaculizar el proceso natural de gestación, y la de establecer un sistema legal para la defensa de la vida que suponga una protección efectiva de la misma" (sentencia 53/1985 del Tribunal Constitucional español -TC-).
Pero puede surgir el problema cuando, dentro de los supuestos legales, una mujer decide abortar, y reclama su derecho a la protección de la salud (del que deriva el deber de los poderes públicos de organizar y tutelar la salud pública: así, artículo 43 CE). Esa previsión constitucional, ¿implica un derecho subjetivo del ciudadano a las prestaciones establecidas en el marco de la Administración sanitaria? Tal vez, pero, en todo caso, no será un verdadero derecho fundamental, exigible por derivar directamente de la Constitución (esta distinción es capital en caso de eventuales conflictos entre derechos).La dignidad humana del personal sanitario
La mujer tiene derecho a recibir determinadas prestaciones médicas. Las leyes pueden incluir las necesarias para practicar un aborto. Entonces, el personal sanitario podría verse obligado a colaborar en función de sus deberes profesionales de carácter general: por su condición funcionarial, en hospitales públicos, o por la relación laboral, si se trata de centros privados.
Y aquí reaparece la objeción de conciencia: porque imponer una obligación general de ese tipo a un médico o enfermera atenta a su dignidad personal y al libre desarrollo de la personalidad (cfr. artículo 10.1 CE), pues están comprometidos humana y profesionalmente con la defensa de la vida humana, asimismo protegida como derecho básico de la persona.
Bastan las convicciones mantenidas desde antiguo por la profesión médica -sin necesidad de especiales argumentos filosóficos o creencias religiosas- para admitir que el aborto plantea, cuando menos, serios dilemas morales a un trabajador de la salud. Se justifica invocar in extremis la objeción de conciencia, con mucho menos riesgo de frivolizar o de poner en cuestión los valores que sustentan la convivencia democrática, que en el caso del servicio militar.
Por esto, no es necesaria la regulación de esa cláusula de conciencia, al menos en países como España: "Puesto que la libertad de conciencia es una concreción de la libertad ideológica", la objeción constituye un "derecho reconocido explícita e implícitamente en el ordenamiento constitucional" (sentencia 15/1982 del TC, a propósito del servicio militar). Este derecho puede ser exigido aunque no haya regulación legal expresa, porque "forma parte del contenido del derecho fundamental a la libertad ideológica y religiosa reconocido en el artículo 16.1 de la Constitución", directamente aplicable en materia de derechos fundamentales (sentencia 53/1985 del TC, a propósito de la ley sobre despenalización del aborto de 1983).
En la práctica, los proyectos encaminados a regular la objeción del personal sanitario indican más bien la voluntad de suprimirla o reducirla, aunque inicialmente prevean sólo una posible excepción: el peligro de muerte para la madre. Pero en este caso la cuestión no es ya facilitar un aborto, sino procurar el derecho a la vida de la madre. Los médicos tienen una experiencia antiquísima en cómo resolver en conciencia este tipo de situaciones límites, que se plantean tan de tarde en tarde como para ser irrelevantes a la hora de dictar leyes de carácter general.Sin discriminaciones
Desde luego, el ejercicio de la objeción de conciencia no puede originar desigualdades. Parece evidente en el caso del servicio militar, un deber cara a la comunidad social. Más aún, por tanto, en el caso límite del aborto, en que no entra en juego el bien general. Aquí el peligro está más bien en discriminar negativamente al objetor: ser despedido o sometido a un trato diferente del que se aplica a otros profesionales de su misma categoría. Por eso, no tiene lógica plantear una prestación médica sustitutoria: los objetores tendrán suficiente trabajo -al menos igual que otros compañeros- en las diversas actividades de su especialidad, sin riesgo de que la objeción de conciencia se traduzca en un privilegio (con mayor motivo, si se tiene en cuenta el reducido número de abortos respecto de las demás asistencias médicas y quirúrgicas).
Por razones semejantes, la declaración formal de la objeción de conciencia parece justa en el caso del servicio militar, pero resultaría discriminatoria exigirla con carácter previo en las profesiones médicas, porque -repito- no está en juego un interés general: por principio, las preferencias de quienes integran cada equipo médico son cuando menos tan atendibles jurídicamente como las de las mujeres embarazadas.
Tampoco sería justo que instituciones médicas privadas, opuestas a la práctica de abortos, sufrieran discriminaciones a efectos de conciertos o subvenciones por parte de la Administración Pública: así se admite en la legislación de la gran mayoría de los Estados de Norteamérica.La confusión de lo público y lo privado
En países como España, la amplitud de la objeción al servicio militar se ha convertido en una razón importante para replantear a fondo la política de defensa. Ha comenzado un amplio debate político, y es previsible que se concrete en reformas legales dentro de no mucho tiempo.
También en España, la conciencia de los profesionales de la salud ha hecho difícil la práctica de abortos en los hospitales públicos de algunas regiones. Se comprende que políticos poco respetuosos de la libertad de las conciencias se hayan opuesto a la objeción. Pero no parece razonable que esos derechos democráticos cedan ante criterios económicos o de mera organización hospitalaria. Como ha señalado José Antonio Marina en otro contexto, "atentar contra derechos humanos para defender derechos sectoriales es cortarse las piernas para andar más ligeros".
En cambio, la realidad social justifica -es un ejemplo más de la tolerancia jurídica-la existencia de clínicas privadas con personal dispuesto a practicar abortos, incluso como negocio. Aun siendo un mal moral, el orden jurídico lo tolera, como, en épocas pretéritas, la prostitución o los ejércitos privados, o más recientemente, los paraísos fiscales.
Algunos autores consideran, además, que esas clínicas más o menos especializadas facilitarían el control de legalidad de los abortos. En cualquier caso, no deja de parecer una hipocresía social rasgarse las vestiduras porque algunos ganan dinero con prácticas abortivas -en virtud de su libre decisión-, mientras tratan de obligar a todos a que violenten su conciencia, presentando como deberes públicos ineludibles lo que son meros intereses privados. Recuerda la incongruencia, señalada por Jean-François Kahn, del hombre público que aparece en carteles electorales con su mujer y sus hijos, pero luego exige que se respete su vida privada._________________________
(1) Sobre esto, se puede consultar: Rafael Navarro-Valls, "Las objeciones de conciencia", en AA. VV., Derecho Eclesiástico del Estado Español, EUNSA, Pamplona (1993); Rafael Palomino, Las objeciones de conciencia: conflictos entre conciencia y ley en el Derecho norteamericano, Montecorvo, Madrid (1994), 459 págs. Hay un elenco bibliográfico muy amplio en: Guillermo Escobar Roca, La objeción de conciencia en la Constitución española, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid (1993), pp. 491-524.
(2) Un buen análisis de este problema se encuentra en Gonzalo Herranz, La objeción de conciencia de las profesiones sanitarias, "Scripta Theologica", Pamplona (mayo-agosto 1995), pp. 545-563.

OBJECIÓN DE CONCIENCIA Y MATRIMONIOS HOMOSEXUALES

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JAVIER MARTÍNEZ-TORRÓN Catedrático de la Universidad Complutense
ABC, 27 de abril de 2005
Las declaraciones del cardenal López Trujillo, invitando a los funcionarios católicos a oponerse a la celebración de matrimonios homosexuales, por razones de conciencia, han provocado una inmediata reacción de la vicepresidenta primera del gobierno rechazando esa posibilidad. Es natural que el Estado defienda sus leyes y que la Iglesia Católica defienda su doctrina, y cada cual tendrá sus opiniones sobre quién se equivoca en este tema. Pero esta polémica va más allá del acierto o error de la política legislativa del gobierno en materia de matrimonio y familia.
La objeción de conciencia constituye uno de los fenómenos más interesantes en el derecho contemporáneo, y a veces también uno de los peor comprendidos. Se ha dicho expresivamente que es un «oscuro drama» en el que una persona se ve obligada entre obedecer a una norma moral o a una norma legal, cuando existe entre ellas un conflicto en apariencia irresoluble. Ese conflicto es importante y difícil de abordar. Y no puede, desde luego, despacharse con una simple alusión a que los funcionarios -como todos los ciudadanos- están obligados a cumplir la ley. Entre otras razones porque la ley, y su aplicación, están sujetas al respeto de los derechos fundamentales.

Uno de esos derechos es la libertad de conciencia, reconocida por nuestra Constitución (art. 16), por el Convenio Europeo de Derechos Humanos (art. 9), y por la propia Constitución Europea que los españoles aprobaron en referéndum el pasado 20 de febrero (el art. II-70 contempla explícitamente el derecho a la objeción de conciencia). De esa libertad depende «el pluralismo, que es inseparable de una sociedad democrática y que ha sido conquistado a un alto precio a lo largo de los siglos», según ha afirmado el Tribunal Europeo de Estrasburgo. Naturalmente, la libertad de conciencia no es ilimitada; ninguna libertad lo es. De ahí que, cuando se produce un choque entre ley y conciencia individual, sea imprescindible un análisis cuidadoso del caso, que huya de las simplificaciones y que busque un equilibrio entre los diversos intereses jurídicos en juego.

No hay, por otro lado, una clara doctrina moral de la Iglesia Católica sobre cuál deba ser la actitud del funcionario llamado a celebrar, por imperativo legal, una boda entre personas del mismo sexo. Las declaraciones de López Trujillo provienen de una alta autoridad eclesiástica, pero no representan una posición oficial de la jerarquía católica. En todo caso, cuál haya de ser la actitud correcta de los funcionarios católicos es cuestión que corresponde aclarar a la Iglesia Católica y, sobre todo, a los propios funcionarios. Desde la perspectiva de los derechos fundamentales que el Estado debe garantizar, lo relevante es la conciencia de cada funcionario singular, católico o no. La objeción de conciencia es un derecho individual, no colectivo, aunque la doctrina moral de una iglesia puede ser tenida en cuenta para probar la sinceridad del objetor, o para prever, en la propia ley, excepciones por motivos de conciencia. Esto último queda a la sensibilidad del legislador, pero no condiciona el ejercicio de un derecho fundamental.

