Ante la tiranía ideológica de EpC

domingo 31 de diciembre de 2006

FELIZ 2007



Deso que este año traiga paz, como fruto de que comprendemos que somos hermanos, de que respetamos y amamos la dignidad de la personas, de todas, desde su concepción hasta su muerte natural, cualquiera que sean sus circunstancias de salud, capacidad, inteligencia, bondad o belleza, de que buscamos la verdad y el bien de los demás, de que valoramos la familia como la célula básica de la sociedad y el matrimonio indisoluble de un hombre con una mujer como núcleo de esta célula, de que nos abrimos a la trascendencia del maravilloso destino al que estamos inmerecidamente llamados, de que nos atrevemos a ser libres y a respetar la libertad de los otros, de que somos audaces para confiar en la potencia del genio humano y en la providencia amorosísima del Creador.

Feliz Año 2007

jueves 28 de diciembre de 2006

Navidad en el Cielo

No sucede a menudo que conozca a los personajes que aparecen en las necrológicas de los periódicos de ámbito nacional, la mayor parte de las veces ni me suenan; pero esta vez es diferente.
Ya se han dicho las cosa de rigor, yo sólo quiero contar algunos recuerdos.
Conocí a Mariano Artigas Mayayo (Zaragoza, 1938), en Barcelona, en 1982, cuando él era capellán del célebre Colegio Mayor Universitario Monterols y yo un mediocre estudiante de Derecho. La primera faceta que descubrí fue su afición al fútbol, jugaba con nosotros, gente de dieciocho y veinte años; pero, práctico como era, estaba prohibido entrarle, no fuera a ser que una lesión le impidiera trabajar. En cierta ocasión jugaba en su equipo de portero el típico torpe entusiasta, que estaba encajando goles ridículos, D. Mariano -como le llamábamos- se puso algo nervioso y lo conminó a que saliera a estorbar en otra parte, como consecuencia, al primer balón sin dueño acudieron los dos al tiempo, chocando estrepitosamente. D. Mariano tardó semanas en regresar al terreno de juego.
La segunda faceta fue su sabiduría, doctor en Física y doblemente en Filosofía, nos impartió dos cursos enteros de Filosofía de la Naturaleza, magistrales, aunque a mí se me atragantaron un tanto, la verdad. Eran tiempos de un nivel cultural alucinante en aquel Colegio Mayor, cuyo secretario, otro físico que acababa de defender su tesis sobre las "enanas blancas" -cosa que se prestó a frecuente recochineo- es hoy presidente de la asociación de filosofía personalista y asesor literario de varias revistas.
La tercera faceta es la del trabajo, no perdía ni medio segundo, era imposible pasar junto a la puerta de su habitación en la tercera planta del Mayor sin oír el frenético traqueteo de su máquina de escribir -no teníamos entonces ordenadores personales-. También era célebre el aprovechamiento de los uno o dos congresos internacionales a los que acudía cada año. Una noche, al acabar de cenar, me preguntó si quería acompañarle a visitar a un premio Nóbel. Fuimos a un hotel para encontrarnos con Sir John Eccles, que estaba en Barcelona invitado por la Facultad de Medicina de la Central con motivo del cincuentenario de la muerte de Santiago Ramón y Cajal. Se supone que fui escogido por mis presuntos conocimientos de inglés, pero pude comprobar cómo D. Mariano se manejaba mucho mejor que yo con un inglés atrabiliario pero eficaz. Eccles estuvo de tertulia en Monterols, la más multitudinaria que recuerdo en mis cinco años de colegial, y lamentó haber dejado a su esposa en el hotel, con la excusa de unas compras, al ver lo bien que le acogimos, con tuna y merendola incluidas. Entre los dos científicos se estableció una fructífera y duradera relación.
Por último, tengo que destacar la íntima imbricación que existía entre su labor científica y pastoral; su predicación, aquellas meditaciones para universitarios que dirigía cada semana en el oratorio del Mayor, estaba trufada de alusiones a Popper, Jaki e incluso al cantamañanas de Sagan -famoso entonces por culpa de un programa de televisión-, y durante meses estuvo acompañada, además de por sus palmeos característicos, por el cubo de Rubik, de moda absoluta por entonces.
Aún recuerdo una anotación que hice tras una de estas pláticas: "hoy D. Mariano nos ha dirigido una soberbia meditación sobre la humildad".
En fin, descansa en paz, celebrando en el Cielo la Navidad.

lunes 25 de diciembre de 2006

María: ¿sabías que tu bebé es el Salvador de los hombres?

