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jueves, 24 de febrero de 2005 · 0 comentarios


CARTA APOSTÓLICA DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
A LOS RESPONSABLES DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
Desde el Vaticano, 24 de enero de 2005, memoria de san Francisco de Sales, patrono de los periodistas.

Pistas para detectar el empuje laicista en un Estado democrático

miércoles, 23 de febrero de 2005 · 0 comentarios


Entrevista con el profesor Rafael Navarro-Valls
MADRID, domingo, 30 enero 2005 (Zenit).- A raíz
del discurso que Juan Pablo II dirigió el lunes pasado a obispos españoles en visita «Ad Limina», y de las interpretaciones inexactas que durante la semana se han hecho de sus palabras, Rafael Navarro-Valls --catedrático de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid-- ha accedido a aclarar para Zenit algunos puntos -como la distinción entre laicidad y laicismo-- cuya consideración es necesaria en el análisis de las relaciones Iglesia-Estado.
Rafael Navarro-Valls es también secretario general de la Real Academia de
Jurisprudencia y Legislación de España (rajyl.insde.es) y presidente de su sección de Derecho Canónico y
Eclesiástico del Estado. La institución, cuyo origen se remonta a 1730, tiene como fines la investigación y la práctica del Derecho y de sus ciencias auxiliares, debiendo, además, contribuir a las reformas y progresos de la legislación española.
--En su discurso a los obispos españoles (Cf.
Zenit, 24 enero 2005), Juan Pablo II no aludió al gobierno, pero advirtió «en el ámbito social» de España la difusión de «una mentalidad inspirada en el laicismo» y alertó de que esta ideología «lleva gradualmente» «a la restricción de la libertad religiosa
hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública». Hace un año, ante el cuerpo diplomático, el Papa distinguía el laicismo de la legítima laicidad, entendida como la «distinción entre la comunidad política y las religiones» (Cf. Zenit, 12 enero 2004). ¿Qué rasgos caracterizan una «sana» laicidad en un Estado democrático?

--Rafael Navarro-Valls: Hoy se observa el renacer de la noción de laicidad en los textos legislativos e incluso en la jurisprudencia. Este renacer va unido a un cambio de ritmo del propio concepto de laicidad, en el que la
arcaica visión del laicismo como mecanismo de defensa frente a las religiones viene sustituido por una «laicidad positiva». Así ocurre, por ejemplo, en una serie de recientes sentencias del Tribunal Constitucional italiano, del Tribunal Constitucional español y del Tribunal Supremo Federal norteamericano. Por ejemplo, el Tribunal Constitucional español ha recalcado que la aconfesionalidad (laicidad) del Estado no implica que las creencias y sentimientos religiosos no puedan ser objeto de protección, sino que, antes al contrario, el respeto de esas convicciones se encuentra en la base de la convivencia democrática.

El laicismo negativo, por el contrario, quisiera volver a meter a Jonás en el oscuro vientre de la ballena, es decir, relegar los sentimientos religiosos al plano privado, vetando su presencia en la plaza pública. Como recientemente ha precisado el arzobispo Giovanni Lajolo [secretario de las relaciones de la Santa Sede con los Estados. Ndr], «cuando la laicidad de los Estados es, como tiene que ser, expresión de auténtica libertad, favorece el diálogo y, por tanto, la cooperación transparente y regular entre la sociedad civil y la religiosa, al servicio del bien común, y
contribuye en la edificación de la comunidad internacional sobre la participación y no sobre la exclusión o el desprecio». A su vez el cardenal Joseph Ratzinger [prefecto de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe. Ndr] acusa al laicismo de no constituir ya la garantía de las múltiples convicciones, sino que se establece como una ideología «que impone lo que se debe pensar y decir». Es decir, lo que antes podría aparecer como garantía de una libertad común, «se está transformando en una ideología que empieza a hacerse dogmatismo», poniendo en peligro la libertad religiosa.

Lo que se critica hoy no es que el Estado rechace legítimamente cualquier intento de convertirse en el brazo secular de tal o cual Iglesia; lo que se rechaza es que el Estado olvide el humus histórico al que se debe su propia existencia, o como autorizadamente se ha dicho, que se olvide el patrimonio de verdades que no están sometidas al consenso, sino que precede al Estado y lo hace posible.