La concreta solución jurídica que deba darse a los supuestos de objeción de conciencia a la celebración del matrimonio homosexual depende de diversos factores, que no hay tiempo de examinar aquí. Uno de ellos es la posibilidad de sustituir al objetor en el cumplimiento de sus funciones, que apuntaría a favor de reconocer la objeción, porque se dejaría a salvo la libertad de conciencia del funcionario y la finalidad de la ley no se vería seriamente aceptada.

Por otra parte, conviene no olvidar que el derecho comparado ofrece interesantes ejemplos de cómo el legislador intenta evitar al ciudadano problemas de conciencia. Así, en Dinamarca, donde los pastores de la iglesia luterana oficial tienen una condición equiparable a la de los funcionarios, la legislación sobre parejas de hecho prevé, desde 1989, que el registro de una pareja homosexual debe hacerse en una ceremonia civil, y exime expresamente a los clérigos de la ceremonia religiosa. En general, ahorrar al ciudadano el conflicto de normas -y de lealtades- es positivo para todos. Y, al contrario, no tiene mucho sentido castigar a ciudadanos que poseen un alto nivel de exigencia ética.

2 sobre objeción de conciencia

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Objeción de conciencia y de razón
ABC, 27 de abril de 2005
I.Sánchez Cámara
EXISTEN razones para la desobediencia ante la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo (por cierto, sean o no homosexuales). El Derecho obliga, pero ya reguló la objeción de conciencia al servicio militar, y el Tribunal Constitucional la ha admitido en el caso del aborto. Por analogía puede extenderse su aplicación a casos como éste. Serán los Tribunales quienes tendrán que ponderar y decidir. Se trata de una ley injusta que equipara lo que no es equiparable, divide a la sociedad, se ha aprobado sin negociar con la oposición, sin atender a las recomendaciones del Consejo de Estado, el CGPJ y las Academias, sin convocar a la Comisión General de Codificación y con la oposición de las principales confesiones religiosas. Semejante patochada jurídica debería rechazarse en el Senado o declararse inconstitucional. Mas aunque la jurisprudencia no avalara en este caso la primacía de la libertad de conciencia, siempre quedaría la exigencia moral de obedecer antes a la conciencia que a la ley y, si es preciso, afrontar la sanción. Quizá no haya un derecho a incumplir la ley, pero existe, en ocasiones, el deber de hacerlo

Carta de Rafael Palomino. Madrid
Estudio de objección
ABC, 27 de abril de 2005Soy profesor de Derecho. Llevo diez años investigando sobre la objeción de conciencia en el Derecho español y comparado. Leo en ABC que el ministro de Justicia asegura que «no cabe objeción de conciencia para negarse a casar a parejas gays».Me temo que el ministro comete un grave error, porque la objeción de conciencia existe como fenómeno de desobediencia a la norma, con independencia de que exista protección jurídica. De hecho, Franco encarcelaba objetores militares (es decir, personas que ejercían objeción de conciencia por motivos pacifistas y/o religiosos) porque bajo su régimen «no cabía la objeción de conciencia». Otra cosa distinta a que no quepa la objeción de conciencia es que el ministro de Justicia y su Gobierno tengan tan poca sensibilidad hacia la libertad de conciencia que no estén dispuestos a eximir de un imperativo legal que puede lesionar la libertad de conciencia de algunos ciudadanos. Funcionarios, sí, pero ciudadanos.

¡Que te abro expediente!

martes, 26 de abril de 2005 · 0 comentarios


De la Vega, contra la objeción de conciencia
Por Luis Losada Pescador

La imposición del laicismo

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España: ¿Un estado laico? La libertad religiosa en perspectiva constitucional
Autor: Andrés Ollero Tassara
Editorial: Thomson Civitas. 200 pags.
Valoración: muy recomendable

El autor, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Juan Carlos I, aborda una cuestión de enorme actualidad política y mediática, a partir del análisis de la Constitución Española interpretada por el órgano que tiene confiada esa tarea: el Tribunal Constitucional.
El Prof. Ollero establece un diálogo de gran agudeza con los autores que consideran que la Constitución establece una separación absoluta entre los poderes públicos y la religión en sus distintas manifestaciones, asegurando que así lo establece el art 16 de la Constitución Española.
Pero lo cierto es que nuestra Constitución establece en su art. 16.3 que: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal” y, a renglón seguido, un sistema de cooperación del Estado con las confesiones religiosas: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.
El autor analiza en qué medida esta cooperación puede resultar compatible con un trato igualitario con las distintas confesiones y los ciudadanos que se adhieren a una u otra fe, o incluso con los no creyentes. Acude a la distinción ya clásica entre igualdad de propósitos o intenciones e igualdad de resultados. Y denuncia el intento de imponer un “laicismo de Estado” contrario a la Constitución, bajo el pretexto del temor a una “confesionalidad sociológica”.
En este contexto, en las sociedades occidentales multiculturales y, en menor medida, también en la nuestra, se han suscitado cuestiones concretas, que el autor aborda desde la libertad religiosa, como derecho protegido por nuestra Constitución (art 16.1): “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa, y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley”.
Así, aborda con lucidez el estudio de las Sentencias del Tribunal Constitucional sobre la laicidad y religión en el ámbito laboral, el derecho a la asistencia religiosa en las fuerzas armadas, la asignación tributaria como fórmula destinada a satisfacer las necesidades económicas de la Iglesia, los efectos civiles de los ritos religiosos matrimoniales, la enseñanza de la religión en la escuela pública, el derecho a la vida, el derecho de reunión, el ideario de los centros de enseñanza, la objeción y libertad de conciencia, etc.
En resumen, un libro de gran actualidad para un debate sereno y con argumentos sobre el engarce de la neutralidad y aconfesionalidad del Estado con el ejercicio de la libertad religiosa de las personas y la cooperación entre el Estado y la Iglesia. José Ignacio Peláez

Homosexuales, uniones asociativas; matrimonio, hombre y mujer.

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Homosexuales, uniones asociativas; matrimonio, hombre y mujer.

Daniel Tirapu. Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Jaén
Este artículo es quizá muy jurídico; pero es breve, y cuando hay "listos" que dicen no saber cómo puede nadie oponerse al homomonio, hay que esgrimir todos los argumentos.

Homosexualidad: yo tenía razón

lunes, 25 de abril de 2005 · 0 comentarios

Por Jorge TRIAS SAGNIER/ABC, 25 de abril de 2005

A mí me parece increíble que un grupo tan minoritario de personas, como esos que abanderan los colectivos de militancia homosexual, impongan sus criterios a la inmensa mayoría de la sociedad. Ni podía hablarse de discriminación por razón de sexo pues la homosexualidad no se trata de un nuevo sexo; ni mucho menos de demanda social, ya que la nueva y absurda regulación del matrimonio es algo que casi nadie pedía. El Partido Socialista quedó atrapado, como en tantas otras cosas, en un discurso político que estaba pensado para movilizar al griterío, pero no para gobernar. Las consecuencias que esta modificación legislativa va a tener en la sociedad pueden ser incalculables, sobre todo para la credibilidad de Zapatero. Ninguna persona sensata, sean cuales sean sus creencias, puede aceptar una barbaridad de este calibre.
Perdonen la inmodestia por el título de esta columna, pero en la VI legislatura (1996-2000) yo era diputado del Partido Popular y portavoz de esa formación en la Comisión Constitucional y propuse una medida legislativa para paliar las situaciones injustas que se producían en determinadas uniones de hecho, homo o heterosexuales. Recuerdo que, entre otros, utilicé el antecedente legislativo del derecho francés y concretamente la propuesta socialista del denominado «Contrato de Unión Civil». Recabé la opinión de todos los grupos militantes y hablé con muchas personas que vivían en esa situación. Llegamos a la conclusión, apoyada sin reservas por Aznar y por todo el grupo popular, a excepción de la inefable Villalobos, de que esa era una buena solución. Socialistas y comunistas -la Esquerra prácticamente no existía entonces- se opusieron por motivos políticos. Exactamente igual que los grupos militantes de homosexuales. Por nada más. Lo de los derechos, y el intento de remediar situaciones injustas y discriminatorias, les importaba muy poco. Mejor dicho: les importaba un bledo. De lo que se trataba era de visualizar que los populares éramos «homófobos» y el proyecto, una solución liberal y aceptable para toda la sociedad, creyente y no creyente, naufragó. Cuando el PP obtuvo la mayoría absoluta -yo ya no era diputado- cometió el error de aparcar la cuestión. Y ahora los socialistas han perpetrado este solemne disparate jurídico, moral y social.
Diga lo que diga la vicepresidenta, los cristianos, cualquiera que sea su confesión, y los judíos, si son creyentes, no sólo pueden sino que deben negarse a celebrar este tipo de bodas esperpénticas por motivos de conciencia. En el caso de los católicos esa negativa es obligada y viene determinada por la Nota Doctrinal sobre las cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida pública firmada por el entonces cardenal Ratzinger y aprobada por Juan Pablo II el 24 de noviembre de 2002. Los católicos socialistas deberían repasar esa Nota. (Y muchos católicos no socialistas también...)