Con la ignorancia tan grande que se está extendiendo, culpable o no, conviene recordar que este Niño recién nacido es Dios Todopoderoso, Salvador del Mundo.

Imágenes de The Passion of the Christ, de Nativity Story y otras varias, añadidas a la canción Mary Did You Know, cantada por Clay Aiken.

viernes 22 de diciembre de 2006

¡FELIZ NAVIDAD!

cambiaelmundo te desea unas muy felices y santas fiestas de NAVIDAD.

Y para que puedas revivirla con pleno sentido de lo que celebramos, te ofrezco en audio el capítulo II del Evangelio de San Lucas que narra el Nacimiento de Jesús.

FELIZ NAVIDAD




¡Feliz Navidad! -- Alberto Tarifa

miércoles 20 de diciembre de 2006

Happy Birthday

Ya falta poco para la Navidad, el nacimiento del Hijo de Dios, que es lo que conmemoramos, ese hecho que, guste o no, ha cambiado radicalmente y para los restos la Historia.

La presencia del Niño Jesús en el Belén, mal que le pese a los laicistas, multiplica por infinito la percepción de la perversidad del aborto.
Hay sitios dedicados a mantener despiertas las conciencias ante este genocidio de los más débiles entre los débiles, como la excelente e impactante bitácora abortoyverdad; pero para días como estos, prefiero celebrar la vida, y qué mejor que hacerlo a ritmo de rap.

lunes 18 de diciembre de 2006

¡Soy Personaje del Año!

Sí, yo; yo y todos los que controlamos la Era de la Información, los que utilizamos y creamos contenido en internet, logrando en la práctica alterar la naturaleza de esta Era.



La revista TIME dedica su portada-galardón "Personaje del Año 2006" a cuantos utilizan y crean contenidos en internet, como símbolo de una nueva democracia digital y globalizada. El cósmico compendio abierto de conocimientos de Wikipedia, la cadena popular de vídeos compartidos con un millón de canales YouTube, la metrópoli on line MySpace, y, por supuesto, la blogosfera, a la que tantos y tantos contribuimos, y que yo, por lógica fidelidad, ejemplifico en Blogger.

Felicidades a todos

domingo 17 de diciembre de 2006

La voz del corazón

Cuando es el gobernante quien falta a ese respeto, la democracia está amenazada.
Jaime Nubiola. LA GACETA de los Negocios, 14 de diciembre de 2006

CUANDO en su reciente Instrucción Pastoral los obispos españoles presentan unas orientaciones morales para la situación actual de nuestro país, se escucha verdaderamente la voz del corazón. Los obispos se muestran alarmados por el desarrollo creciente de un laicismo agresivo que pretende "prescindir de Dios en la visión y la valoración del mundo, en la imagen que el hombre tiene de sí mismo, del origen y término de su existencia, de las normas y los objetivos de sus actividades personales y sociales". Los obispos no tienen miedo a perder relevancia en la vida de nuestra sociedad, sino que lo que realmente temen es que un pequeño, pero poderoso, grupo de personas —como ha ocurrido en tantos regímenes políticos— trate abusivamente de imponer al resto de los ciudadanos sus convicciones hasta el punto de destruir la convivencia democrática.

Piensan los obispos que en la manera de ver las cosas que algunos de nuestros gobernantes exhiben "se esconde un peligroso germen de pragmatismo maquiavélico y de autoritarismo" que puede aniquilar por completo nuestra sociedad. Merece la pena transcribir por lo menos un párrafo del valioso documento: "Si los parlamentarios, y más en concreto, los dirigentes de un grupo político que está en el poder, pueden legislar según su propio criterio, sin someterse a ningún principio moral socialmente vigente y vinculante, la sociedad entera queda a la merced de las opiniones y deseos de una o de unas pocas personas que se arrogan unos poderes cuasi absolutos que van evidentemente más allá de su competencia. Todo ello, con la consecuencia de que ese positivismo jurídico —así se llama la doctrina que no reconoce la existencia de principios éticos que ningún poder político puede transgredir jamás— es la antesala del autoritarismo".