--Usted fue miembro en 1996 de la Comisión Asesora de Libertad Religiosa del
Ministerio de Justicia. ¿En qué se detecta que un Estado democrático está
promoviendo medidas laicistas, al fin y al cabo restrictivas de la libertad religiosa?
--Rafael Navarro-Valls: En una reciente sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos se lee que «Europa está amenazada por una ola de intolerancia». Intolerancia de doble signo. Por una lado, el fundamentalismo, que es una perversión de la religión. Por otra, la ideocracia laicista, que es una perversión de la verdadera laicidad. Quizá el rasgo más preocupante de esta ideocracia estatal es el intento de
sustitución de las convicciones sociales por la ideología oficial. La belleza de la laicidad es que garantiza un espacio de neutralidad en el que germina el principio de libertad de conciencia y de libertad religiosa. Si deja de ser "neutral" y trata de imponer una "filosofía" por un camino legislativo, entonces ya no es lo que dice ser.

El tejido social comienza a debilitarse ante las arremetidas de lo «políticamente correcto» y entre las personas religiosas comienza a insinuarse lo que se ha llamado el «antimercantilismo moral». Una especie de temor, por parte de las Iglesias y sus adeptos, a entrar en el juego de la libre concurrencia de las ideas y los valores morales, que suele decidirse más allá de los refugios de la decencia moral. Miedo que esconde una desesperanza con respecto a la fuerza atractiva de los valores, de lo que cada uno tiene por bueno. Al convertirse en una premisa del Estado o, mejor,
del aparato ideológico que lo soporta, la idea de que sólo es presentable en la sociedad una religiosidad light, dispuesta a transigir en sus creencias, las personas que mantienen convicciones religiosas profundamente arraigadas inmediatamente son marcadas con la sospecha de la intolerancia, es decir, con el estigma de un latente peligro social. Sospecha que les lleva con demasiada frecuencia a esa posición, que Tocqueville llamaba la «enfermedad del absentismo», por la que el hombre se repliega sobre sí mismo encerrándose en su torre de marfil, ajeno e indiferente a las ambiciones, incertidumbres y perplejidades de sus contemporáneos, mientras la gran sociedad sigue su curso.

Charles Taylor señala como una de las tres formas de malestar de la cultura
contemporánea ese despotismo blando del Estado que convierte parte de los
ciudadanos, en un tipo de individuos encerrados en sus propios corazones; con lo cual el propio Estado pierde el concurso de un estrato de población, empobreciéndose en su propia entidad. Aquellos ciudadanos sólidamente religiosos que podrían aportar muchas cosas al torrente circulatorio de la sociedad quedan marginados.

--El Papa recordó además a los obispos españoles el deber de los poderes públicos de garantizar el derecho de los padres --si así lo piden-- a que sus hijos reciban enseñanza religiosa en las escuelas --con una valoración académica acorde con su importancia-- y «asegurar las condiciones reales de su efectivo ejercicio, como está recogido en los Acuerdos Parciales entre España y la Santa Sede de 1979, actualmente en vigor». ¿Cómo debería articularse la enseñanza de la religión católica en España para que se cumplan los Acuerdos?

--Rafael Navarro-Valls: El respeto en un Estado de Derecho a las leyes, sobre todo si son del más alto nivel, como ocurre con los Tratados Internacionales, es un principio fundamental de la democracia. De ahí que convenga recordar lo que dice textualmente el Acuerdo de 3 de enero de 1979, entre el Estado español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos Culturales: «Los planes educativos en los niveles de educación preescolar, de Educación General Básica y de Bachillerato y Grados de Formación Profesional (...), incluirán la enseñanza de la Religión Católica en todos
los Centros de Educación, en condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales. Por respeto a la libertad de conciencia, dicha enseñanza no tendrá carácter obligatorio para los alumnos. Se garantiza, sin embargo, el derecho a recibirla».