FATAL ARROGANCIA

viernes, 22 de abril de 2005 · 0 comentarios

Sigue el proceso de descomposición de España, ahora con dos golpes mortales a la línea de flotación: la familia. El mismo día. Lo que tengo que decir lo dice muy bien este artículo. Lo que queda es mucho por hacer.


Por EUGENIO NASARRE. Diputado del Grupo Popular
ABC, 22 de abril de 2005
Ayer fue un día aciago para el Parlamento. Con arrogancia y osadía una mayoría hizo lo que nunca debió hacer, lo que le aleja de la tradición democrática liberal: cambiar el nombre de las cosas, modificar el sentido de las palabras, pretender trastocar el orden de la naturaleza con la finalidad de exhibir impúdicamente la omnipotencia del poder legislativo. El pensamiento demoliberal clásico acuñó el famoso aforismo «el Parlamento puede hacerlo todo menos convertir al hombre en mujer». Quería decir con ello que la soberanía del Parlamento no podía convertir a su poder en algo absoluto y desmedido. Su poder era grande, pero debía respetar la naturaleza de las cosas. Es un pensamiento que nos advierte que traspasar ese límite supone deslizarse hacia la «ingeniería social», que, como sabemos por trágicas experiencias históricas, es la antesala de cualquier orden totalitario.
Con la euforia incontenible de muchos diputados y —quiero pensar benévolamente— grave miopía de algunos de ellos, ayer se produjo la más importante victoria del mayor enemigo de la libertad en nuestro tiempo: lo que hemos venido en llamar «el lenguaje políticamente correcto», que es la más sofisticada forma de «ingeniería social».
El «lenguaje políticamente correcto», con la finalidad de transformar radicalmente la sociedad, pretende cambiar el sentido de las palabras, condenar a otras y anatematizar a quien osa utilizarlas. Produce una «ruptura lingüística» y, por lo tanto, epistemológica con el pasado. Provoca, así, un debilitamiento letal de la continuidad de nuestra civilización. La pretensión de Lewis Carroll en «Alicia en el país de las maravillas» se hace realidad. El poder consiste en lograr que las palabras tengan un sentido distinto al que tenían, tengan el sentido que yo quiera darles.
¿Podemos aceptar resignadamente la nueva tiranía del «lenguaje políticamente correcto», que es la primera característica de las sociedades totalitarias que describen los autores de las utopías del siglo XX?. Algunos quieren quitar hierro a este enfoque del problema. Cambiar el nombre de las cosas sería algo secundario, incluso superfluo, que no merecería la menor preocupación. Quienes así piensan no saben que la batalla de la libertad se juega, en primer lugar, en el lenguaje. Por eso, lo que sucedió ayer en el Parlamento fue la victoria de la «ingeniería social» sobre la libertad.
Porque en nuestra civilización el matrimonio es una institución para la protección civil y social de la maternidad. Como la etimología del vocablo señala, sin posibilidad de maternidad no hay matrimonio. Desligar a esa institución de su fin primigenio, de su razón de ser, es desvirtuarla, con efectos de una enorme envergadura para el conjunto de la sociedad. Configurar como matrimonio, extendiendo todos los elementos de la institución, a la unión entre personas del mismo sexo es una pura falsedad y encierra la pretensión de un cambio radical de la sociedad. Es el intento de caminar hacia una sociedad en la que la natalidad ya no se basaría en la filiación natural, que, por exigencias de la naturaleza, es heterosexual. Esta doctrina se arropa con el fascinante señuelo a los ojos de muchos de nuestros contemporáneos de los «nuevos derechos», que, en muchos casos, no son otra cosa que pretensiones alimentadas por los nuevos ídolos del igualitarismo.
Ayer una mayoría parlamentaria trató de forzar un «orden de libertad», congruente con la naturaleza de las cosas, como base de las instituciones civiles. Creo que está suficientemente probado que la familia basada en el matrimonio (unión entre un hombre y una mujer), con igualdad plena de los cónyuges, y en los términos que establece nuestra Constitución, no sólo es compatible con una sociedad en libertad sino que contribuye decisivamente a ella. Defender el matrimonio propio de nuestra civilización es una noble causa. Es defender una sociedad que no quiere precipitarse por los senderos de la ingeniería social: que ya sabemos hacia dónde nos conducen.

UN PAPA BENDITO

jueves, 21 de abril de 2005 · 0 comentarios

Entre las muchas cosas que llevo leídas sobre el nuevo Papa, muchas y muy buenas la mayoría, este artículo me ha gustado de manera particular, es más, me ha emocionado. No dejéis de leerlo.


Por ALEJANDRO CIFRES. Director del Archivo de la Congregación para la Doctrina de la Fe/ABC, 21 de abril de 2005
ANTEAYER, en la tarde gris de una extraña primavera romana, muchos se llevaron algunas sorpresas. Sorprendente pareció, de hecho, que en el tiempo récord de 24 horas y cuatro votaciones, el Colegio de los Cardenales nunca antes tan variopinto, hubiera alcanzado el consenso suficiente para elegir a un Papa que recogiera, nada más y nada menos, que la herencia inmensa de Juan Pablo II el Grande.

Mayor aún la sorpresa de que el escogido fuera el cardenal alemán Joseph Ratzinger, que habiendo entrado en el cónclave como «papa», estaba destinado -según el viejo adagio romano- a salir de él como «cardenal». En efecto, si bien su nombre estaba entre los favoritos, su trayectoria, su fama de conservador a ultranza y el protagonismo mismo tenido durante la Sede Vacante como Decano del Colegio Cardenalicio lo daban para muchos como un candidato «quemado».

Finalmente la sorpresa del nombre: ni Juan, como el Papa bueno, ni Pablo, como el Papa de la modernidad, ni Juan Pablo o Pío como los gigantes que lo precedieron en el siglo apenas terminado, sino un nombre aparentemente pasado de moda, Benedicto, precisamente el del Papa quizás menos famoso y popular de todo el siglo XX.

Pero claro, estas son sorpresas sólo para quienes no conocían bien al Elegido, o para aquellos que se olvidan, aunque sea sólo por un momento, de la historia y de la naturaleza de la Iglesia, o simplemente miden la realidad sólo con criterios humanos.

Y es que en realidad hemos asistido a uno de esos acontecimientos extraordinarios, a uno de esos momentos de gracia en los que a los ojos del creyente e incluso del no creyente, si tiene la mirada limpia, se presenta en toda su claridad la santidad de la Iglesia, esposa de Cristo, guiada siempre por Él. Ya los acontecimientos -incluso los pequeños «detalles»- que rodearon el tránsito de Juan Pablo II fueron un diseño sorprendente de la Providencia, pero ya no es éste el momento de hablar de ello. Ahora es la elección de su sucesor la que no ha defraudado como revelación del misterio de amor con el que Cristo ama a su Esposa. Dios nos ha enviado en verdad un Pastor universal, un Vicario de Cristo, que es un hombre bendito y una bendición para toda la Iglesia, un «Benedictus».

No debería en efecto sorprender, para empezar, que los cardenales hayan elegido tan pronto, porque entre ellos ha primado la fe y el amor a la Iglesia, así como la profunda responsabilidad de ser fieles a la herencia dejada por el Papa Wojtyla. No debe tampoco sorprender que Ratzinger haya sido el escogido, porque es el hombre de la Providencia en estos momentos para el pueblo de Dios. Y tampoco sorprende que, en lugar de ir a buscar un nombre que definiera una u otra línea pastoral calcada de alguno de sus predecesores inmediatos, el nuevo Papa haya preferido el de Benedicto. Para los hispanoparlantes este nombre resulta un tanto confuso, porque se relaciona casi exclusivamente con el nombre de otros 15 Papas de remota memoria, pero en realidad, en latín y en italiano, Benedicto (Benedictus, Benedetto) no es otro que el nombre del Patrón de Europa, San Benito de Nursia, aquel que con su ejemplo y su palabra, y los de sus continuadores, alumbró la Europa cristiana, ésa que desgraciadamente hace años abandonó en gran parte las enseñanzas de Cristo y ahora parece querer olvidar sus propias raíces cristianas. Los que hemos colaborado con el cardenal Ratzinger sabemos cuánto le ha preocupado siempre la «pavorosa descristianización» de su amada Europa, tierra otrora fecunda de misioneros, que esparcieron el mensaje cristiano por los cinco continentes. Cuánto ha sufrido por el indiferentismo, el hedonismo, la secularización creciente. Él, que porta consigo la experiencia de una familia cristiana, cómo podía no tener en consideración el nombre del apóstol de Europa San Benito, y desear, ahora como Pontífice, contribuir a que ésta se redescrubra hija del Evangelio.

Ratzinger es el hombre al que muchos han tachado injustamente de inquisidor, de dogmático y cerrado al diálogo, de conservador a ultranza. Yo he tenido el privilegio de trabajar con él durante casi 14 años, la mitad del pasado Pontificado, y puedo por ello testimoniar que ninguno de esos clichés se adecuan a su persona. Nacido en Marktl am Inn, un pequeño pueblo de Baviera hace exactamente 78 años, creció en una familia sencilla de profunda religiosidad, donde cada don de Dios era recibido como una bendición, especialmente el don de la fe: su hermano mayor, Georg, sacerdote como él, y como él entregado al servicio de la Iglesia, a través de la Palabra y de la música, del que es un gran maestro; la única hermana, María, que decidió renunciar al matrimonio para cuidar de sus hermanos sacerdotes y que acompañó al que hoy es Papa en todos sus destinos, incluida Roma, hasta su muerte en 1991. Una familia, pues, de benditos, una familia para Dios en favor de los hombres. También el joven Joseph tuvo que realizar numerosas renuncias para servir a la Iglesia. Brillantísimo teólogo ya en los tiempos del Concilio -y considerado entonces, por cierto, como un teólogo casi «peligroso», osado y abierto, como en realidad lo es- tuvo que renunciar a su fulgurante carrera académica por obediencia a Pablo VI, que lo quiso Cardenal Arzobispo de Munich-Frising en 1977, y poco después abandonar su amada patria -sé muy bien cuánto la ama y sufre por ella- para venir a Roma, a recubrir el puesto quizás más odiado por gran parte de los colegas teólogos de su generación, el de Prefecto de lo que los recalcitrantes aún perseveran en llamar «ex Santo Oficio».