Por supuesto, merece la pena una lectura pausada y atenta del documento completo. No busca la Iglesia católica un espacio de poder ni una situación de privilegio, sino que con palabras sencillas y directas recuerda a todos lo que la experiencia histórica ha demostrado de manera fehaciente: los regímenes políticos que prescinden de Dios terminan en el autoritarismo que llega siempre hasta la brutal eliminación de unos seres humanos por parte de otros. Basta con recordar los millones de víctimas del nazismo, las del régimen de Stalin o algunos de los trágicos acontecimientos que culminaron en la Guerra Civil española.

La democracia es una comunidad ética, no un artificioso equilibrio de intereses y poderes que simplemente hace posible el periódico relevo de los gobernantes sin derramamiento de sangre. La verdadera democracia es siempre una comunidad afectiva en la que el bien de todos y el respeto de cada uno son la señal evidente del buen gobierno. Nunca se repetirá lo suficiente la afirmación de que sólo es posible articular una convivencia efectivamente democrática mediante un profundo respeto a cada una de las personas, sea cual fuere su raza, lengua, condición social, convicciones morales y opiniones políticas. Rebajar ese respeto, o limitarlo a los que piensan como uno mismo, equivale a poner en peligro la democracia. Cuando es el gobernante quien falta a ese respeto, la democracia está amenazada, aunque pueda parecer que las formas democráticas se mantienen porque la acción del gobernante refleja la voluntad de la mayoría.

En este documento se escucha la voz del corazón de quienes hacen cabeza en la Iglesia en España. Quizá por eso mueve a los lectores a escuchar también su propio corazón y alienta incluso a intentar crear un espacio en el que sea posible escuchar los corazones de los demás, prestando una particular atención a los más necesitados. En sus párrafos finales, los obispos ofrecen "el fruto de nuestras reflexiones y de nuestro discernimiento a los miembros de la Iglesia y a todos los que quieran escucharnos, compartiendo abiertamente con todos nuestros temores y nuestras esperanzas". Me parece que quienes públicamente —y a veces de modo airado y agresivo— se posicionan contra la Iglesia en nombre de la tolerancia y del laicismo podrían aprender mucho leyendo este luminoso documento, lleno de mesura, razones y buen sentido. Probablemente ninguno de ellos lo leerá, pues a menudo quienes atacan a la Iglesia y a las convicciones de los cristianos han perdido la capacidad de escuchar a los que piensan de manera diferente a la suya.

En el caso de los gobernantes y los políticos podría pedírseles que leyeran nuestra Constitución, que bien claramente establece el respeto que la Iglesia merece por su implantación en la sociedad española (art. 16, 3). Mi secreta esperanza se encuentra en que escuchen por lo menos a su propio corazón. Pero si ya no atienden siquiera a la voz de su corazón es quizá una señal de que han traspasado la antesala del autoritarismo y corren peligro no sólo la Iglesia católica y las convicciones cristianas, sino la democracia misma. Esto es precisamente lo que temen los obispos.

sábado 16 de diciembre de 2006

Lectura crítica del ‘manifiesto’

Algo habrá que decir sobre el manifiesto Constitución, laicidady Educación para la ciudadanía que ha puesto en su web el Partido Socialista Obrero Español -en el gobierno-, con motivo del XXVIII aniversario de la Constitución Española de 1978.
Como ya hay mucho y bien dicho, ofrezco esta serie de enlaces, recomendando, para empezar, el análisis certero profundo y claro que hace Mons. Fernando Sebastián , arzobispo de Pamplona, en las páginas de La Gaceta el pasado día 11, en un artículo titulado Lectura crítica del ‘manifiesto’.