Repárese que se habla de «disciplina fundamental», lo que exige que puntúe en los curricula de los alumnos e influya a la hora de obtener beneficios y becas por parte de los estudiantes. Esto no es una novedad. Acaba de hacerse público un amplio estudio de la Oficina Internacional de Educación (OIE) de la UNESCO sobre el tiempo previsto para la religión en los planes de estudio de 140 Estados. Según ese estudio, durante los nueve primeros años de la escolaridad, la enseñanza de la religión figura como materia obligatoria (al menos una vez) en los planes de estudio de 73 países de los estudiados. En 54 de ellos, el tiempo de docencia dedicado a la religión es el 8.1 % del tiempo total. Estas cifras, según la UNESCO, indican una inversión de la tendencia al declive de la enseñanza de la religión, que había caracterizado la mayor parte del pasado siglo XX.

--Varios miembros del gobierno de España se lanzaron a descalificar, al día siguiente de su difusión, el mensaje que Juan Pablo II dirigió a los obispos católicos del país. Además, en el comunicado difundido por el Ministerio de Exteriores (Cf. Zenit, 27 enero 2005) se hace una relectura de las palabras del Papa de forma irregular e inexacta. ¿Pierde el Estado su neutralidad con estas reacciones?

--Rafael Navarro-Valls: Como ocurre frecuentemente en los debates públicos, algunas veces se acaba por discutir sobre cosas no dichas en las fuentes, es decir, de cosas que no decía el discurso original. En el mundo académico lo sabemos muy bien: la fidelidad a las fuentes es condición imprescindible para entender los acontecimientos y enjuiciarlos adecuadamente. Esa autodisciplina es necesaria para evitar el caos dialéctico en donde se introduce el elemento ideológico a costa de la verdad. Por eso la Santa Sede, ante esas reacciones no estrictamente correctas, sólo recomendó "una lectura atenta de todo el discurso Pontificio, que bien puede ilustrar la posición de la Iglesia". De otro modo más que la neutralidad, lo que se
conculca es la verdad. La Santa Sede manifestó [el 27 de enero] que "un acuerdo fructuoso con la Iglesia mediante un diálogo permanente animado por un recíproco respeto, así como se ha manifestado en el comunicado (del Ministerio de Exteriores tras el encuentro con el Nuncio), ha sido y será siempre la línea de la Santa Sede". No puede olvidarse, sin embargo, que el tono de las relaciones entre un determinado Gobierno y la Santa Sede siempre es reflejo del tono que existe entre ese mismo Gobierno y los católicos de ese país representados en su Jerarquía. No puede ser de otra manera.

--Aparte de la citada cuestión de la enseñanza de la Religión, las medidas del gobierno español se orientan a introducir el «matrimonio» homosexual --incluida la adopción de niños--, facilitar la disolución del matrimonio con la agilización del divorcio y la supresión de la separación previa y la legalización de una especie de repudio, ha aprobado la investigación con embriones humanos... No son cuestiones directamente relacionadas con el respeto a la religión, pero afectan a los valores
compartidos por la Iglesia católica, a la que pertenece la gran mayoría de los españoles. Un gobierno que legisla prescindiendo del diálogo con la mayoría creyente y de espaldas a su tradición, ¿no se está dirigiendo contra su identidad religiosa?

--Rafael Navarro-Valls: Efectivamente, el problema del matrimonio entre personas del mismo sexo es un problema más antropológico que religioso. Esto explica que, en España, las reacciones más contrarias han surgido en los ambientes jurídicos. La Asociación de Abogados de Familia, el Consejo de Estado, el Consejo General del Poder Judicial y un buen número de juristas ilustres han manifestado su disconformidad.

Lo que este importante sector social viene a decir es que si las instituciones (entre ellas el matrimonio) pueden ser adaptadas al espíritu de los tiempos, esta adecuación no puede hacerse en términos que las hagan irreconocibles por la conciencia social de cada tiempo y lugar. Así ocurriría si el Gobierno optara por reconocer «un derecho al matrimonio» de las parejas homosexuales. Este no es un problema exclusivamente español: Australia está a punto de aprobar una ley reafirmando el principio heterosexual; Clinton, durante su presidencia, firmó la ley de defensa del matrimonio que sólo considera tal, a efectos federales, la «unión legal entre un hombre y una mujer»; y más recientemente 11 estados
norteamericanos, a través de consultas populares, han recalcado el carácter
«bipolar», heterosexual, del matrimonio frente a ciertos intentos orientados al matrimonio entre homosexuales.