Durante casi 25 años ha servido y trabajado con humildad en el puesto que le había sido asignado, sin exigir nunca nada para sí, pobremente, sin llevar una vida de príncipe de la Iglesia, sin lujos ni compañías, más que la de su amada hermana hasta que el Señor se la llevó consigo; desde entonces ha vivido prácticamente solo, con un mínimo servicio, en un apartamento prestado, con la sola asistencia de sus secretarios, que por la mañana lo ayudaban en la Congregación y por las tardes en su infatigable estudio. El Cardenal Ratzinger ha sido el Prefecto que ha enseñado a todos lo que es trabajar, cumplir un horario, levantarse temprano y acostarse tarde para no dejar pendiente ninguno de los graves asuntos que el Papa y la Iglesia ponían en sus manos. Trabajador infatigable, animal de carga, como él mismo se definió cuando explicó en su libro «Mi vida», la razón del oso que campea en su escudo episcopal: «De la leyenda de Corbiniano -escribía-, fundador de la diócesis de Frising, he tomado la imagen del oso. Un oso -cuenta la historia- había matado al caballo del santo, mientras éste se dirigía a Roma. Corbiniano le reprochó ásperamente su crimen y como castigo cargó sobre sus espaldas el fardo que hasta entonces había portado el caballo, y lo obligó a llevarlo hasta Roma... También yo -proseguía el entonces Cardenal- he llevado mi equipaje a Roma, y ya hace muchos años que camino con mi fardo por las calles de la Ciudad Eterna. Cuando seré liberado, no lo sé, pero sé que también para mí vale aquello de «me he convertido en una bestia de carga, y es así como estoy cerca de ti» (cf. Sal 73, 22).

Los que lo hemos conocido sabemos cuántas veces había suplicado a Juan Pablo II que le permitiese abandonar su puesto, que le dejase regresar a la Selva Negra para poder escribir teología mientras las fuerzas aún se lo permitiesen. Y todos sabemos cuántas veces ha renunciado al derecho a jubilarse por ser fiel a Aquel que había puesto toda su confianza en él, por servir en definitiva al Vicario de Cristo y a la Iglesia. Hace apenas tres días, cuando celebrábamos en la Congregación su 78 cumpleaños, a punto de entrar en el Cónclave, nos confiaba con sus pequeños y pícaros ojos llenos de ilusión: «espero que el próximo Papa me confirme sólo unos pocos meses todavía al frente de la Congregación, justo lo necesario para elegir a mi sucesor». Y sabíamos que diciéndolo acariciaba ya su viejo sueño del retiro para sumergirse en las profundidades de su amada teología. Pero los caminos de Dios son diferentes, y el hombre bendito que vino de Alemania para defender la fe, a costa de su propia fama, estaba destinado por Dios a seguir siendo una bestia de carga, llevando sobre sus hombros, esta vez, el peso de toda la Iglesia.

Habemus Papam

martes, 19 de abril de 2005 · 0 comentarios

Biografía del Papa

Joseph Ratzinger es el sucesor de Juan Pablo II al frente de la Iglesia. Gobernará bajo el nombre de Benedicto XVI. 19 de abril de 2005
Oremus pro Beatissimo Papa nostro Benedicto

"fumata" negra

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Noicias - Segundo día de Cónclave, nueva "fumata" negra

A las 11,49 ha vuelto a salir humo negro de la chimenea de la Capilla Sixtina en señal de que los cardenales electores no han elegido al nuevo Papa.
Vatican Information Service, 19 de abril de 2005
Después de las dos votaciones matutinas, esta tarde, a las 16,00, los cardenales volverán a entrar en la Capilla Sixtina para votar al próximo Papa.

Los retos del nuevo Papa

lunes, 18 de abril de 2005 · 0 comentarios

Ahora que tanto se habla de lo que debería hacer el nuevo Papa, me ha gustado mucho este artículo de Manuel Bustos Rodríguez, catedrático de historia moderna de la universidad de Cádiz, en Granada Hoy: vale la pena.

EL acuerdo es casi unánime: el vacío dejado por Juan Pablo II será difícil de llenar. Con independencia de la religión o fe que se profese, incluso desde la simple increencia, cualquier persona con sentido común deberá reconocer en este Papa la figura de un gigante de la Historia; de esos personajes irrepetibles que sólo de muy tarde en tarde nos regala ésta. Terminado su paso por este mundo, los cardenales electos se reúnen ahora en Roma para elegir al sucesor del Papa fallecido.
Por muchas cábalas que hagamos, resulta imposible saber quién saldrá elegido. A Juan Pablo II no se le esperaba y, sin embargo, llegó. Para los que creemos que la Iglesia, por encima de los intereses humanos, tiene una asistencia especial de lo alto, el nuevo Pontífice será el que más convenga a la Iglesia y a la Humanidad de estos tiempos difíciles. Y, tal vez, no toque ahora un Papa tan expansivo como el que nos acaba de dejar. Pero, eso sí, deberá transparentar a Cristo. En todo caso, sí que podemos razonar desde nuestras coordenadas cuáles serán los retos, los desafíos que el nuevo sucesor de Pedro ha de afrontar. Pasemos a exponerlos con brevedad, utilizando la división conocida: desde dentro, es decir, desde el corazón mismo de la Iglesia que habrá de presidir, y desde fuera, desde el mundo.
Una tarea fundamental en los próximos años es la de impulsar la aproximación de los católicos al Magisterio de la Iglesia. En él se halla el depósito de la tradición apostólica transmitida e interpretada a lo largo de los siglos con la asistencia del Espíritu Santo. Juan Pablo II nos ha iniciado en este camino, pero hay todavía mucho espacio por recorrer. Puede parecer extraña esta propuesta. Sin embargo, en los tiempos postconciliares, por causas que no podemos desarrollar aquí, se ha introducido entre los católicos una especie de falsa dicotomía entre Jesús y la Iglesia, como si ésta, en lugar de transmitir en el tiempo, de acuerdo con las circunstancias cambiantes del mismo, la verdadera doctrina de Jesús, se hubiese dedicado a enturbiarla y oscurecerla.
En este sentido será muy importante que se anime a los fieles, y el legado del Papa fallecido puede ayudar mucho a ello, a tener un mayor cariño hacia la Iglesia. Pero conviene asimismo una purificación, tanto en el ámbito de los laicos como de los sacerdotes y religiosos. ¿Qué queremos decir con esto? El espíritu del Vaticano II sirvió a muchos, de forma más o menos consciente, en una época de profundos cambios, para confundir sus propios deseos con los objetivos conciliares. Ello, unido a la apertura que él mismo promovió, ha facilitado la pérdida de identidad del católico, de la que se han derivado importantes consecuencias, no siempre positivas, que hoy estamos sufriendo en la Iglesia. Una, evidente, es la mundanización o secularismo que se ha introducido entre no pocos de sus miembros, incapaces de distinguir las incompatibilidades entre el Evangelio y algunos presupuestos de la cultura actual.
Pero también será preciso abandonar esa especie de sincretismo hoy tan extendido, que en pro de escoger lo mejor de cada religión (a veces, en el fondo, no es sino una mera religiosidad a la carta) o del interculturalismo, sitúa en el mismo plano a un gurú que a Jesús o a Buda. O convierte a Cristo en una especie de energía cósmica al margen de la Encarnación. Finalmente, los resabios marxistas de interpretación del Evangelio y del papel de los cristianos en el mundo no han desaparecido del todo en la Iglesia, de la mano de cierta progresía trasnochada. Se avisa con frecuencia de los riesgos de convertir a la Iglesia en una gran ONG, preocupada casi en exclusiva por la acción social.
El segundo tipo de retos para las próximas décadas tiene que ver con la Humanidad en su conjunto. Veamos brevemente de qué se trata. Uno muy importante es, sin duda, el de la profunda desigualdad entre un mundo empobrecido, carente y hambriento, y una minoría, nosotros, exuberantes de bienes de consumo. Juan Pablo II se hizo en muchas ocasiones cercano de aquel, a la par que defendió a los más pobres. El nuevo Papa deberá insistir con fuerza en esto mismo.
Junto a todo ello, es preciso continuar el diálogo, desde la identidad católica, con las otras confesiones religiosas, que el Santo Padre fallecido ha impulsado tantas veces. Por último, la defensa del hombre y de la vida, que, de manera especial, adquiere tintes de urgencia en nuestras sociedades. Todos debieran de ser conscientes de la grave quiebra antropológica, del concepto mismo de lo humano, que se está produciendo, según vienen denunciando numerosos pensadores de calado, incluidos no creyentes. Aspectos como el aborto masivo, la eutanasia amenazante, los ataques a la familia natural constituida sobre la base de la unión del hombre con la mujer y la fidelidad mutua, las restricciones salvajes a la natalidad (deber primario de la especie), el impulso a la promiscuidad sexual, especialmente entre los jóvenes; por no recordar los enormes riesgos de la clonación y la manipulación de la vida en sus orígenes, representan hoy retos sin precedentes para la Iglesia de este milenio y para la conciencia moral de los hombres de nuestro tiempo.
La confabulación de intereses económicos con el hiperindividualismo, la presión de "lobbys" poderosos y el hedonismo ambiente ha creado una mezcla explosiva, cuyos efectos a medio y largo plazo, pueden ser catastróficos para la ecología del hombre.