Para saber más:
* Constitución, laicidad y educación para la ciudadanía, por Javier Pereda;
* Cuesta presenta en solitario el manifiesto "oficial" del partido, en Libertad Digital;
* Manifiesto del PSOE, pero ¿qué esto?, en Otroblog;
* El PSOE reafirma en un manifiesto la laicidad como requisito para la libertad, en SUR;
* El PSOE defiende la laicidad como requisito para la libertad y la igualdad, en Yahoo Noticias;
* etc.

viernes 15 de diciembre de 2006

SAN GILBERTO

Soy un reciente converso a Chesterton, muchos años después de que una prematura lectura de El hombre que fue Jueves me alejara de él. Ahora que estoy disfrutando con la lectura de Escritores Conversos, de Joseph Pearce, me sumo al alborozo de mi admirado de Prada, recogiendo el clamor que se alzó al morir G.K.C. y que tan bien plasmó Walter de la Mare en estos versos que se recogieron en su recordatorio:

El Caballero del Espíritu Santo avanza,
La sabiduría son sus colores, la verdad su broma preferida;
Las obras de Satanás mantienen su lanza en ristre,
La piedad y la inocencia su corazón en paz.


SAN GILBERTO
Por JUAN MANUEL DE PRADA. ABC, 9 de diciembre de 2006

COMO la Iglesia está integrada por hombres, es natural que a veces yerre; como la guía el Espíritu, es también natural que rectifique sus yerros. Siempre he considerado que uno de los más graves yerros de la Iglesia es que los católicos aún no podamos invocar a Chesterton como sin duda merece: san Gilberto. Leo con alborozo en el semanario «Alfa y Omega» que se acaba de iniciarla causa de beatificación de Gilbert Keith Chesterton, uno de los más grandiosos escritores de la historia y, sin lugar a dudas, el más sagaz, divertido y luminoso de los apologetas de la fe católica del siglo XX. A los relatores de la causa les bastará leer las obras de este titán de la pluma —tan delicadamente paradójicas, tan hondas y amenas, tan tocadas por la Gracia— para descubrir que no ha habido mortal que merezca más cabalmente el reconocimiento de su santidad; y no se me ocurre acto más congruente con Benedicto XVI —quien, sin duda, será recordado como «el Papa de la Razón», el Papá que hizo más inteligible a Dios a través de la inteligencia— que la canonización de Chesterton; que dedicó su vida al mismo esfuerzo, con resultados tan hermosos y perdurables.
Tengo entendido que, para que prosperen las causas de beatificación y canonización, debe acreditarse la comisión de varios milagros. De Chesterton, desde luego, pueden acreditarse cientos de miles. Ignoro si mediante su intercesión los tullidos han recuperado el movimiento y los ciegos la vista; sí puedo asegurar en cambio (quien lo probó lo sabe), que la lectura de sus libros ha abierto las esplendorosas estancias de la fe para muchos lectores que deambulábamos por pasadizos sombríos. Y aquí convendría delimitar la verdadera naturaleza de los milagros, a la luz de lo que el propio Chesterton escribe en Ortodoxia. Fijémonos en los que realizó Jesús: cualquiera de ellos —curar a los enfermos, multiplicar los panes y los peces, incluso resucitar a los muertos— palidece ante el que sin duda es el más pasmoso de todos ellos: que unos pescadores analfabetos se convirtieran en anunciadores del Evangelio. También Chesterton ha conseguido, a través de sus libros, que quienes se aproximan a ellos en busca de un mero deleite estético e intelectual reciban el don de la fe. Alcanzar ese don siempre tiene un componente milagroso; alcanzarlo a través de la inteligencia constituye el más vertiginoso y acendrado de los milagros. Los lectores de Chesterton, como aquellos pescadores analfabetos que escuchaban las predicaciones de Cristo, hemos saboreado el suculento placer que procura la aproximación a lo sublime a través de la inteligencia.
Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan me reclaman a veces recomendaciones de lectura. Me permitirán que en esta ocasión, para celebrar el inicio de la causa de beatificación de mi escritor predilecto, les lance una propuesta. Se trata de un libro que resume en apenas trescientas páginas la historia de la humanidad, que es también la Historia de la Salvación; uno de esos libros —como Las confesiones de san Agustín o la poesía de san Juan de la Cruz— que constituye en sí mismo una obra