En realidad, la Iglesia --por más que pueda sorprender esta afirmación-- no tiene una concepción propia del matrimonio. Lo que tiene es una visión propia del hombre. De ahí que insista una y otra vez en que su modelo matrimonial es tal porque se adecua a la propia naturaleza del hombre, es decir, al orden real de las cosas. Por eso se alinea con los defensores del carácter heterosexual del matrimonio. El que alerte al Estado acerca de los efectos antisociales de una legislación contraria a esos principios es muestra de lealtad, no de intolerancia.

LOS ICONOS DEL CULTO LAICO

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AB Posted by Hello
ABC, 13 de febrero de 2005
Si usted cree que un icono es una tabla bizantina con una Virgen así como del Perpetuo Socorro pintada, con filigranas de plata silueteándola a modo de marco y, sobre todo, sacada de contrabando por una aduana de la antigua Unión Soviética, quíteselo de la cabeza. No es esto, no es esto. Un icono ahora es lo que antes un mito, un ídolo, un símbolo viviente. Beckham es el icono de los galácticos. Javier Bardem, icono de los artistas de PP (Pegatina y Pancarta). Javier Sardá, icono de la telebasura. Ibarreche, icono de la ruptura que se nos viene encima. Carod, icono de la dictadura de los partidos bisagra que nos parten por el eje. Y así pueden ir poniendo iconos de cantantes, empresarios, pintores, escritores, toreros. Hay iconos de todo. Cualquier periódico o revista es una tesis doctoral sobre iconografía de nuestro tiempo. De la iconografía de la casulla a San Ildefonso hemos pasado a la iconografía de la gabardina de Humphrey Bogart en «Casablanca».
A la moda de venerar iconos se añade otra: la expresión «de culto». Ya nada es de antología, de época, de referencia: es de culto. No contentos con los iconos, la religión del laicismo se nos llena de objetos de culto. ¿Santos, Vírgenes, imágenes de Cristo? En absoluto. Los objetos de culto no se encuentran ya en las tiendas de artículos religiosos, establecimientos «kitsch» donde lo mismo te venden una casulla de guitarra que un San Pancracio. Los objetos de culto se encuentran ahora en los suplementos. Por ejemplo, «Casablanca» es una película de culto.

- ¿Pero «Casablanca» no era un icono?

- No, el icono es Humphrey Bogart.

- O sea, que Bogart recibe culto como icono en la iglesia de «Casablanca».

Más o menos. Todo ciclo cultural tiene algo de triduo. Cuando en una televisión dedican un ciclo a un director de cine es como si le hicieran una novena. Esa película que ponen urgentemente como homenaje cuando se ha muerto un icono (una cinta de culto, naturalmente) viene a ser como su funeral de corpore insepulto por lo civil.

Tengo mi teoría sobre esta moda del icono y de las creaciones de culto. Todo es resultado del nacional-laicismo que nos rodea. El de los años 40 y 50 del siglo XX fue el nacional-catolicismo, como lo sacó de pila el difunto teólogo José María González Ruiz. El de estos inicios del siglo XXI es el nacional-laicismo. El Gobierno era la pareja de hecho de la Iglesia. Se han separado, por lo civil. O los han anulado, por lo canónico. Y el Gobierno larga ahora pestes de la Iglesia, como de su ex hacen todos los separados. Oyendo las formulaciones laicas de los gobernantes, es como si dijeran de la Iglesia igual que los divorciados de sus ex:

-¿Pero cómo he podido yo estar tanto tiempo viviendo con esa señora?

El nacional-laicismo se impone con la misma presión inquisitorial que antaño el nacional-catolicismo. Anatema sit toda idea de fe y de religión. El nacional-laicismo ha inventado la excomunión por lo civil. Y como hay una cierta orfandad de religión, se inventan iconos para considerarlos de culto. Se nos aparecen los iconos en un Fátima por lo civil. Javier Bardem se nos ha aparecido en carne mortal en los Goya. Y ahora vamos a Hollywood, a la romería de Javier Bardem, como antes a la ermita de San Antonio. Lo que más gracia me hace es que los nacional-laicistas a los que les deberían traer sin cuidado la religión y la fe, son los que más se mosquean con cuanto dicen el Papa y los obispos. A los dictadores del nacional-catolicismo les importaba una higa lo que dijera el Gran Maestre de la Masonería. Pero estos tíos... ¡cogen unos cabreos con lo que dice el Papa! Si son agnósticos, ¿qué demonios les tiene que importar lo que diga el Papa, que no es icono de la modernidad ni nada?