AVA - Asociación Víctimas del Aborto

domingo, 17 de abril de 2005 · 1 comentarios

AVA


Queridos amigas y amigos:

Deseo presentarles la Asociación de Víctimas del Aborto de España (AVA), http://www.vozvictimas.org/, que ha surgido como iniciativa de mujeres que han sufrido un aborto, ciudadanos, abogados y profesionales universitarios de varios puntos de España, ante el creciente fenómeno del aborto provocado en nuestro país y la falta alternativas y de información sobre las graves repercusiones sociales y personales del mismo. AVA se encuentra debidamente inscrita en el Registro Nacional de Asociaciones con el número 172.123 y CIF G84237155.

La Portavoz de las Mujeres Víctimas del Aborto es María Esperanza Puente Moreno. La vivencia que le hace ser una experta en este grave problema social del aborto puede leerse aquí.

AVA busca realizar una labor mediática y de información a la sociedad de la realidad social, científica y estadística del aborto provocado, abordando también el problema del aborto acontecido por causas naturales o por imprudencia médica, en el mismo concepto de muerte de un ser humano en desarrollo.

AVA dispone una cuenta en PATAGÓN y os adjuntamos la hoja para hacerse socio de la misma aportando económicamente para que AVA siga siendo una realidad. Sólo hay que rellenarla, remitirla a su propio banco dando la orden de donativo mensual y enviar una fotocopia por correo a la sede de AVA, calle Fuencarral, 5-1 dcha. 28004, Madrid o bien un mail a info@vozvictimas.org.

Os animamos a la generosidad para vencer con abundancia de bien el gran mal del aborto. Gracias a vuestros donativos hemos podido asistir a decenas de mujeres y hombres que han sufrido un aborto provocado desde que empezamos hace ya casi año.

Un gran abrazo

Victoria Uroz Martínez, médico.
Secretaria de la Asociación de Víctimas del Aborto - AVA
c/ Fuencarral, 5-1 dcha
28004 Madrid

620 85 86 96 / 91 548 42 49

'Fumata' blanca

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JOSÉ GARCÍA ROMÁN/
IDEAL Granada, 17 de abril de 2005

LLEVO grabado en mi memoria el recuerdo de la muerte de Juan XXIII. Cuando se supo que entraba en la agonía, el mundo se conmovió y hasta algunos ateos 'rezaron' por su salud. A pesar de que en la Plaza de San Pedro una inmensa multitud esperaba el milagro, a las 19,49 del día 3 de junio de 1963 expiraba el 'Papa de la bondad', una gigantesca figura disfrazada de hombre gordito, de estatura pequeña y aspecto vulgar, que en menos de cinco años de pontificado conquistó cientos de millones de corazones, y cuya obsesión fue la de volver a hacer inteligible el mensaje cristiano, mostrando el verdadero rostro de Cristo y la misión de la Iglesia en un tiempo de cultura cambiante. Hoy aún me sigue sorprendiendo su expresión: «El Pontífice no hace cálculos políticos, se limita a sonreír y a amar evangélicamente». Y es que Juan XXIII poseía un arma muy poderosa: la sonrisa que fluía de un amor encarnado en una personalidad luminosa que supo abrir ventanas para propiciar renovación de aires, actitudes y compromisos. Cuando a su muerte los obispos pidieron a Pablo VI la beatificación, el Papa contestó que la Iglesia tiene su tiempo, mientras por las calles del mundo resonaban canciones dedicadas a su memoria, editadas en 'singles' cuyos minisurcos cantaban las virtudes del cautivador Juan XXIII.

Otro Papa, de los más breves de la historia, inició un cambio sorprendente cuando se asomó a la 'loggia' vaticana el 26 de agosto de 1978, como sucesor de Pablo VI, fallecido a las 21,45 del 6 de agosto. Se propuso establecer un comedor diario, dotado de los mejores servicios, para ir los domingos a servir a los pobres, imitando al papa Gregorio Magno. Era su afán. Por ello aquellas palabras que darían la vuelta al mundo: «Diez discursos menos y un testimonio de caridad más». ( ) «Los pobres y los enfermos son la eterna prueba con la que los cristianos miden la sinceridad y la verdad de su fe, ante Dios y los hombres La pobreza no es sólo un problema de pan, vestido y casa sino también de marginación, de soledad, de abandono, de enfermedad y de falta de alguien que te quiera, de falta de instrucción y de cultura, de libertad, de raza y de religión». No era partidario de sermonear a quien no tenía qué comer. Acostumbraba a recordar la siguiente exhortación de San Basilio: «El pan que os sobra, es el pan del hambriento; el vestido de más que tenéis en el armario, es el vestido de aquel que está desnudo; el dinero que tenéis guardado, es el dinero del pobre ». Fue generoso en afectos con los sacerdotes que habían abandonado el presbiterio, y dijo en voz alta que «los pastores, los curas y los obispos saben que no han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión de la salvación que la Iglesia ha recibido». Murió en la madrugada del 29 de septiembre de 1978, quedando escrito en el cielo del otoño romano el verso del poeta Biagio Marin, «Dios mío, soy una sonrisa tuya».

Cuando un vendaval dice aquí estoy yo, arranca superficialidades y deja al descubierto raíces poco profundas; pero después viene la calma, la reflexión ante la contemplación del paisaje. Aunque en los últimos días la palabra 'mediático' nos ha avasallado, y el poder se ha hecho omnipresente, he procurado que en mi corazón permaneciera la mirada misteriosa de un hombre que llegó al pontificado con una fortaleza física y atractivos singulares, recorrió el mundo como un huracán y al final de su vida no ocultó las huellas de la enfermedad, el lado desagradable de la vejez, en estos tiempos de 'lifting' que afectan a la misma interioridad del ser humano. No, no puedo añadir nada interesante a lo que se ha escrito sobre Juan Pablo II con motivo de su muerte, a quien hay que agradecer su paso excepcional por la vida. Pero me pregunto si el Evangelio lo entendemos mejor y lo practicamos más, si hemos olvidado que hay otra Iglesia no tan presente en los medios de comunicación, que sabe que cuando Jesús está en la cruz se produce la desbandada.

La fuerza de la Iglesia Católica radica en su debilidad. Por eso choca el comentario en una televisión sobre el Colegio de Cardenales al ser calificado como el club más prestigioso y antiguo del mundo -Pablo VI lo quiso suprimir, pero al final no lo hizo-, impropio de la Iglesia ni siquiera triunfante, pues siempre la carrera será en sentido contrario: la que conduce a los últimos puestos, el lugar de la elite del cristianismo, donde están los que dan de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos.

En estos días me ha llamado poderosamente la atención la siguiente reflexión del Cardenal Godfried Danneels de Bruselas: «Salimos de un periodo en que la Iglesia ha sido muy poderosa: prestigio, instituciones, personal, etc. Quizá Dios quiera purificarnos para que volvamos a la radicalidad evangélica, a la pobreza del Evangelio».

Católicos y no católicos, que saben que ya se produjo la 'fumata' hace dos mil años -por más señas en la ciudad de Belén, en un establo, con un humo blanquísimo que deslumbró el cielo escribiendo con letras gigantescas aquello de «Paz a los hombres de buena voluntad»-, esperan de la chimenea de la Capilla Sixtina una noticia de cercanía y servicio, de comprensión y brazos abiertos, el humo blanco de un hombre blanco que pinte el mundo de un blanco de paz, sea guía de umbrales de esperanza y sepa explicar quiénes son los primeros en la Iglesia. Juan Pablo I decía: «Jesús no me preguntará si ayuné, canté, recé o hice bonitos discursos, si promoví congresos y Sínodos, conmemoraciones y solemnes celebraciones de aniversario, sino si amé a los desheredados, a los que todos rechazan».

Espero un Papa que se eche al hombro parte del rebaño que por muchas razones está alejado de la grey y que su fe es credencial valiosa, fuente de regocijo por una vuelta que la Iglesia necesita, y cuyo principal mandato es amar y servir a todos, y por encima de todo. Un Papa que sea «profeta poderoso en obras y palabras», preste su voz a los que no la tienen -cada vez son más-, señale con el dedo a los de la primera fila, a los que hacen y deshacen a sus anchas en el mundo de las finanzas y de la política, sea bálsamo para heridas que sangran y esperanza para los angustiados, incremente el potencial de energía espiritual y moral convocando un nuevo concilio y suprima títulos del Anuario pontificio, quedando el de Obispo de Roma y Servidor de servidores, es decir, el último, a imitación del Maestro: el único que es Santo y Grande, a quien tenemos un poco apartado de la escena. Un Papa, en fin, capaz de aportar soluciones ante el desafío de la bioética, la globalización y la cultura moderna.

Cadena de Oración

viernes, 15 de abril de 2005 · 0 comentarios

Cadena de Oración
"Os he buscado siempre y ahora venís a mí"

Te invitan a participar en una cadena de oración, sólida y contínua mientras dura el Cónclave.
Quieren estar en oración las 24h del día para dar gracias por Juan Pablo II y pedir al Espíritu Santo que ilumine a los cardenales y al nuevo Papa.
Reserva tu tiempo de oración, escoge el día y el tramo de 30 min. en el que quieras unirte en oración a esta cadena.

Con el pretexto de la muerte

jueves, 14 de abril de 2005 · 0 comentarios

Ramón Piedra Sánchez, profesor titular de álgebra de la universidad de sevilla
GRANADA HOY, 14 de abril de 2005
LA reacción popular de cariño y admiración por Juan Pablo II viene desbordando hasta límites inimaginables todas las previsiones. Los medios no están pudiendo menos que intentar encauzar, admirados y desbordados por la enormidad de la reacción popular, ésta que se ha convertido en noticia de noticias.
No obstante, algunas personas y medios que habitualmente han sembrado críticas, siempre negativas, a la Iglesia Católica, a duras penas disimulando su asombro, han adoptado un rápido cambio de estrategia para no ser arrastrados por este tsunami humano. Con el pretexto de la muerte de Juan Pablo II se opta por difundir mensajes confusos: se empieza por alabanzas genéricas, adoptando un "sí" inicial, como captatio benevolentiae del lector para, a continuación, arremeter sin pudor alguno contra el mismo corazón de las intenciones del Papa y de la doctrina de la Iglesia.

Se recurre habitualmente al trillado tópico de su conservadurismo en moral personal, sexual y familiar. Se establece que Juan Pablo II se ha opuesto al avance de la ciencia a favor de la salud y de la vida humana (caso de la investigación con células madre embrionarias), cuando, muy al contrario, nadie como él ha estado abierto al auténtico avance de la ciencia y de la técnica, que no podrá ser verdadero progreso si no es a favor de la salud y de la vida de todos los hombres y mujeres sin discriminación, esto es: también de los embriones humanos (todos hemos sido embriones), de los niños concebidos pero aún no nacidos (no al aborto) y, en general, de la defensa de la vida humana en todas sus fases y circunstancias (eutanasia, pena de muerte, guerra, etcétera).
El mensaje de que las masas del Tercer Mundo mueren de sida por culpa de las enseñanzas del Papa sobre la sexualidad humana, como se nos intenta convencer, se topa con la obstinada realidad de los números: la presencia de la Iglesia Católica en el África subsahariana y Asia meridional es del 10% de la población, pero allí se concentran en 2004 el 80% de los enfermos mundiales del sida. Compárense estas cifras con otros lugares de niveles de renta similares, en donde la Iglesia Católica sí es mayoritaria.
Otros comienzan aludiendo a la libertad y a la democracia que Juan Pablo II ha defendido ante diversos regímenes totalitarios, y ha manifestado en su comportamiento personal, para poner luego en entredicho el respeto de la libertad dentro de la propia Iglesia. Se aplican al Pueblo de Dios categorías meramente políticas e intramundanas de competitividad por cuotas de poder (legítimas en sí para el gobierno de la cosa pública), pero que distorsionan la imagen de la Iglesia como realidad sobrenatural en la que prima el servicio, a imagen de Cristo que se hizo el último y el Siervo de todos, y donde su Vicario en la tierra tiene como principal título el ser "el siervo de los siervos de Dios".
A Jesucristo mismo traicionaríamos si hiciésemos una interpretación reduccionista de ese Sacramento de Cristo, que es la Iglesia (cf Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 9.5.8). Es lógico que semejante análisis desde la fe católica sea difícil de comprender, si no imposible, para aquellos que no la han recibido de Dios; pero resulta paradójico y doloroso que se esgriman estas categorías hermenéuticas por parte de algún cristiano e incluso sacerdotes y docentes. Más aún, sorprende leer estas quejas de falta de libertad de los que la están ejerciendo desde medios católicos o desde centros de estudios católicos.
¿Y la opción preferencial por los pobres? Resulta de todo punto falso acusar genéricamente a quienes pastorean la Iglesia de ignorar esta opción, cuando tanto en las enseñanzas como, primero que nada, en la vida de toda la Iglesia el servicio a los más pobres es preferencial (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 2443-2463, Ecclesia in Europa, cap. V). ¿Dónde, si no, las Hermanas de la Caridad de Teresa de Calcuta (con una casa precisamente en el mismo Vaticano), o las Hermanas de la Cruz o los cientos de congregaciones religiosas e instituciones laicales dedicadas al servicio a los más pobres? ¿Dónde la inmensa red capilar de Caritas por toda la Tierra?
No es esa opción una exclusiva de cierta Teología de la Liberación en la que se hacía una interpretación de la fe cristiana desde el marxismo, con el resultado de una teoría y una praxis reduccionista desde la lucha de clases y la dictadura del proletariado.
En mi opinión, la respuesta popular desplegada ante la desaparición de Juan Pablo II demuestra el reconocimiento de la grandeza de una persona coherente, que ha vivido lo que ha predicado y ha predicado lo que ha vivido. Por tanto, pretender parcelar sus opiniones "progresistas" de sus opiniones "conservadoras" es inaceptable. Jesucristo ha ofrecido a la humanidad un camino de salvación del que Juan Pablo II ha sido un fidelísimo guía.

PLANTEMOS CARA A LA MUERTE

martes, 12 de abril de 2005 · 0 comentarios

Por Jorge TRIAS SAGNIER/
ABC 11 de abril de 2005
A mí me parece increíble lo que ha ocurrido en el hospital Severo Ochoa de Leganés, donde un médico anestesista, calificado de «progresista» por los corifeos de la cultura de la muerte, decidía sobre cómo y cuándo debían morir los enfermos terminales. Lo cierto es que desde que se ha apartado a este médico de su cometido, como desveló el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, nadie ha vuelto a morir en el servicio de Luis Montes. Es terrible. Pero lo más indigno de toda esta macabra historia es que el Partido Socialista madrileño y el sindicato CC.OO. apoyen esa forma de proceder del médico sin pararse, siquiera, a investigar qué es lo que ahí pasaba. ¿No tienen derecho las familias de los muertos a que se les dé una explicación? ¿Pretende CC.OO. que a partir de ahora se le denomine CCMM, es decir, Comisiones de la Muerte? ¿Ha pensado Simancas las consecuencias de su insensata forma de proceder en el debate que se produjo en la Asamblea? ¿Es esa la política que se nos propone desde la «progresía»?

Toda la semana pasada estuvimos absortos ante las noticias que nos fueron llegando desde Roma. Primero asistimos al final de una agonía llena de dignidad y luego a los funerales y entierro de un hombre que pasó por esta tierra haciendo nada más -¡y nada menos!- que el bien. Millones de personas se trasladaron a la Ciudad Eterna a decir su último adiós al Papa; y se calcula que miles de millones de seres humanos siguieron por televisión el entierro de Juan Pablo II, el Papa que hizo de la defensa de la vida una de las divisas de su pontificado. ¿No son suficientes esos signos para que aquí, el «progresismos» militante, se dé cuenta por dónde fluyen los sentimientos de la humanidad? ¿Alguien, en su sano juicio, puede pensar que Lamela o la presidenta Aguirre tomaría una medida cautelar de ese calibre, como la separación del servicio de un médico por muertes injustificadas en su servicio, sin estar muy seguros de lo que hacían? La vida humana, pregunto: ¿va a depender de lo que decida un jefe de servicio? Y si va a ser así, sugiero a todos los ciudadanos, por si alguna vez entran en los servicios de urgencias de hospitales públicos, que tengan redactado algún documento prohibiendo tajantemente que se manipule su salud por militantes de Comisiones Obreras. La vida humana, ¿no merece un respeto y una explicación cabal sobre lo que se hace con ella?
Confío en que el secretario general de Comisiones Obreras, que parece un hombre sensato, y que además es medico, ponga un poco de sensatez en ese sindicato. Y también confío en que el Partido Socialista recapacite sobre su actitud. Mientras tanto invito a que mostremos nuestro apoyo masivo para que se investigue hasta el final lo que ocurrió en ese hospital y lo que ocurre en otros de los que no se habla tanto. Ya no es por una cuestión de afinidad política, sino simplemente por un problema de dignidad personal y de autoestima: apoyemos sin fisuras al consejero y a la presidente porque sin duda, en esto y en tantas otras cosas, sólo les mueve el bien común. En cualquier caso, seamos valientes o, simplemente, prudentes, y aprendamos a plantar cara a esa cultura de la muerte.

El Papa de la esperanza

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EVARISTO AGUADO RAIGÓN/SECRETARIO GENERAL DE EMASAGRA
IDEAL Granada, 12 de abril de 2005
LA virtud más propia del hombre para vivir en libertad es la esperanza. San Agustín lo expresó bien cuando hablaba del caminante: si pierde la esperanza de llegar a término, se detiene. ¿Para qué seguir si todo esfuerzo carece de sentido?
Juan Pablo II ha llenado de esperanza al mundo y, sobre todo, a Occidente. Definía nuestra cultura como la «cultura de la muerte». Nos falta ilusión, ganas de vivir, nos refugiamos en el placer inmediato, el consumismo, el confort y la diversión. Tenemos miedo a quedamos a solas con nosotros mismos y necesitamos ir a todas partes con los auriculares puestos, oyendo música, con la radio encendida o viendo la televisión aunque nos aburra. Incluso entre muchos católicos se ha olvidado el sentido del recogimiento interior, de la oración «encerrado en tu aposento», a solas con Dios.