DESVARÍOS ANTIRRELIGIOSOS

sábado, 5 de febrero de 2005 · 0 comentarios


Juan Manuel de Prada Posted by Hello
ABC, 21 de febrero de 2005
La vida pública española empieza a registrar episodios de desvarío antirreligioso (o, más estrictamente, anticatólico) que computaríamos como manifestaciones de cierta vocación esperpéntica muy típicamente autóctona si no fuera porque la experiencia histórica nos enseña que tales intemperancias suelen acabar como el rosario de la aurora. El llamado Consejo Escolar de Estado acaba de evacuar un documento (que imaginamos salpicado de espumarajos) en el que se exhorta al Gobierno a «derogar» el Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos Culturales, por considerarlo contrario a la Constitución. La razón que invoca este cónclave de lumbreras y cráneos privilegiados hace palidecer las astucias de Licurgo: en dicho Acuerdo, se especifica que, «en todo caso, la educación que se imparta en los centros docentes públicos será respetuosa con los valores de la ética cristiana», extremo que a estos andobas se les antoja de una inconstitucionalidad que te cagas. El cerrilismo de la petición lo delata su formulación misma, que desconoce la naturaleza jurídica de los tratados internacionales, al reclamar su «derogación», en lugar de su denuncia. Pero quizá reclamar precisiones terminológicas tan finas a estos andobas sea como pedir peras al olmo.
Suele ocurrir que quien se llena la boca con la Constitución sólo desea hacer gárgaras con ella, para luego escupirla, convertida en un gargajo irreconocible. A los andobas del Consejo Escolar se les antoja inconstitucional que la educación impartida en los centros docentes sea respetuosa con los valores de la ética cristiana. Pero el Acuerdo entre el Estado Español y la Santa Sede no afirma que dichos centros deban comulgar con estos valores, ni asumirlos como propios, sino tan sólo respetarlos. ¿Acaso la garantía de la libertad religiosa no exige el respeto de las creencias de cada individuo? La educación impartida en centros docentes públicos ha de ser igualmente respetuosa con los valores de cualquier ética, sea cristiana o budista, siempre que no atenten contra los derechos del hombre, la convivencia democrática o el orden público; eventualidades que, desde luego, los valores de la ética cristiana no promueven.

Llama poderosamente la atención (y desenmascara a los andobas del Consejo Escolar) que, en una época que predica la tolerancia a troche y moche, se puedan proferir impunemente estas bestialidades. Salvo que aceptemos que la tan cacareada tolerancia es en realidad la coartada con que se disfraza la persecución; pues lo que los andobas del Consejo Escolar preconizan no es sino la «derogación» de la libertad de conciencia, o, mejor dicho, de determinadas conciencias. En su obcecamiento, no vacilan en retozar por los andurriales de la ilegalidad; y así, en su documento solicitan que los profesores de religión sean excluidos del claustro y que su asignatura se imparta fuera del horario escolar, en flagrante discriminación de los alumnos que opten por cursarla. A nadie se le escapa -salvo que las anteojeras del dogmatismo cieguen su ecuanimidad- que dicho documento ha sido inspirado por un resentimiento que sólo admite una explicación patológica. Cada cual es muy libre de alimentar las pasiones más mezquinas; menos comprensible resulta que el Estado erija a quienes las instigan en consejeros de su política educativa.

Hubo en Grecia un andoba -cuyo nombre omitiremos, para humillar su afán de notoriedad- que quiso inmortalizar su nombre prendiendo fuego al templo de Artemisa. La ajetreada historia de España se ha significado siempre por desdeñar las enseñanzas de la Antigüedad: aquí, en lugar de ningunear a los andobas que disfrutan quemando templos, se les concede púlpito y predicamento.