El Papa rezaba continuamente. Llevaba siempre el Rosario en la mano, también cuando estaba con las multitudes. No sabía estar distraído, disperso, desparramado; estaba siempre con Dios y con los hombres. Rezaba por todos. Llevaba sobre sí el peso de la humanidad entera. Quizás no éramos muy conscientes entonces, pero los frutos de tanta oración han sido abundantes: muchos hemos recuperado la esperanza, sabemos que vale la pena vivir y sufrir, porque nos ha enseñado el valor del sacrificio y del dolor.
En la 'Fides et ratio' (n. 71) escribió: «los cristianos aportan a cada cultura la verdad inmutable de Dios, revelada por Él en la historia y en la cultura de un pueblo De esto deriva que una cultura nunca puede ser criterio de juicio y menos aún criterio último de verdad en relación con la revelación de Dios». Estas palabras nos vienen muy bien a nosotros, que creemos ingenuamente que poseemos el monopolio de la verdad y del bien, de la defensa de los Derechos Humanos, y juzgamos a los demás, también a la Iglesia, con criterios temporales, relativos y superficiales. Juan Pablo II nos ha mostrado que, si Occidente pierde sus raíces cristianas, los valores que han fundamentado su cultura se vuelven contra el hombre y se convierten en un peligro contra la vida y la convivencia.

Es duro tener que reconocer estas verdades y, sin embargo, basta ser mínimamente objetivos para aceptar el diagnóstico. «Se ha de tener presente que uno de los elementos más importantes de nuestra condición actual es la 'crisis del sentido'» (n. 81). La ciencia avanza continuamente, los medios de comunicación nos informan de todo en cuanto sucede, la educación llega a todos; creemos que lo sabemos todo, pero desconocemos el sentido de tantos conocimientos y tanta información. Por eso vivimos al día, tomando decisiones sin criterio, movidos por impresiones, sentimientos o slogans; vamos muy deprisa, pero no sabemos a dónde. Quizás porque la velocidad es la única fuente de placer que hemos inventado.
Juan Pablo II, sin embargo, insiste: «lo más urgente hoy es llevar a los hombres a descubrir su capacidad de conocer la verdad y su anhelo de un sentido último y definitivo de la existencia» (n. 102). Estamos tan atiborrados de bienes materiales que hasta el anhelo más profundo del hombre hemos reducido al silencio. Sus enseñanzas y el ejemplo de su vida santa han movido al mundo, han reducido a escombros el telón de acero y el muro de Berlín. Pero todavía debe caer otra muralla: la de la suficiencia revestida de superficialidad, la que Occidente ha levantado, un muro de papel y de ondas, un muro mediático y virtual que nos impide conocer la verdad y llenar de sentido, de esperanza, nuestra vida.

Los milagros secretos

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JUAN MANUEL DE PRADA/
ABC, 11 de abril de 2005
A la postre, por mucho rollo de intrigas vaticanas con que se aderece el asunto, la elección del nuevo Papa será inteligible sólo desde la inspiración divina, esto es, desde el misterio Cónclave: a la postre, por mucho rollo de intrigas vaticanas con que se aderece el asunto, la elección del nuevo Papa será inteligible sólo desde la inspiración divina, esto es, desde el misterio. Naturalmente, en este aserto subyace una concepción mística del mundo; pero cuando falta esa concepción, ¿para qué interesa saber quién haya de ser el próximo Papa?
Mentecatez contemporánea
Puedo afirmarlo sin rebozo: de niño creía en los cuentos de hadas; ahora que soy algo más talludito creo en los milagros, infinitamente más probables que las leyes físicas. La mentecatez contemporánea concibe el milagro como una parafernalia aparatosa y cataclísmica; ni siquiera la Iglesia, en su milenaria acumulación de sabiduría, ha logrado sustraerse del todo a esta superstición. En estos días se habla mucho sobre la posible canonización sumarísima del Papa. Para apoyar este empeño, se han empezado a recolectar sus milagros más retumbantes: su secretario, monseñor Dziwisz, ha revelado a la prensa la curación portentosa de un millonario judío aquejado de un tumor cerebral; desde la diócesis de Zacatecas, en México, se alega el caso de un niño leucémico que sanó de su enfermedad tras recibir un beso del Papa; también una muchacha hidrocéfala paraguaya se liberó de su dolencia tras la visita de Juan Pablo II a su país. Esta retahíla de milagros, tan admirable, es a un tiempo baladí: el mismo Cristo siempre experimentó una suerte de hastío o reticencia cuando alguien se acercaba a él reclamándole que realizara un milagro; de hecho, su milagro más vertiginosamente hermoso, el de su resurrección, lo completa en secreto y sólo se lo revela a sus amigos más dilectos. En realidad, mucho más asombroso que curar a un ciego es convertir a alguien en un hombre nuevo: cuando Jesús, sirviéndose sólo de su fuerza sugestiva, consigue que unos burdos y mezquinos pescadores abandonen sus barcas y lo sigan, está obrando un milagro infinitamente más conmovedor que cuando borra las llagas del cuerpo de un leproso.
Esa fuerza sugestiva del Galileo la tenía también Juan Pablo II. Su existencia ha sido una constante irradiación de santidad, una sucesión de milagros secretos que, agregados, abultarían más que cualquier mamotreto redactado por los relatores de las causas de canonización. En estos días he tenido oportunidad de conocer muchos de estos milagros secretos, hasta convertir mi estancia romana en una gozosa pululación de lo misterioso. Un sacerdote milanés me contaba ayer mismo que, en la noche de la muerte del Papa, una cincuentona que había vivido apartada de la Iglesia durante más de treinta años le solicitó confesión; en la misa de vigilia que acto seguido se celebró, esa misma mujer comulgó con los ojos arrasados de lágrimas y el rostro ensanchado por una sonrisa. ¿No es éste acaso un milagro más perturbador y gozoso que curar a un paralítico? También una mujer valenciana, escarnecida o siquiera puteada por sus compañeros de trabajo a causa de su religiosidad, obtuvo de su empresa permiso para viajar a Roma y asistir a las exequias del Pontífice; cuando ya se disponía a abandonar la oficina, sus compañeros fueron desfilando ante su mesa, pidiéndole que los encomendara en sus oraciones cuando se hallase ante el túmulo papal. «Yo, por supuesto, lo hice; y al poco me empezaron a llamar por teléfono, dándome las gracias y asegurándome que se sentían infinitamente reconfortados», me confía. ¿No atestiguan estas palabras la realidad del milagro?
Sentido común
Reconocer el milagro no es más que vindicar el reino luminoso del sentido común. El misticismo es la única forma de cordura posible que resta en el mundo. Dejemos, pues, que los locos se afanen y se desvelen con sus cábalas de «papables»; a la postre, sólo les quedará entre las manos el papelote donde emborronaron sus combinaciones, que es tan inútil y engendra tanta melancolía como el recibo de la lotería que no ha resultado agraciado. Por cierto, ¿por qué demonios la gente cree que le puede tocar la lotería y no cree en la posibilidad, infinitamente más real, del milagro?

Testamento de Juan Pablo II

domingo, 10 de abril de 2005 · 0 comentarios

6.3.1979
Totus tuus ego sum
En el nombre de la Santísima Trinidad. Amén.
“Velad, porque no sabeís el día en que vendrá nuestro Señor” (cf. Mt 24, 42)- estas palabras me recuerdan la última llamada, que tendrá lugar en el mometo en que el Señor así lo quiera. Deseo seguirlo y deseo que todo aquello que hace parte de mi vida terrena me prepare para este momento. No sé cuando sucederá, pero como todo, también en este momento me pongo en las manos de la Madre de mi Maestro: Totus Tuus. En las mismas manos maternas dejo todo y Todos aquellos con los que me ha relacionado mi vida y mi vocación. En estas Manos dejo sobretodo a la Iglesia, y también a mi Nación y a toda la humanidad. Agradezco a todos. A todos pido perdón. Pido también la oración, para que la Misericordia de Dios se muestre más grande que mi debilidad e indignidad.

Durante los ejercicios espirituales he releído el testamento del Santo Padre Pablo VI. Esta lectura me ha impulsado a escribir el presente testamento.
No dejo tras mio alguna propiedad de la que sea necesario disponer. En cuanto a las cosas de uso cotidiano que me servían, pide que sean distribuídas como sea oportuno. Los apuntes personales sean quemados. Pido que por esto vigile don Stanislao, a quien agradezco por su colaboración y la ayuda tan prolongada por los años y tan compresiva. Todos los otros agradecimientos, en cambio, los dejo en el corazón delante de Dios mismo, porque es difícil expresarlos.
Por lo que se refiere al funeral, repito las mismas disposiciones, que dio el Santo Padre Pablo VI (el sepulcro en la tierra, no en un sarcófago).