ESPAÑA: LAS VIVAS RAICES CRISTIANAS NO PUEDEN ARRANCARSE

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Juan Pablo II Posted by Hello
VATICAN INFORMATION SERVICE
OFICINA DE PRENSA DE LA SANTA SEDE
CIUDAD DEL VATICANO, 24 ENE 2005 (VIS).-El Santo Padre recibió esta mañana al primer grupo de prelados de la Conferencia Episcopal Española que acaban de realizar su visita "ad limina".
En su discurso, el Papa puso de relieve que España "es un país de profunda raigambre cristiana. (...) La Iglesia en vuestra Nación tiene una gloriosa trayectoria de generosidad y sacrificio, de fuerte espiritualidad y altruismo y ha ofrecido a la Iglesia universal numerosos hijos e hijas que han sobresalido a menudo por la práctica de las virtudes en grado heroico o por su testimonio martirial. Yo mismo he tenido el gozo de canonizar o beatificar a numerosos hijos e hijas de España. (...) Las vivas raíces cristianas de España, como puse de relieve mi última Visita pastoral en mayo de 2003, no pueden arrancarse, sino que han de seguir nutriendo el crecimiento armónico de la sociedad".
Juan Pablo II señaló que en sus relaciones quinquenales los obispos habían destacado la preocupación por la vitalidad de la Iglesia y los retos y dificultades que hay que afrontar. En los últimos años, dijo, "han cambiado muchas cosas en el ámbito social, económico y también religioso, dando paso a veces la indiferencia religiosa y a un cierto relativismo moral, que influyen en la práctica cristiana y que afecta consiguientemente a las estructuras sociales mismas".
Refiriéndose al ámbito social, el Santo Padre constató que "se va difundiendo también una mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública. Esto no forma parte de la tradición española más noble, pues la impronta que la fe católica ha dejado en la vida y la cultura de los españoles es muy profunda para que se ceda a la tentación de silenciarla".
Por otra parte, continuó, "la juventud tiene derecho, desde el inicio de su proceso formativo, a ser educada en la fe. La educación integral de los más jóvenes no puede prescindir de la enseñanza religiosa también en la escuela, cuando lo pidan los padres, con una valoración académica acorde con su importancia. Los poderes públicos, por su parte, tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y asegurar las condiciones reales de su efectivo ejercicio, como está recogido en los Acuerdos Parciales entre España y la Santa Sede de 1979, actualmente en vigor".
El Papa habló a continuación de la situación religiosa. Según los informes de los prelados, existe, dijo, "una seria preocupación por la vitalidad de la Iglesia en España, a la vez que se ponen de relieve varios retos y dificultades. Atentos a los problemas y expectativas de los fieles ante esta nueva situación, vosotros, como pastores, os sentís interpelados a permanecer unidos para hacer más palpable la presencia del Señor entre los hombres a través de iniciativas pastorales más apropiadas a las nuevas realidades".
Tras hacer hincapié en la necesidad de los sacramentos "para el crecimiento de la vida cristiana" y a la importancia de que los pastores los celebren "con dignidad y decoro", Juan Pablo II pidió "una acción pastoral que promueva una participación más asidua de los fieles en la Eucaristía dominical, la cual ha de ser vivida no sólo como un precepto sino más bien como una exigencia inscrita profundamente en la vida de cada cristiano".
Refiriéndose a la solicitud de los obispos por los sacerdotes y seminaristas, afirmó que los sacerdotes "están en la primera línea de la evangelización", necesitan "de manera especial vuestro cuidado y cercanía pastoral" y "deben recordar que, antes de nada, son hombres de Dios y, por eso, no puede descuidar su vida espiritual y su formación permanente. (...) Entre las múltiples actividades que llenan la jornada de cada sacerdote, la primacía corresponde a la celebración de la Eucaristía".
El Papa dijo que "una esperanza viva es el incremento de la vocaciones sacerdotales" y que no hay que "tener miedo a proponerla a los jóvenes y después acompañarlos asiduamente, a nivel humano y espiritual, para que vayan discerniendo su opción vocacional".
"Los fieles católicos, a los cuales les incumbe buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según la voluntad divina, están llamados a ser testigos valientes de su fe en los diferentes ámbitos de la vida pública. (...) Los jóvenes, futuro de la Iglesia y de la sociedad, han de ser objeto especial de vuestros desvelos pastorales".

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