“apud Dominum misericordia
et copiosa apud Eum redemptio”
Roma, 6.III.1979
Después de la muerte pido la Santa Misa y oraciones
5.III.1990
***
Hoja sin fecha:
Expreso la más profunda confianza en que, no obstante mi debilidad, el Señor me concederá cada gracia necesaria para afrontar según Su voluntad cualquier tarea, prueba y sufrimiento que quiera requerir de Su siervo, en el curso de la vida. Tengo también confianza que no permitirá jamás que, mediante alguna aproximación mia: palabras, obras u omisiones, pueda traicionar mis obligaciones en esta santa Sede Petrina.
***
24.II- I.III.1980
También durante estos ejercicios espirituales he reflexionado sobre la verdad del Sacerdocio de Cristo en la perspectiva de aquel Tránsito que para cad uno de nosotros es el momento de nuestra muerte. De la despedida de este mundo- para nacer a otro, al mundo futuro, signo elocuente (decisivo) es para nosotros la Resurrección de Cristo.
He leído entonces la registración de mi testamento del último año, hecha también durante los ejercicios espirituales- la he comparado con el testamento de mi grande Predecesor y Padre Paolo VI, con aquel sublime testimonio sobre la muerte de un cristiano y de un papa- y he renovado en mí la conciencia de las cuestiones, a las cuales se refiere la registración del 6.III.1979 preparada por mi (en modo sobretodo provisorio).
Hoy deseo agregar a esta solo esto, que cada uno debe tener presente la perspectiva de la muerte. Y debe estar listo para presentarse delante del Señor y del Juez- y contemporanemente Redentor y Padre. Entonces yo también tomo en consideración esto continuamente, confiando aquel momento decisivo a la Madre de Cristo y de la Iglesia- a la Madre de mi esperanza.
Los tiempos, en los que vivimos, son indeciblemente difíciles e inquietos. Difícil y dura se ha tornado también el camino de la Iglesia, prueba característica de estos tiempos- tanto para los Fieles, como para los Pastores. En algunos Países (como por ejemplo en aquel sobre el que he leído durante los ejercicios espirituales), la Iglesia se encuentra en un perido de persecución tal, que no es inferior a aquellos de los primeros siglos, es más, los supera por el grado de despiadad y odio. Sanguis martyrum- semen christianorum. Y además de esto- tantas personas desaparecen inocentemente, también es este País en el que vivimos...
Deseo aún una vez más confiarme totalmente a la gracia del Señor. Él mismo decidirá cuando y como debo terminar mi vida terrena y el ministerio pastoral. En la vida y en la muerte Totus tuus mediante la Inmaculada. Aceptando desde ahora esta muerte, espero que el Cristo me de la gracia para el último pasaje, es decir (mi) Pascua. Espero también que la haga útil para esta causa más importante que busco servir: la salvación de los hombres, la salvaguardia de la familia humana, y en ella de todas las naciones y los pueblos (entre ellos me dirijo también en modo particular a mi Patria terrena), útil para las personas que en modo particular me ha confiado, por la cuestión de la Iglesia, para la gloria del mismo Dios.
No deseo agregar nada a aquello escrito un año atrás- solo expresar este estar listo y contemporaneamente confianza, a la cual los presentes ejercicios espirituales de nuevo me han dispuesto.
Juan Pablo II
***
Totus Tuus ego sum
5.III.1982
En el curso de los ejercicios espirituales de este año he leído (más veces) el texto del testamento del 6.III.1979. No obstante que aún lo considero provisorio (no definitivo), lo dejo en la forma en que existe. No cambio (por ahora) nada, y tampoco agrego, en lo que se refiere a las disposiciones contenidas en él.
El atentado contra mi vida el 13.V.1981 en algún motivo ha confirmado la exactitud de las palabras escritas en el periodo de los ejercicios espirituales de 1980 (24.II- 1.III).
Aún más profundamente siento que me encuentro totalmente en las Manos de Dios- y permanezco continuamente a disposición de mi Señor, confiándome a Él en Su Inmaculada Madre (Totus Tuus).
Juan Pablo II
***
5.III.82
En relación con la última frase de mi testamento del 6.III.1979 (“sobre el lugar, el lugar del funeral, decida el colegio Cardenalicio y los Connacionales)- aclaro que tengo en mente: el metropólita de Cracovia o el Consejo General del Episcopado de Polonia- al Colegio Cardenalicio pido en tanto de satisfacer en cuanto sea posible las eventuales preguntas de los nombrados arriba.
***
1.III.1985 (en el curso de los ejercicios espirituales)
Todavía- en lo que se refiere la expresión “Colegio Cardenalicio y los Connacionales”: el “Colegio Cardenalicio” no tiene ninguna obligación de interpelar sobre este argumento “los Connacionales; sin embargo puede hacerlo, si por algún motivo lo considere justo.
JP II
Los ejercicios espirituales del año jubilar 2000
(12-18.III)
(para el testamento)
1. Cuando el día 16 de octubre de 1978 el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el Primado de Polonia Card. Stefan Wyszynski me dijo: “La tarea del nuevo papa será la de introducir a la Iglesia en el Tercer Milenio”. No sé si repito exactamente la frase, pero por lo menos ese era el senido de aquello que entonces escuché. Lo dijo el Hombre que ha pasado a la historia como Primado del Milenio. Un gran Primado. He sido testimonio de su misión, de Su total confianza. De Sus luchas: de Su victoria. “La victoria, cuando suceda, será una victoria mediante María”- estas palabras de su Predecesor, el card. August Hlond, solía repetir el Primado del Milenio.
En este modo he estado preparado en algún modo para la tarea que el día 16 de octure de 1978 se ha presentado a mí. En el momento en que escribo estas palabras, el Año Jubilar del 2000 es ya una realidad en acto. La noche del 24 de diciembre de 1999 fue abierta la simbólica Puera del Gran Jubileo en la Basílica de San Pedro, seguidamente aquella de San Juan de Letrán, después de Santa María la Mayor- en año nuevo, y el día 19 de enero la Puerta de la Basílica de San Pablo Extramuros. Este último hecho, dado su carácter ecuménico, ha quedado imprimido en la memoria en modo muy particular.
2. En la media en que el Año Jubilar 2000 va adelante, de día en día se cierra tras de nosotros el siglo veinte y se abre el siglo veintuno. Según los designios de la Providencia me ha sido concedido vivir en el difícil siglo que está yendo al pasado, y ahora en el año en el que la edad de mi vida alcanza los ochenta años (“octogesima adveniens”), es necesario preguntarse si no es tiempo de repetir con el bíblico Simeón “Nunc dimittis”.
El día 13 de mayo de 1981, el día del atentado al Papa durante la audiencia general en Plaza San Pedro, la Divina Providencia me ha salvado en un modo milagroso de la muerte. Aquél que es único Señor de la vida y de la muerte Él msmo me ha prolongado esta vida, en un cierto modo me la ha donado nuevamente. Desde este momento mi vida pertenece aún más a Él. Espero que Él me ayudará a reconocer hasta cuando debo continuar este servicio, al cul me ha llamado el día 16 de octubre de 1978. Le pido de querer llamarme cuando Él mismo lo quiera. “En la vida y en la muerte pertenecemos al Señor... somos del Señor” (cf. Rm 14, 8). Espero también que hasta que me sea donado cumplir el servicio Petrino en la Iglesia, la Misericordia de Dios quiera prestarme las fuerzas necesarias para este servicio.
3. Como cada año durante los ejercicio espirituales he leído mi testamento del 6.III.1979. Continuo manteniendo las disposiciones contenidas en él. Aquello que entonces, y también durante los sucesivos ejercicios espirituales fue agregado constituye un reflejo de la difícil y dura situación general, que ha marcado los años ochenta. Desde el otoño del año 1989 esta situación ha cambiado. El último decenio del siglo pasado ha estado libre de las precedentes tensiones; esto no significa que no haya portado consigo nuevos problemas y dificultades. En modo particular sea alabada la Providencia Divina por esto, que el periodo de la así llamada “guerra fría” ha terminado sin el violento conflicto nuclear, cuyo peligro pesaba sobre el mundo en el periodo precedente.
4. Estando en el umbral del tercer milenio “in medio Ecclesiae”, deseo aún una vez más expresar gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, al que junto con la entera Iglesia- y sobretodo con el entero episcopado- me siento deudor. Estoy convencido que aún por largo tiempo será dado a las nuevas generaciones descubrir las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha dejado. Como obispo que ha participado al evento conciliar desde el primer hasta el último día, deseo confiar este gran patrimonio a todos aquellos que son y serán los futuros llamados a realizarlo. Por mi parte agradezco al eterno Pastor que me ha permitido servir a esta grandísima causa en el curso de odos los años de mi pontifiado.
“In medio Ecclesiae”... desde los primeros años del servicio episcopal- resalto que gracias al Concilio- me fue dado experimentar la fraterna comunión del Episcopado. Como sacerdote de la Arquidiócesis de Cracovia había experimentado que cosa fuese la fraterna comunión del presbiterio- el Concilio ha abierto una nueva dimensión de esta experiencia.
5. ¡Cuántas personas debería nombrar! Probablemente el Señor Dios ha llamado a Sí la mayoría de ellas- en cuanto a aquellos que aún se encuentran en esta parte, las palabras de este testamento las recuerden, todos y por todas partes, donde sea que se encuentren.
En el curso de más de veinte años en los que realizo el servicio Petrino “in medio Ecclesiae” he experimentado la benévola y como nunca fecunda colaboración de tantos Cardenales, Arzobispos y Obispos, tantos sacerdotes, también personas consagradas- Hermanos y Hermanas- en fin tantísimas personas laicas, en el ambiente curial, en el Vicariato de la Diócesis de Roma, así como fuera de estos ambientes.
¡Como no abrazar con grata memoria a todos los Episcopados del mundo, con los cuales me he encontrado en el sucederse de las visitas “ad limina Apostolorum”! ¡Cómo no recordar también a tantos Hermanos cristianos- no católicos! ¡Y al rabino de Roma y así numerosos representantes de las religiones no cristianas! ¡Y a cuantos representan en el mundo de la cultura, de la ciencia, de la política, de los medios de comunicación social!
6. En la medida en que se acerca el límite de mi vida terrena regreso con la memoria al inicio, a mis Padres, al Hermano y a la Hermana (que no he conocido, porque murió antes de mi nacimiento), a la parroquia de Wadowice, donde he sido bautizado, a aquella ciudad de mi amor, a los coetaneos, compañeros y compañeras de la escuela elemental, del gimnasio, de la universidad, hasta los tiempos de la ocupación, cuando trabajé como obrero, y en seguida a la parroquia de Niegowie, a aquella Cracoviana de San Floriano, a la pastoral de los académicos, al ambiente... a todos los ambientes... a Cracovia y a Roma... a las personas que en modo especial me han sido confiadas en el Señor.
A todos quiero decir una sola cosa: “Dios os recompense”
“In manus Tuas, Domine, commendo spiritum meum”
A.D.
17.III.2000
***
[Texto original en polaco / Traducción: Aci Digital]

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